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Giro de guion

“Sin duda, el invierno y el análisis de las capacidades propias y del enemigo hacen preciso un ajuste en las tácticas”, escribió el lunes en las redes sociales Mijailo Podolyak, el más mediático de los asesores de la Oficina del Presidente. “En el frente y en las ciudades, ya estamos pasando a una táctica diferente de guerra: defensa efectiva en ciertas zonas, continuación de las operaciones ofensivas en otras, operaciones estratégicas especiales en la península de Crimea y las aguas del Mar Negro y defensa de las infraestructuras críticas significativamente reformada”, añadió. Aunque su extenso mensaje pasaba posteriormente a reproducir la lista de tareas que deben cumplir los aliados de Ucrania, esa apertura define a la perfección las intenciones de Ucrania para los próximos meses y sigue la línea oficial marcada días antes por Volodymyr Zelensky al proclamar “una nueva fase de la guerra”.

El escenario planteado por Podolyak, cuya retórica nada tiene que ver con la euforia de meses pasados, es sorprendentemente similar a lo ocurrido en el invierno de 2022-2023, cuando Ucrania continuó atacando en la zona de Kremennaya-Svatovo, se mantuvo a la defensiva en gran parte del resto de la línea del frente y priorizó los ataques en la retaguardia rusa. Aunque son las circunstancias y las dificultades propias de las condiciones de guerra en invierno las que obligan a Kiev a modificar su táctica y a desmentirse a sí misma -Zelensky y sus autoridades militares habían insistido en que la ofensiva continuaría en invierno-, la relativa sorpresa del plan radica precisamente en que puede considerarse una admisión implícita del fracaso de la contraofensiva de 2023. Si las palabras de Zelensky presagiaban ya una nueva fase, que será defensiva para Ucrania, las de Podolyak han de entenderse como la constatación del final de la gran operación terrestre con la que Ucrania pretendía romper el frente y colocar a Rusia ante la difícil decisión de sentarse a la mesa de negociación en posición de debilidad.

Ahí radica el fracaso real de la contraofensiva ucraniana, el plan occidental para buscar una victoria política ante Rusia aunque no hubiera derrota militar completa de las tropas de Moscú. Hace apenas catorce meses, con las duras derrotas de Járkov y Jersón -esta última con la retirada ordenada de la única capital ucraniana en su poder ante la decisión de no defender hasta el último hombre unas posiciones consideradas imposibles de mantener-, la Federación Rusa realizaba una serie de cambios para reafirmar su voluntad de continuar luchando. Ucrania se había hecho con la iniciativa y se daba a entender que las tropas de Kiev podían romper el frente de Lugansk poniendo en riesgo gran parte de lo ganado desde el 24 de febrero. Bajo las órdenes del general Surovikin, posteriormente relevado tanto en ese puesto como en el mando de la aviación tras el motín de Wagner, Rusia comenzaba a construir la línea de defensa contra la que meses después chocarían los tanques ucranianos en su fallido intento de ruptura del frente en junio de 2023.

Aunque sin admitir abiertamente el fracaso del plan inicial ni referirse públicamente a las carencias que se habían puesto de manifiesto a lo largo de los primeros seis meses de operación militar especial, Moscú daba la orden de movilizar a 300.000 reclutas para equilibrar la superioridad de efectivos que había hecho posible para Ucrania extender el frente lo suficiente para que su defensa fuera inviable. Finalmente, ante la evidencia de haberse quedado atrás en un aspecto importante para la guerra moderna, la dronería, la Federación Rusa recurría a uno de sus aliados, Irán, en lo que sería un punto de inflexión en el operativo ruso. El uso de drones, cuya fabricación y mejora de prototipos a partir de lo adquirido de Irán y lo aprendido en el frente, ha sido uno de los aspectos en los que el rendimiento ruso ha cambiado de forma más significativa.

En aquel momento, cuando políticos occidentales afeaban a Rusia haber tenido que recurrir a Teherán en busca de asistencia técnica, medios como Newsweek se preguntaban “hasta cuándo puede seguir luchando” Moscú. Meses antes, en el verano de 2022, el mismo medio publicaba un artículo en el que  afirmaba que Moscú se quedaría “sin armas y munición antes de finalizar el año”. Actualmente, el giro de guion se produce tras meses de lucha en el frente, con Ucrania a la defensiva en todo el frente oriental, especialmente en los alrededores de Donetsk, zona más fortificada de la línea de contacto heredada de la guerra de Donbass, y con Rusia tratando de recuperar la iniciativa, no solo en defensa, sino también en ataque.

Ya no es Rusia quien se encuentra en riesgo de carecer de misiles o munición, sino que los titulares de última hora de esta semana alertan sobre las advertencias de Estados Unidos de la peligrosa cercanía al momento en el que el fondo de asistencia a Ucrania quede vacío, algo que podría suceder este mismo mes. El anuncio de la Casa Blanca añade una dosis extra de dramatismo a lo que, en realidad, es un nuevo intento de obligar al Congreso a aprobar los 60.000 millones de dólares que exige para garantizar la financiación de las Fuerzas Armadas de Ucrania hasta las elecciones de noviembre, eliminando esta cuestión de la agenda electoral. “La advertencia, entregada en una franca carta al presidente del Congreso, Mike Johnson, ha sido la última salva de la administración Biden contra un creciente número de Republicanos que afirman estar cansados de cargar con los costes y el capital político de una guerra que se podría alargar durante años”, escribía el lunes The New York Times dejando claro el objetivo de las declaraciones.

Un año después de que se diera prácticamente por derrotado al ejército ruso, no son los periodistas cercanos al Kremlin los que alertan de que no habrá buenas noticias del frente sino que es el secretario general de Naciones Unidas quien advierte de ello. Ucrania ha vuelto a recuperar la idea del “segundo ejército del mundo” para justificar el fracaso militar y The Economist afirma que “por ahora”, “Rusia está ganando la guerra” y The Washington Post alerta de que “la victoria para Ucrania es bastante menos probable que años de guerra y destrucción”. El tono triste del medio estadounidense se expresa con claridad en el artículo en el que describe cómo nada ha salido tal y como Kiev esperaba en la contraofensiva. “El objetivo para las primeras 24 horas era avanzar casi nueve millas, alcanzando la localidad de Rabotino, un primer empujón hacia el sur hacia los más ambiciosos objetivos de recuperar Melitopol, una ciudad cercana al mar de Azov, y cortar las líneas de suministro rusas”. Rabotino debía ser el detonante de la batalla por los territorios del sur y la perdida costa del mar de Azov. Sin embargo, seis meses después, Rabotino ha sido el clímax de una operación fallida que, eso sí, podría tener secuela.

En su mensaje publicado el lunes, en el que admitía implícitamente el fracaso de los planes de ofensiva, Mijailo Podolyak apelaba a la militarización y suministro masivo de armas y financiación a las Fuerzas Armadas de Ucrania. “Ahora, todos nuestros recursos están dirigidos a aumentar la producción doméstica de armas y acelerar la negociación con los socios para aumentar los suministros de equipamiento crítico para la nueva etapa de operaciones ofensivas”, explicaba para solicitar sistemas de defensa aérea, misiles de largo alcance, drones y equipamiento de guerra electrónica. Añadiendo que “la etapa de la guerra está clara, las necesidades son evidentes y los ajustes óptimos a la táctica están siendo realizados”, el asesor de la Oficina del Presidente anunciaba el inicio de la producción de la segunda parte de la gran ofensiva que cambiará la guerra. A juzgar por las exigencias, Ucrania espera de sus socios, no solo más de lo recibido este año, sino mucho más de lo que son capaces de producir. Según publicaba el lunes Ukrainska Pravda, Valery Zaluzhny demanda a los proveedores internacionales 17 millones de rondas de munición, muy lejos del millón prometido por la Unión Europea a un año vista y que ya admite que no podrá entregar. Como toda secuela, la segunda parte de la contraofensiva ucraniana precisará de unos elevados costes de producción y, quizá, varias reescrituras del guion.

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