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Armas, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania, Unión Europea

Los límites de la superioridad moral

Durante meses, los países occidentales han aprovechado la guerra de Ucrania para proyectar una determinada imagen de su histórico oponente ruso y de sí mismos. Partiendo de ese mito de que Rusia aspiraba a capturar Kiev en 72 horas, algo que siempre fue propaganda colocada interesadamente en los medios a modo de desinformación, analistas, diplomáticos, think-tankers, lobistas y políticos de todo tipo han querido caricaturizar al ejército ruso hasta la humillación. Elevando de una forma absolutamente exagerada las expectativas sobre la actuación que se esperaba de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa y añadiendo después igualmente alocadas historias sobre el heroísmo y la épica de las tropas ucranianas -el fantasma de Kiev y otros mitos que Ucrania ha elegido para resaltar hasta el infinito el valor de sus soldados-, Occidente ha querido dar una imagen de Rusia como un ejército con armas obsoletas, soldados salvajes incapaces de seguir las reglas más básicas del comportamiento humano, con la moral por los suelos y unos mandos sin capacidad de aprendizaje.

Para ello se han utilizado una propaganda con la que insertar en la conciencia colectiva una determinada imagen deshumanizada del enemigo: historias de torturas, violaciones de bebés, robo de lavadoras para utilizar sus microchips para la construcción de misiles, soldados luchando armados únicamente con palas, hordas humanas enviadas a morir ante el fuego de los tanques ucranianos o incluso la huida masiva de los soldados rusos ante los ataques ucranianos. Esta última, la más reciente, procede directamente del presidente Zelensky que, comentando la dificultad que Ucrania tendrá para recuperar a la población de Donbass, alegó que los soldados rusos están huyendo masivamente del frente mientras que los soldados de la RPD y la RPL -sin mencionar, por supuesto, su nombre- se mantienen en el frente. Como las demás historias, que la prensa ha repetido hasta la saciedad, también esta existe únicamente en las mentes de los creadores del discurso ucraniano. No es el ejército ruso el que corre actualmente el riesgo de tener que retirarse precipitadamente del frente de Donbass. Sin embargo, en ocasiones completamente al margen de la realidad, la narrativa se ha convertido en un elemento tan importante como la situación en el frente.

El discurso occidental se ha basado en proyectar la superioridad económica, moral y militar occidental frente a la bárbara Rusia. Los meses de retrocesos en el frente y evidentes carencias rusas en ciertos aspectos de la guerra -los fallos de inteligencia, los errores logísticos, la escasez de personal como con la que Rusia inició su participación en la guerra o la necesidad de acudir a sus aliados iraníes en busca de ayuda en la dronería- permitieron a Occidente disfrutar de un periodo de confianza extrema en sus habilidades y de soberbia absoluta que, poco a poco, va encontrándose con la realidad. 233.000 millones de dólares después, con prácticamente dos años de flujo continuo de armamento y munición, Ucrania no solo no ha conseguido derrotar a las tropas rusas, sino que, dando por fracasada la contraofensiva de 2023, Occidente mira ya, no a 2024, sino a 2025 en busca de un punto de inflexión en la guerra.

Si el presente no se corresponde con la idea imaginada de la guerra, siempre se puede soñar con el futuro, olvidando, eso sí, las evidentes carencias militares de los ejércitos occidentales: como ha escrito recientemente The Financial Times, Alemania dispondría de artillería para luchar dos días, Francia dispone de la cantidad de cañones de artillería equivalentes a lo que Rusia pierde al mes y Dinamarca carece de artillería pesada o defensa aérea, un bagaje pobre de un bloque aún capaz de burlarse de su oponente.

Los indicadores económicos muestran que la economía rusa ha soportado, aunque no sin dificultades o efectos secundarios como la actual inflación, la ofensiva de sanciones occidentales y no es Rusia, o al menos solo Rusia, quien deja ver sus debilidades industriales. Sigue coleando en Ucrania y sus países aliados la cuestión de la sed de proyectiles. La realidad sobre el terreno ha mostrado una guerra terrestre convencional entre dos ejércitos fuertemente armados y curtidos ya en el campo de batalla con una lucha cuya intensidad supera con creces a cualquiera de las guerras que han librado los países occidentales en las últimas décadas. Y pese a no haber admitido públicamente sus carencias, varios datos publicados discretamente a lo largo de los últimos dos años muestran que las dificultades de cualquiera de los ejércitos europeos serían similares en la forma y posiblemente muy superiores en la intensidad a las sufridas por las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa.

La contraofensiva de Zaporozhie demostró rápidamente que la invencibilidad del equipamiento militar es un lema útil en las ferias internacionales para lograr contratos de venta, pero no se corresponde con la realidad. Bajo el fuego de artillería, los tanques occidentales han ardido junto a los de origen ruso y soviético  pese a la campaña de propaganda organizada que se prolongó durante meses. El resto de wunderwaffe -los HIMARS, Storm Shadow, munición de racimo o misiles Patriot- han seguido un mismo patrón, según el cual su efectividad ha tendido a reducirse a medida que las tropas rusas se han adaptado para contrarrestarlas. Al final, pese al discurso que presentaba a Rusia como un país estancado en el pasado y sin capacidad tecnológica e industrial militar y a Occidente, incluida Ucrania, como un foco de innovación, creatividad y alta tecnología, la realidad ha devuelto a los ejércitos a pensar en cómo producir rápidamente elementos relativamente sencillos como proyectiles de artillería.

Un artículo publicado por Político y que describía las enseñanzas que el ejército francés está obteniendo gracias a los programas para instruir a las tropas ucranianas es representativo en este sentido. Francia, como el resto de ejércitos occidentales, se había centrado en el desarrollo de armas de gran calibre como misiles y grandes fragatas (o armas nucleares en el caso de las grandes potencias) como elementos disuasorios, mientras que sus mandos se centraban en operaciones militares que implicaban fundamental o únicamente tácticas de contrainsurgencia. La guerra de Ucrania ha enviado a los ejércitos de Rusia y Ucrania a las trincheras y ha recordado a los países de su entorno que la guerra no es algo que se libre a distancia. La deficiente -en palabras de los soldados ucranianos- instrucción que se ha ofrecido en este primer año de programa a los reclutas ucranianos en países como Francia o el Reino Unido sugiere que la actuación de esos ejércitos en una guerra como la actual posiblemente no superaría en calidad a la de los soldados rusos, de los que tanto se han burlado tanto la clase política como la mediática.

En el actual contexto de guerra convencional de alta intensidad tampoco el principal elemento novedoso, el uso en defensa, ataque y vigilancia de los drones, ha resultado ser completamente favorable a Occidente, que pese a su mayor capacidad tecnológica, ha visto cómo sencillos drones iraníes o cuadricópteros de bajísimo coste han resultado ser de gran utilidad en el frente. Pese a la enorme propaganda que recibieron, por ejemplo, los Bayraktar turcos, su protagonismo desapareció completamente una vez que la guerra entró en las trincheras y la artillería tomó el protagonismo absoluto. Y es precisamente ahí donde Occidente ha mostrado sus lagunas. Centrados en el desarrollo y producción de otro tipo de equipamiento, en muchos casos con objetivo comercial y exportador, tanto Estados Unidos como la Unión Europea están teniendo serias dificultades para cubrir la enorme demanda de proyectiles de artillería de Ucrania. Hace varias semanas, tanto Kiev como Bruselas admitieron que la UE no sería capaz de cumplir su promesa de producir y entregar a Ucrania un millón de proyectiles de artillería en un año, una cifra que no parece excesivamente ambiciosa para un bloque compuesto por 27 países.

El problema aumenta cuando tampoco Estados Unidos es capaz de movilizar su producción para cubrir esas necesidades. El complejo militar-industrial estadounidense parece más interesado en continuar fabricando equipamiento más lucrativo y no ha respondido completamente a la llamada al aumento masivo de producción de proyectiles de artillería. Así lo demuestra el hecho de que, como se pudo leer hace dos semanas en The Washington Post y posteriormente en varios diarios coreanos, Estados Unidos haya apelado repetidamente a la República de Corea en busca de proyectiles de artillería. El medio estadounidense se refiere a las repetidas solicitudes de la administración Biden de lograr que Seúl enviara medio millón de rondas de artillería a Ucrania, algo que su legislación le impedía. Técnicamente, el país no puede exportar material letal a un país en guerra, por lo que Corea del Sur había enviado a Kiev ayuda militar en forma de material no letal. Finalmente, según explica The Washington Post, la República de Corea ha enviado, de forma indirecta a través de Estados Unidos, el medio millón de proyectiles de artillería que Joe Biden exigía. Con esa cifra, el país se posiciona por delante de la suma de todos los países de la UE como proveedor de esa munición. La cifra, que posiblemente aumente en el futuro una vez abierta esta vía de exportación indirecta, no va a solventar la escasez de munición que sufre Ucrania a causa de una guerra cuya intensidad supera la capacidad de producción occidental, pero sí ayuda a mostrar esas lagunas que Occidente trata de esconder.

La guerra muestra las carencias de todas las partes y casi dos años después del inicio de lo que la Unión Europea ha visto como “una guerra existencial” para el bloque, Occidente aún no ha sido capaz de adaptarse completamente. Y, sobre todo, la batalla deja en evidencia los límites de la superioridad moral de quien se cree por encima de todo.

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