“Los nuevos reclutas procedían de entornos muy diversos, pero tenían algo en común”, escribe en su último reportaje sobre el frente ucraniano el periodista Oliver Carroll, que afirma que “tras una rudimentaria instrucción en Europa occidental, ninguno de ellos esperaba ser destinado a una unidad de asalto en la zona más caliente del frente ucraniano”. Pocos días después, el periodista publicaba en las redes sociales una actualización a su “historia sobre el reclutamiento”. “Por desgracia, uno de los reclutas a los que entrevistamos no sobrevivió a la primera operación”, explicaba. Ha tenido que pasar más de un año para que finalmente se acepte que existen en el bando ucraniano los mismos, o superiores, problemas que la prensa repetía hasta la saciedad sobre la parte rusa.
Eso sí, el artículo, publicado en The Economist, insiste en los habituales lugares comunes en relación a los problemas que sufre Rusia. Al margen del discurso mediático, que debe siempre mencionar que los problemas que sufre Ucrania son aún peores en el caso ruso, la única movilización -parcial- realizada por Moscú se produjo en septiembre de 2022. Desde entonces, mientras Ucrania ha continuado movilizando, en muchos casos por la fuerza, a su población y se plantea ahora la forma en la que reclutar a hombres refugiados en los países europeos, Rusia ha mantenido su agrupación a base de voluntarios -muchos de ellos, aunque no todos, reclutados en las cárceles- y su ejército profesional. A largo plazo, las diferencias entre las partes pueden aumentar aún más, ya que, pese a sufrir de una dinámica demográfica similar en los dos países, Rusia cuenta con una población mucho más numerosa que Ucrania. De ahí que la idea de la guerra larga que todas las partes parecen asumir ya, preocupe mucho más a los aliados de Kiev que a Moscú.
A medida que el conflicto se alarga y algunos de los conceptos inicialmente considerados únicamente propaganda rusa se convierten en el relato oficial -la definición de la guerra como proxy entre Occidente y Rusia es el más significativo-, va consolidándose también la idea de que la guerra es existencial no solo para Ucrania, sino también para Rusia. Ausente inicialmente en grandes sectores de la sociedad, el desarrollo de los acontecimientos supone una mayor implicación en el conflicto de la sociedad rusa, , por lo que es probable que se haya producido un aumento del flujo de voluntarios.
En el caso ucraniano, el fervor inicial por la guerra ha decaído, como comienzan a admitir de forma generalizada incluso los medios occidentales. “Los jefes del ejército se esfuerzan por cubrir las plazas con los voluntarios; algunos están recurriendo a redadas de reclutamiento en gimnasios y centros comerciales”, escribe Carroll. La situación es preocupante para Kiev teniendo en cuenta que varios medios ucranianos acusan esta semana a su Gobierno de tratar de compensar con más efectivos la falta de armas. «Vemos gente de entre 45 y 47 años», afirma Carroll citando a un oficial superior, que añade que «se quedan sin aliento cuando llegan al frente». El periodista añade que “pocos de los que se alistan de esta forma llegan a ser buenos soldados”.
Los problemas no se limitan a las formas de reclutamiento, muchas veces forzoso, que ahora se pretende extender a los hombres en el extranjero, sino a todo el sistema de formación y organización. “Algunos se habían alistado voluntariamente, pensando que se les destinaría a unidades que se ajustaban a sus perfiles como operadores de drones o artilleros. A otros los sacaron de sus aldeas sin previo aviso. Un recluta de más avanzada edad ni siquiera tuvo la oportunidad de llevarse su dentadura postiza”, describe Carroll en referencia a una unidad concreta, pero en unas circunstancias que representan la norma, no la excepción. “Tras menos de una semana en las trincheras de Donbass, en el este de Ucrania”, añade el periodista, “el pelotón de 20 se había reducido en seis. Tres habían muerto en combate y tres habían resultado heridos graves”.
Como es habitual, en lugar de aceptar la realidad o asumir un mínimo grado de autocrítica, el Gobierno ucraniano alega que todo es culpa de su éxito. El mismo artículo cita a un portavoz del Ministerio de Defensa afirmando que debido al éxito de las Fuerzas Armadas de Ucrania, muchos hombres ya no ven la guerra “en términos existenciales”. “Algunos erróneamente piensan que hay alguien más que puede hacer el trabajo por ellos”, añade. La intensidad de la batalla y la falta de preparación están suponiendo para Ucrania unas bajas que trata de compensar rápidamente a base de captación acelerada en las calles, intento de recuperar al capital humano masculino que huyó del país para evitar la guerra y de dar libertad a ciertas unidades para realizar su propio reclutamiento, en ocasiones aparentemente más exitoso que el oficial.
El ejemplo mencionado por The Economist es claro. “La 3ª Brigada de Asalto, creada a los nueve meses de la guerra como una rama de las fuerzas especiales ucranianas, es quizás la más visible. Los anuncios del tamaño de un rascacielos en las ciudades ucranianas ensalzan la vida de uno de los soldados de asalto de la brigada, que mata caricaturas del mal parecidas a orcos. Pero no menos importante es la reputación de la brigada de contar con un mando competente, buen equipo y bajas tasas de deserción. Los nuevos reclutas suelen someterse a meses de entrenamiento, a diferencia de la norma de un mes”.
Si esa presentación no era lo suficientemente propagandística, el siguiente párrafo continúa en la misma línea. “Jristina Bondarenko, portavoz de la brigada, afirma que no le faltan voluntarios. A principios del año que viene, la brigada será la mayor de Ucrania, con un tamaño similar al de una división de la OTAN”, explica para precisar que “la mayoría de sus nuevos reclutas son menores de 25 años, y ella rechaza 150 solicitudes al mes de menores”.
Carroll, que ha informado de la guerra en Ucrania desde 2014 y, por lo tanto, no puede escudarse en la ignorancia, no precisa qué es la 3ª Brigada de Asalto ni menciona a su cadena de mando. Tampoco explica por qué esta brigada cuenta con unas vías propias de reclutamiento ni el motivo por el que su éxito es mayor. El periodista excluye también el nombre Azov, origen de la brigada. Creado en 2014 en las semanas anteriores al inicio de la guerra en Donbass a partir de los hombres de negro que fueron utilizados por las autoridades ucranianas para descarrilar las protestas en Járkov e incluido desde abril de ese año como batallón policial -en la práctica parapolicial- del Ministerio del Interior, Azov se formó alrededor de su líder espiritual, Andriy Biletsky, y sobre la base de los grupos de la derecha nacionalista más extrema del país. Como otros grupos de los que se había separado, Svoboda, u otros de los que se separaría después, Praviy Sektor, el origen de Azov está en la Asamblea Social Nacionalista y Patriota de Ucrania, grupos cuya ideología nuca dejó lugar a dudas.

La deshumanización del contrario es la norma de la propaganda de Azov desde sus inicios hasta la actualidad.
En 2022, durante la batalla por Mariupol, los medios colaboraron activamente en la campaña para normalizar al regimiento Azov y calificar su lucha en Azovstal -donde la lucha no existió realmente, sino que fue la bien diseñada fábrica soviética la que protegió a los soldados- de heroica. Como pudo leerse en medios como The Times, Azov había apartado su simbología de 2014, el sol negro y el wolfsangel, y había purgado a sus mandos del bagaje ideológico que suponía la presencia de Andriy Biletsky, que abandonó la brigada para dedicarse al Corpus Nacional. Brazo político de un movimiento que incluye a su ejército, la milicia parapolicial creada más adelante y toda una serie de instituciones con aspiraciones de influencia política y social, el Corpus Nacional nunca fue un ente separado de la brigada y posterior regimiento Azov. Biletsky, cuya comandancia de la brigada siempre fue simbólica, abandonó ese puesto ante la prohibición de que fuera compaginado con un escaño en la Rada, pero la separación siempre fue ficticia. Lo fue también la desideologización del regimiento, liderado por Denis Prokopenko, procedente de la División Borodach de Maksym Zhoryn, cuyo símbolo era un totenkopf modificado al que se había añadido la barba de su comandante.
En cualquier caso, la 3ª Brigada de Asalto que tanto ensalza Oliver Carroll en su artículo para The Economist no es tampoco ese Azov limpio de desviaciones ideológicas. La Brigada está comandada por el propio Andriy Biletsky, el líder blanco que una vez se propuso purgar Ucrania de las influencias judías y cuya trayectoria por los movimientos de extrema derecha habla por sí sola. A su lado cuenta con Maksym Zhoryn, también excomandante del regimiento Azov y que en el pasado ha acompañado con las runas SS al reconocible símbolo de la División Borodach. Ambos, Biletsky y Zhoryn, protagonizaron una de las últimas visitas de Zelensky al frente de Artyomovsk, en la que informaron al presidente y a su equipo de los progresos -o más bien la ausencia de ellos- en ese importante sector, en el que Ucrania había puesto grandes esperanzas con su contraofensiva.
Ese Azov, el más ideológico y vinculado directamente al regimiento que se movilizó rápidamente para ser una de las puntas de lanza de las tropas ucranianas en Donbass en el verano de 2014, es ahora amablemente tratado por los grandes medios, que lo ensalzan como ejemplo de capacidad de movilización. En este sentido, como en muchos otros, la situación actual es la continuación lógica de la guerra en Donbass, cuando ante las dificultades de reclutamiento, el Estado se aprovechó de la capacidad de la extrema derecha nacionalista, el sector más ideologizado, movilizado y armado de la sociedad, para cubrir la falta de efectivos. Como ahora, la movilización de grupos radicales fue justificada entonces por la lucha contra Rusia. La actual lucha es la continuación de la pasada, pero ahora Azov aspira ya a convertirse en la brigada más grande de las Fuerzas Armadas de Ucrania y a contar con una cantidad de efectivos similar a la de una división de la OTAN.
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