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Elementos de presión

“En Ucrania, el comandante militar de más alto rango, el general Valery Zaluzhny, pronunció la semana pasada las palabras que los oficiales estadounidenses han evitado durante gran parte del año: punto muerto”, escribe esta semana The New York Times en uno de los muchos artículos que reaccionan a lo escrito por el general ucraniano en The Economist hace unos días. Las palabras de Zaluzhny han adquirido una relevancia incómoda para el entorno de la Oficina del Presidente, que ha puesto en marcha toda su artillería diplomática para contrarrestar un discurso percibido como excesivamente realista por parte del principal líder militar ucraniano en un contexto de incertidumbre sobre la continuación de la asistencia militar a Ucrania. Como respuesta al debate causado por las palabras de Zaluzhny, Volodymyr Zelensky, visiblemente nervioso estos días, ha exigido “centrarse en la victoria”, una en la que no cree, al menos a corto o medio plazo, ni siquiera su principal general. “Muchos de los asesores de Biden están de acuerdo en que Ucrania y Rusia están atrincheradas, incapaces de mover las líneas del frente de batalla de forma significativa”, añade The New York Times, señalando una realidad cada vez más evidente y que con más frecuencia está siendo publicada por los medios de comunicación occidentales.

Al igual que el entorno de Zelensky, el artículo continúa indicando que esos oficiales de la administración estadounidense “temen que la franqueza del general Zaluzhny haga más difícil conseguir que los republicanos voten a favor de una financiación agresiva de la guerra y envalentone al presidente Vladimir V. Putin de Rusia a atrincherarse con las esperanza de que el expresidente Donald Trump o un Republicano con un punto de vista similar sea elegido el año que viene y retire el apoyo estadounidense”. El debate sobre la continuación de la asistencia militar a Ucrania entre las dificultades que está sufriendo Joe Biden para lograr la financiación deseada está marcado fundamentalmente por la situación en Oriente Medio, que ha desviado a Tel Aviv gran parte de la atención antes dedicada a Kiev y la relación entre la inversión realizada y los resultados obtenidos. Este último argumento está siendo utilizado por parte del Partido Republicano  para bloquear futuras concesiones de fondos y ha adquirido nueva vida tras las palabras de Zaluzhny.

“Ucrania con seguridad seguirá recibiendo financiación y armamento para continuar la guerra, ya con historias sobre una ofensiva exitosa en 2024. Estados Unidos no va a poner fin a la guerra en Ucrania. Ni ahora, ni en un futuro próximo. Se está trabajando en ello con regularidad”, ha escrito esta semana Boris Rozhin, Colonel Cassad, amplio conocedor de la realidad de la guerra en Ucrania desde 2014. “El hecho de que se haya hecho más difícil no significa que se vaya a abandonar y la guerra se detenga por sí sola”, añadió. Esa es también la postura rusa, que más allá de posibles falsas esperanzas sobre los resultados electorales -el precedente de la política de Trump con respecto a Ucrania, muy similar a la de Obama-Biden, no anima a ningún optimismo sobre una posible presidencia Republicana-, Rusia ha declarado ser consciente de que la asistencia occidental a Kiev va a continuar.

Rozhin explica la proliferación de artículos que alertan sobre el peligro de la pérdida de financiación para Ucrania como una forma de explicar la falta de resultados en el frente. Los reproches, de ida y vuelta, han sido otro de los temas de la semana. Occidente acusa a Ucrania de no haber utilizado correctamente el armamento y, sobre todo, de no haberse liberado de la doctrina y prácticas soviéticas. Ucrania, por su parte, responde argumentando la lentitud en la llegada del armamento solicitado y, en ocasiones, incluso critica la instrucción occidental, lejos de suponer el elemento diferencial que esperaba. La realidad se encuentra a medio camino: Ucrania no tenía, salvo con una mentalidad suicida, ninguna posibilidad de mantener la táctica occidental en la actual ofensiva, que precisa de una superioridad aérea que no existe en el caso ucraniano. Ha sido precisamente la recuperación de la táctica anterior de uso de agrupaciones más pequeñas y flexibles en lugar de los grandes convoyes blindados lo que ha conseguido para Kiev los escasos éxitos en el frente y lo que ha evitado que las inmensas bajas de los primeros días de ofensiva continuaran hasta la destrucción de las brigadas creadas específicamente para la operación de Zaporozhie.

Kiev recupera también su queja más habitual, la de la falta de munición, un argumento muy repetido que choca con parte del discurso ucraniano. Por una parte, Ucrania y parte de sus socios han repetido hasta la saciedad que la externalización de la producción militar no es una debilidad sino una fortaleza. El hecho de que la producción de armamento y, sobre todo, de munición se produzca en los países de la OTAN hace imposible que esas fábricas sean atacadas por las tropas rusas. La contrapartida es la dependencia que supone, tanto de la capacidad y voluntad occidental de producción como de los fondos disponibles. Frente a ello y pese a las sanciones, que debían destruir la capacidad rusa de producción de armamento y munición, la Federación Rusa cuenta con su industria como una fortaleza que limita su dependencia del exterior. Esa escasez de munición a la que se refiere constantemente Ucrania es, como casi todo en la guerra, relativa. Ayer, como prácticamente a diario, Kiev utilizó su artillería contra barrios residenciales del centro de la ciudad de Donetsk. Uno de los ataques impactó contra el edificio del departamento de Trabajo y Protección Social. El alcalde de Donetsk denunció la muerte de seis civiles. Los bombardeos de la ciudad, constantes desde hace un año y medio, no tienen más objetivo que aterrorizar a la población, a la que Kiev ha dejado claro que no hay ningún lugar seguro en la localidad más poblada de Donbass.

Las dudas sobre la capacidad de Joe Biden de lograr la financiación requerida para continuar financiando ofensivas ucranianas, acrecentadas por el realismo de la valoración de Zaluzhny sobre las perspectivas ucranianas en el frente a corto y medio plazo, han obligado a Ucrania a elevar su retórica y tratar de centrar nuevamente el discurso. Pese al temor de que las palabras del general ucraniano supongan una dificultad más para Ucrania y sus socios en su búsqueda de fondos, el debate creado por Zaluzhny está siendo utilizado precisamente como argumento de presión. Por medio de sus principales oficiales, Ermak, Kuleba y Podolyak, Ucrania ha iniciado un contraataque basado en tres argumentos principales.

Como hace a diario desde que la ofensiva se estancó en los campos de Zaporozhie, Podolyak sigue insistiendo en que congelar el conflicto solo beneficiaría a Rusia y niega toda posibilidad de negociación. La solución a la guerra ha de ser necesariamente militar y la guerra debe ser financiada hasta la victoria final de Ucrania, exija eso lo que exija a los países proveedores. Ermak, por su parte, ha estallado contra la “fatiga de la guerra” que tanto teme Ucrania. En esta ocasión, el golpe ha llegado de una aliada, Georgia Meloni, que en lo que creyó era una conversación con Azali Assoumani, presidente de la Unión Africana, cayó en una broma de Vovan y Lexus, que lograron que la primera ministra de Italia afirmara que “todos entienden que tenemos que buscar una salida a esto”. Finalmente, Dmitro Kuleba, ministro de Asuntos Exteriores, ha apelado a un mensaje emocional y se ha preguntado qué guerra será capaz de ganar Occidente si no puede ganar esta.

Las palabras de Zaluzhny, cuya valoración es que Ucrania no puede ganar la guerra a corto plazo pero exige armamento -parte del cual ni siquiera existe en estos momentos- para hacerlo a largo plazo, han provocado un fuerte debate sobre qué hacer para buscar una resolución a la guerra. Ante la tentación de que comience a tomar peso la vía diplomática, Kiev trata de hacer que el debate se produzca según sus términos. Ucrania busca utilizar la actual incertidumbre para presionar tanto a sus socios como a las capas escépticas de la política de esos países en busca, no solo del mantenimiento de la asistencia, sino de su aumento. Es difícil imaginar que esa estrategia sea exclusiva de Kiev y no incluya también al sector más político de la administración Biden que, al contrario que ciertos sectores militares, sigue apostando por la guerra contra Rusia hasta el último ucraniano.

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