El final de 2023 coincide con la consolidación de la decepción que ha supuesto para Kiev, y sobre todo para sus socios, el resultado de su principal apuesta para el año: la contraofensiva de Zaporozhie, que iba a romper el frente con rapidez, garantizar el avance sobre Rabotino en las primeras 24 horas (esa era la previsión según lo confirmó The Washington Post) y proseguir hacia Melitopol, Berdyansk o Mariupol e iniciar la batalla para reconquistar la costa del mar de Azov. Sin embargo, incluso esas nada realistas expectativas preveían unos límites a lo que Ucrania podía conseguir. Gracias a líderes occidentales que, como Emmanuel Macron, guardaron peor los secretos, se sabe desde antes incluso del inicio de la operación militar que el objetivo real era recuperar el máximo territorio y aplicar a Rusia toda la presión posible para obligar a Moscú a negociar en posición de debilidad. Si a ello se añaden las numerosas filtraciones anónimas de oficiales del Pentágono, que siempre se referían a lo inviable de capturar Crimea, se puede llegar a la conclusión de que Occidente buscaba presionar a Rusia utilizando la península del mar Negro y la posibilidad de poner en peligro su control para obtener un acuerdo en beneficio de Kiev. El tan repetido mantra de la recuperación de la integridad territorial de Ucrania según sus fronteras de 1991 nunca ha sido realista ni siquiera para los socios occidentales de Zelensky.
Esta semana, un artículo publicado por Político afirma que la Casa Blanca “está sigilosamente modificando su estrategia en Ucrania” y añade que “con la asistencia estadounidense y europea seriamente en peligro, la administración Biden y los oficiales europeos están discretamente modificando su postura de un apoyo al objetivo de Ucrania de victoria total sobre Rusia a mejorar su posición para una eventual negociación para finalizar la guerra”. Teniendo en cuenta cuál era el objetivo real de la ofensiva que Ucrania y sus socios prepararon durante meses para que pudiera suponer el punto de inflexión que determinara el curso de la guerra, no es difícil observar que ese objetivo que los medios están presentando como nuevo no lo es. Y lo único novedoso en el hecho de que Político afirme que “tales negociaciones posiblemente implicarían ceder partes de Ucrania a Rusia” es la admisión pública.
Las declaraciones oficiales y las filtraciones anónimas sobre lo imposible de recuperar todo el territorio -fundamentalmente Crimea, pero también Donbass- indicaban ya que quienes planificaban la ofensiva eran conscientes de ello. Todo indica que quienes, como Macron, buscaban, como han repetido en varias ocasiones, una victoria ucraniana pero no necesariamente una humillación rusa estaban dispuestos a ceder a Rusia aquellos territorios que Ucrania perdió hace casi una década.
El fracaso de la contraofensiva ha obligado a modificar la táctica y las expectativas, pero si se tiene en cuenta el objetivo real, no puede decirse que haya cambiado la estrategia. Tampoco parece certero el sigilo con el que supuestamente actúan los socios de Ucrania. La idea de utilizar la presión militar para mejorar la posición negociadora de Kiev es algo que incluso la OTAN ha publicado en sus redes sociales y que su secretario general ha afirmado en discursos públicos. Son las expectativas de Kiev, que siempre carecieron de realismo, pero que eran necesarias para justificar el envío masivo de armamento, las que exigen ahora una rectificación de los medios que quisieron creer en sus posibilidades.
Complemento del texto de Político es un artículo de opinión publicado por The New York Times que, partiendo también de la decepción por el fracaso de la contraofensiva, plantea que la recuperación de todo el territorio no es el marco más adecuado para diseñar la táctica y estrategia del futuro. El punto de partida es una realidad en la que Rusia ha logrado mantener las líneas y que, ante la incapacidad de romper los frentes, todo se encamina a “una larga guerra de desgaste, que inflija cada vez más daño a Ucrania, sacrifique cada vez más vidas y extienda la inestabilidad por Europa. Tal como van las cosas, «Ucrania albergará en un futuro previsible la falla geopolítica más peligrosa de Europa», afirma Michael Kimmage, autor de «Colisiones», una nueva historia de la guerra. Kimmage prevé un conflicto interminable que profundice el distanciamiento de Rusia de Occidente, consagre el putinismo y retrase la integración de Ucrania en Europa”.
Muchos son los analistas, lobistas y expertos que tratan de buscar una solución partiendo de ese mismo planteamiento. Medios como The Wall Street Journal han llegado incluso a afirmar que Ucrania debería declarar la victoria y consolidarse con el territorio ahora bajo su control. En esta línea se mantiene también el artículo de The New York Times titulado “Ucrania no necesita todos sus territorios para derrotar a Putin”. La solución al actual punto muerto es, para su autor Serge Schemann, asumir la pérdida de parte del territorio para avanzar en el crecimiento y estabilización económica y, sobre todo, la integración en las instituciones occidentales, fundamentalmente la Unión Europea.
Superficialmente, cabría entender que la propuesta es asumir la pérdida de territorios comprendiendo que, conservando alrededor del 80% del territorio original, la salida al mar Negro y el apoyo de Occidente, Ucrania podría considerar un éxito haber infligido serios daños al prestigio del ejército ruso y, gracias a su lucha, obtendría una entrada rápida en la Unión Europea. Cabría también preguntarse si esta conclusión no era ya evidente en marzo de 2022, cuando Rusia estaba, en palabras del líder negociador ucraniano, dispuesta a firmar la paz si Kiev renunciaba a la OTAN. Sin embargo, la aceptación de la pérdida de territorios para avanzar hacia un alto el fuego y posterior armisticio no es realmente la búsqueda de una mala paz, mejor que una buena guerra, sino la continuación del uso de Ucrania como una herramienta al servicio de Occidente.
“Explorar la posibilidad de un armisticio no es darse por vencido”, afirma Schemenn. “Al contrario, la lucha debe continuar, incluso cuando comiencen las conversaciones, para mantener la presión militar y económica sobre Rusia”. Un armisticio supondría la paralización de las operaciones militares, pero no de la lucha por otros medios. No se busca aquí un final al conflicto sino simplemente un paréntesis para ganar tiempo, reforzar económicamente a Ucrania mientras que las sanciones sigan debilitando políticamente a Moscú.
“Detener la lucha no es concederle al señor. Putin una victoria, aunque la reivindique ruidosamente. Ucrania y gran parte del mundo no aceptarán su anexión de ningún territorio ucraniano”. Quienes se han quedado en el titular viendo en él un intento de rebajar las expectativas o el inicio del abandono de la guerra proxy contra Rusia han evitado observar este matiz, que garantiza la continuación del conflicto, de las sanciones y de la situación de inestabilidad perpetua que solo beneficia a Occidente. La cronificación de un conflicto inacabado y sin ninguna intención de lograr un acuerdo implicaría una guerra fría que perpetuaría la ruptura continental, algo que solo puede beneficiar económica y políticamente a Estados Unidos. No es difícil ver en la propuesta un Minsk-3, un acuerdo temporal con el que proteger a Ucrania en un momento de debilidad.
En ese juego, el bienestar de la población ucraniana es un argumento secundario supeditado a los intereses geopolíticos ajenos. Ucrania recibiría, eso sí, la atención que exige como primera línea del frente contra Rusia y apoyo económico y militar necesario para mantener el statu quo durante un tiempo. Porque, sin intención de concluir un tratado que ponga fin a la guerra -y no lo hay ni en Kiev ni en las capitales de sus aliados-, cualquier tregua puede ser solo temporal. “Ningún armisticio temporal impediría para siempre a Ucrania recuperar sus tierras”. Puede que a nivel internacional esté cambiando la táctica o se ponga en duda incluso la estrategia, pero el objetivo sigue siendo el mismo y pasa por utilizar Ucrania como herramienta mientras siga siendo útil para los objetivos de Occidente.
Comentarios
Aún no hay comentarios.