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El factor económico

En paralelo al trabajo de ejercer de grupo de presión en busca de financiación estadounidense, Ucrania ha aprobado esta semana su presupuesto para 2024. Tal y como ya había anticipado el mes pasado el Ministerio de Finanzas, el gasto de defensa supone más de la mitad de lo presupuestado. Se supera así el patrón de gasto que se ha observado según los datos de los primeros siete meses de 2023 en los que el gasto militar supuso ya el 48%. Esos datos ofrecidos en agosto ayudan también a estimar el porcentaje de gasto que supone para Ucrania el servicio de la deuda, más de un 8%. Sumado ese porcentaje al más del 50% del presupuesto que suponen las partidas de defensa, Ucrania se encuentra en una situación en la que destina alrededor del 60% de su gasto a la guerra y a pagar sus deudas, dejando tan solo el 40% restante para el mantenimiento del funcionamiento del Estado, infraestructuras, educación, sanidad, pensiones o prestaciones sociales a la población más vulnerable, especialmente a la población internamente desplazada.

Ucrania, que insiste en que cada grivna recaudada por el Estado es utilizada para la defensa del país, ha presentado unas cuentas con un claro desequilibrio entre los gastos y los ingresos, en los que espera un aumento debido a la subida del IVA. Como recogen medios como Reuters, “el Gobierno espera un déficit presupuestario de 43.000 millones de dólares en 2024 y planea cubrirlo con préstamos nacionales y asistencia financiera de sus socios occidentales”. La previsión ucraniana es percibir de sus aliados extranjeros 41.000 millones de dólares con los que maquillar sus presupuestos y mantener a flote al Estado y a sus Fuerzas Armadas.

Las enormes cantidades de asistencia recibida, 68.000 en asistencia financiera de los más de 233.000 millones de dólares que Ucrania ha obtenido desde el 24 de febrero de 2022, y la falta de resultados en el frente hacen cuestionar la viabilidad de todo el proyecto de guerra común contra Rusia. La situación es especialmente sensible para Zelensky en un momento en el que se unen las dificultades en el frente, la llegada de un invierno que puede ser aún más duro que el pasado y la parálisis que supone la incapacidad de Joe Biden de lograr que el Congreso apruebe los fondos que precisa para financiar a Ucrania hasta la celebración de las elecciones estadounidenses de noviembre de 2024.

La economía debía ser, o así lo esperaban ingenuamente las autoridades estadounidenses y de la Unión Europea, el elemento que determinara la guerra en favor de Ucrania. Con la Unión Europea y la OTAN como patrocinadores, proveedores de armamento y munición y gestores de la asistencia financiera que mantuviera en pie las estructuras estatales del país, la hipótesis occidental daba por hecho que Rusia no sería capaz de superar, en el aislamiento que esperaban que se produjera, el efecto de las sanciones. El valor del rublo colapsaría, la industria no sería capaz de obtener la tecnología necesaria para seguir produciendo, el veto al gas y petróleo dejaría al Kremlin con ingresos insuficientes y la economía se dirigiría al colapso. Un año y medio después, el keynesianismo militar ha reducido el paro, la prensa occidental advierte de que la industria militar trabaja a tres turnos diarios y el FMI ha informado del 2,2% de crecimiento del PIB en Rusia en 2023 frente al 2,1% de Estados Unidos, 1% de Francia, 0,5% del Reino Unido y una caída de medio punto de Alemania.

Cuando se aproxima el segundo aniversario del momento en el que la Unión Europea y la OTAN se comprometieron a asistir a Ucrania mientras fuera necesario, hasta la victoria final, las dudas sobre la posibilidad de mantener al Estado ucraniano indefinidamente aumentan a medida que lo hacen también los obstáculos para lograr garantizar la asistencia estadounidense. Ucrania no solo precisa de la asistencia financiera para mantener a flote a sus instituciones, sino de las armas que envía Estados Unidos para poder continuar la guerra.

Ese bloqueo ha sido el motivo del viaje de Andriy Ermak, el cardenal verde de Kiev y mano derecha de Zelensky, que en su visita a Estados Unidos ha tratado de presionar al Congreso para aprobar una nueva partida de fondos. Perfectamente coordinado con las autoridades estadounidenses, Ermak ha insistido en que “la cuerda se acaba”, una expresión antes utilizada por John Kirby, y los fondos se agotarán antes de finalizar el año. Para Kiev, es especialmente importante lograr esa financiación estadounidense para las Fuerzas Armadas de Ucrania, ya que, sin ella, sería inevitable que aumentaran las llamadas a la negociación. En las últimas horas, los mensajes escritos en las redes sociales han puesto de manifiesto la preocupación que han causado en el entorno de Zelensky las publicaciones de varios medios occidentales, que apuntan crecientemente a la necesidad de negociar una salida al conflicto. El principal fracaso de la contraofensiva de 2023 ha sido precisamente que Kiev no ha logrado la fuerza militar suficiente para poder negociar con Rusia en posición de fuerza, única circunstancia en la que Ucrania está dispuesta a sentarse a dialogar con Moscú. De ahí la importancia de la visita de Ermak y Umarov, ministro de Defensa, a Estados Unidos en estos momentos. Desde hace semanas, Ermak habla ya de la preparación de una nueva ofensiva para 2024, mientras que Umarov ha añadido, en una aparición en Fox News -la forma de dirigirse directamente a Donald Trump y la minoría republicana que le sigue-, que Ucrania “tiene un plan” para el próximo año. El problema es que Kiev y sus socios tenían también un plan para 2023 y su fracaso es el que ha llevado a la actual situación.

El plato fuerte de esta carrera para presionar a la minoría trumpista republicana a aprobar los fondos exigidos para Ucrania debía ser la comparecencia virtual de Volodymyr Zelensky en la sesión informativa cerrada para senadores y congresistas. “La administración Biden organizó el Zoom de Zelensky consciente de que él es el defensor más efectivo de su país cuando se trata de hablar a los Republicanos”, escribía Político horas antes del momento previsto para la comparecencia. “Es muy difícil confrontarle cuando está hablando del bien contra el mal, lo que está ocurriendo a su país y lo que Ucrania necesita para sobrevivir”, añade el medio citando a Ermak.

El fracaso de la operación fue evidente en el momento en el que, a última hora, el presidente Zelensky canceló su comparecencia ante los senadores, una ausencia que Umarov quiso excusar en su aparición en Fox News. Horas después, se consumó lo esperado: la minoría Republicana sigue sin estar dispuesta a dejar de utilizar la cuestión de la financiación para Ucrania como herramienta electoral. Tras el nuevo fracaso de Biden, Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, marcadamente proucraniano y que en la fase inicial de la movilización de recursos para Kiev se mostró abiertamente partidario de la asistencia militar, insistió en la negativa Republicana. Lo hizo respondiendo al intento de Biden de lograr esa financiación vinculándola a la asistencia a Israel, Taiwán y la “protección” del muro de la frontera. Biden quería así ofrecer a los Republicanos una propuesta que no pudieran rechazar y con la que conseguirían, no solo financiar la guerra de Israel contra Gaza, sino también la frontera entre Estados Unidos y México.

En año electoral, Johnson ha dejado claro que los Republicanos van a continuar presionando, no necesariamente en contra de Ucrania, pero sí para lograr mucho más de lo que Biden está dispuesto a ceder en materia de migración. Johnson no exige únicamente financiación para el muro, sino cambios fundamentales en la política migratoria, a lo que ha añadido que esa es la colina en la que el partido está dispuesto a morir. La presión contra Biden no decae y peligra así la aprobación, al menos con la rapidez con la que la exige Kiev, de los nuevos fondos para financiar a las Fuerzas Armadas de Ucrania. Sin poder contar con el arma milagrosa de la aparición de Zelensky, Joe Biden, en una comparecencia solemne en la sala Roosevelt de la Casa Blanca, exigió la aprobación de los fondos que solicita para Kiev alegando que «no podemos permitir que Putin gane». El nerviosismo por la forma en que el Congreso está dilatando la aprobación de la financiación para Ucrania es palpable. Esos retrasos y esa incertidumbre suponen una presión más para la Unión Europea, encargada de pagar los platos rotos de Estados Unidos pese a que algunos de sus países miembros, como es el caso de Alemania, se encuentren ahora en un momento de crisis presupuestaria.

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