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La paz de Ucrania

“Ningún país quiere la paz más que Ucrania”, proclaman esta semana dos artículos publicados en medios occidentales de prestigio por sendos altos cargos de la administración ucraniana. En el primero, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania Dmitro Kuleba presenta en Foreign Affairs lo que considera “el camino a la victoria de Ucrania”. En el segundo, publicado apenas 24 horas después en la edición europea de Político, es el jefe de la Oficina del Presidente Andriy Ermak quien relata lo que define como “lucha existencial de Ucrania” en un artículo coescrito con Jens Plötner, asesor de política exterior y de seguridad de Olaf Scholz, cuyo principal objetivo es enaltecer el papel de Alemania en el esfuerzo bélico ucraniano. En ambos casos se repite esa mención a la paz de forma prácticamente exacta y los dos artículos comparten también la idea de que esa paz solo puede venir a través de la guerra y, sobre todo, mediante una victoria que Ucrania no puede conseguir por sí misma.

Dirigidos a públicos ligeramente diferentes -al estadounidense en el caso de Kuleba y al de la Unión Europea, y especialmente al alemán- el de Ermak-, los artículos se producen en un momento en el que el punto muerto del frente ante el fracaso de la contraofensiva ucraniana coincide con las dificultades tanto de Washington como de Bruselas para aprobar los fondos millonarios que las autoridades políticas desean seguir invirtiendo en el conflicto. Sin embargo, ese ímpetu por financiar la guerra común contra Rusia contrasta con cierta fatiga y, sobre todo, con las dudas sobre la sostenibilidad de una asistencia económica y financiera incondicional y potencialmente ilimitada en el tiempo que, a juzgar por los resultados obtenidos en 2023, no garantiza el resultado esperado.

A ello hay que sumar también las recientes declaraciones de David Arajamia, líder de la delegación ucraniana en las negociaciones con Rusia que se produjeron en marzo y se rompieron a voluntad de Ucrania en abril de 2022. Las palabras de Arajamia, líder de la facción parlamentaria del partido de Volodymyr Zelensky, confirmaron tanto los términos de la oferta para lograr una resolución al conflicto como los factores que determinaron el fracaso de la vía negociadora. Como se afirmó en aquel momento y se confirma ahora con el testimonio de quien lideró las negociaciones por parte de Ucrania, el acuerdo de Estambul que finalmente no fue tal implicaba la retirada rusa de los territorios capturados desde el 24 de febrero, que quedarían bajo las garantías de seguridad acordadas, a excepción de Donbass. En la práctica, eso suponía la aceptación implícita por parte de Ucrania de la pérdida de Donbass y Crimea, pero también la recuperación por la vía diplomática de las zonas del sur que ahora intenta recuperar por la vía militar. La principal contrapartida era la renuncia a la OTAN a cambio de garantías de seguridad de Rusia, Estados Unidos y otros aliados de Ucrania y países vecinos. En otras palabras, el acuerdo implicaba la paz a cambio de neutralidad y garantías de seguridad y la aceptación de la pérdida de territorios ya perdidos y en los que la población había dado durante años muestras de rechazo a las autoridades de Kiev.

Los términos ofrecidos y la insistencia de Arajamia en que el único interés de Rusia era la renuncia a la OTAN o el comentario de Arestovich, que considera que la propuesta era favorable a Ucrania, contrastan con la actitud de Kiev hacia las negociaciones desde prácticamente su ruptura. Desde que Zelensky prohibiera por decreto toda negociación política con Vladimir Putin -otro tipo de negociaciones económicas o humanitarias para el intercambio de prisioneros o retorno de menores solos a sus familias ucranianas continúan-, uno de los grandes objetivos de Kiev ha sido precisamente evitar verse en la obligación de aceptar la vía diplomática. En este tiempo, Ucrania ha dejado claro que únicamente aceptaría negociar tras la retirada rusa de todo el territorio ucraniano según sus fronteras de 1991. En la práctica, Ucrania dice con ello que únicamente negociará con Rusia en unas condiciones en las que Kiev unilateralmente pueda imponer sus términos a Moscú.

Las circunstancias, la naturaleza del conflicto y los términos en los que se planteó la cumbre de Estambul de 2022 dejan claro que cualquier negociación entre Rusia y Ucrania giraría en torno a dos aspectos: la cuestión territorial y la OTAN. Esos son los argumentos utilizados en sus artículos por Kuleba y Ermak para rechazar la vía diplomática y defender la continuación del suministro militar a Ucrania en busca de una victoria completa en el frente de batalla que permita a Kiev imponer su voluntad a Moscú y a las poblaciones de Donbass y Crimea que se identifican como rusas en lugar de ucranianas.

Para ello, Ermak y Kuleba inciden en dos aspectos que, en su visión, demuestran la futilidad de una negociación con Rusia. Ambos se refieren a precedentes anteriores al 24 de febrero de 2022 y a procesos de los que formaron parte directa o indirectamente. En un aparente reparto del trabajo y de los argumentos, Ermak y su colega alemán se refieren a los fallidos intentos de negociación entre Rusia y la OTAN en los meses anteriores a la intervención militar rusa, mientras que Kuleba busca argumentos en los años anteriores, concretamente en los acuerdos de Minsk.

“Pero seamos claros”, afirman Ermak y Plötner para alegar que “un simple alto el fuego hoy equivaldría a legitimar el acaparamiento de tierras por parte de Rusia, y allanaría el camino para otro conflicto enquistado, un escenario injusto, peligroso y, además, insostenible”. El argumento no se refiere solo a un simple alto el fuego sino a toda posibilidad de tregua para abrir la puerta a una negociación. En los mismos términos, aunque con un enfoque ligeramente diferente, se muestra Kuleba.

El centro del argumento de Ermak es la referencia al tira y afloja diplomático que se produjo a finales de 2021 y principios de 2022, cuando Rusia presentó sus exigencias a la OTAN. “A veces nos enfrentamos a la idea de que cualquier acuerdo negociado o revisión más amplia de la arquitectura de seguridad europea debe tener en cuenta también las legítimas preocupaciones de seguridad de Rusia”, escriben Ermak y Plötner para posteriormente retorcer la realidad hasta llegar a una burda manipulación de los hechos.  “Recordemos que, en respuesta a las propuestas de Rusia antes de la guerra actual, tanto la OTAN como Estados Unidos estaban dispuestos a entablar un debate más amplio sobre la seguridad europea que incluyera a todos los países implicados, con el objetivo de fomentar la estabilidad y la transparencia, y reducir la probabilidad de futuros conflictos. Pero en lugar de aceptar un debate de buena fe, Rusia optó por seguir el camino de la guerra”.

La realidad reciente desmiente por completo el argumento, ya que fue la rotunda negativa de la OTAN a dialogar con Rusia lo que hizo imposible toda negociación. Tanto los términos planteados por Rusia como punto de partida a la negociación como la negativa al diálogo fueron temas destacados por la prensa durante el primer trimestre de 2022. Y la negativa europea a la creación de una arquitectura de seguridad continental que tuviera en cuenta al país más grande y poblado del continente es una cuestión aún más antigua y en la que el rotundo rechazo europeo y estadounidense a incluir a Moscú ha sido el elemento recurrente. La buena fe de los países europeos, entre ellos y muy destacadamente Alemania, ha brillado por su ausencia en ese debate en el que los miembros europeos de la OTAN han visto siempre su seguridad como algo vinculado a Estados Unidos y no a un acuerdo continental.

El argumento de Kuleba está más centrado en la cuestión territorial. El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania rechaza la posibilidad de un alto el fuego o de enfriar el conflicto y, aun aceptando que esa opción sería económicamente más asequible para Kiev, afirma que la opción de la negociación “ni siquiera está sobre la mesa”. Para determinar por qué, el líder de la diplomacia ucraniana recupera una serie de enseñanzas que pretende imponer sobre el proceso de Minsk, al que ni siquiera se refiere por su nombre.

“Entre 2014 y 2022, soportamos aproximadamente 200 rondas de negociaciones con Rusia en diversos formatos, así como 20 intentos de establecer un alto el fuego en la guerra menor que siguió a la anexión ilegal de Crimea y la ocupación del este de Ucrania por parte de Rusia en 2014” , escribe Kuleba utilizando exactamente la misma estrategia de manipulación del caso de Ermak. Kuleba olvida, por ejemplo, que fue Ucrania, por medio de su operación antiterrorista, quien inició esa guerra menor y que lo hizo tras rechazar el acuerdo de Ginebra, que simplemente exigía diálogo, intercambio de prisioneros y entrega de los edificios ocupados a sus dueños (entre ellos los locales del Partido Comunista, que seguirían ocupados por la extrema derecha durante años). Pese a las evidencias de lo contrario, Kiev insiste también en la ocupación del este de Ucrania, una falacia útil para negar la realidad de lo que fue durante ocho años una guerra civil.

En referencia a esas rondas de negociaciones que Ucrania soportó y a esa veintena de intentos de establecer un alto el fuego -que las tropas ucranianas infringían en minutos-, Kuleba afirma que “nuestros socios presionaron a Moscú para que fuera constructivo y, cuando se toparon con el muro diplomático del Kremlin, insistieron en que Ucrania tenía que dar el primer paso, aunque solo fuera para demostrar que Rusia era el problema”. Este argumento recuerda a un episodio concreto: la vista de Victoria Nuland a la Rada para comprobar que Ucrania aprobara la “ley de estatus especial” para Donbass, una legislación que todas las partes eran conscientes de que jamás entraría en vigor y que únicamente buscaba afirmar que Ucrania había cumplido ya con sus compromisos. Poco importaba entonces, y mucho menos aún ahora, que esa legislación no cumpliera ni la letra ni el espíritu de lo pactado en Minsk. La negociación por parte de Ucrania y sus socios nunca fue de buena fe sino, como han admitido desde entonces Petro Poroshenko o François Hollande, como estrategia para evitar la derrota y sin intención de cumplir con los puntos acordados. Es lógico que sea el artículo de Kuleba el que trata de utilizar estos argumentos y no el de Ermak, coescrito con un representante de Alemania, posiblemente el país que más luchó por convencer a Kiev de cumplir los acuerdos de Minsk.

“Siguiendo esta lógica errónea”, prosigue Kuleba, “Ucrania hizo algunas concesiones dolorosas. ¿Adónde condujeron? Al ataque a gran escala de Rusia el 24 de febrero de 2022. Declarar una vez más que Ucrania debe dar el primer paso es inmoral e ingenuo”. La manipulación de la realidad es flagrante. Ucrania no solo no realizó concesiones dolorosas, sino que simplemente se negó a implementar los acuerdos que había firmado tras ser negociados con Vladimir Putin en un contexto en el que Kiev contaba con la presencia y el apoyo de Angela Merkel y François Hollande. Durante siete años, Ucrania saboteó y bloqueó toda posibilidad de avance en unas negociaciones en las que había decidido ya que jamás cumpliría con su parte.

Esa postura autoritaria de tratar de imponer sus condiciones y el rechazo a cumplir el acuerdo firmado ,no las concesiones que Ucrania nunca realizó realmente, fueron uno de los detonantes de la guerra. La postura de la OTAN, su negativa a negociar y la insistencia de Ucrania no solo a la adhesión al bloque sino a la presencia de bases militares de los países miembros actuaron de manera similar. Ambas situaciones, en las que no fue Rusia sino que fueron Ucrania y sus socios quienes se negaron a negociar, son ahora utilizadas como argumento para rechazar toda vía diplomática y exigir la continuación del suministro militar para continuar la guerra.

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