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Crimea, Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, Zaluzhny, Zaporozhie, Zelensky

Punto muerto

Esta semana se cumplen exactamente cinco meses desde que las tropas ucranianas, en columnas blindadas detenidas por los campos de minas, la artillería y los drones rusos, iniciaron su camino desde los campos de Zaporozhie hacia lo que esperaban que fuera una ruptura rápida del frente. La repetición del escenario de Járkov, cuando las tropas rusas se vieron sobrepasadas por las ucranianas y las reservas y aviación no pudieron sino cubrir la retirada, era el escenario soñado por Ucrania, una ingenuidad que en los primeros días de la ofensiva pagó con -según fuentes occidentales- la destrucción del 20% del equipamiento empleado. Centenares de millones de dólares y euros después, ni los tanques occidentales han demostrado, como se esperaba de ellos, la inferioridad del armamento ruso, ni el coraje de los guerreros ucranianos ha logrado compensar las evidentes carencias en ámbitos tan importantes como la cobertura aérea para infligir una derrota lo suficientemente dura a las tropas de Moscú.

Estabilizada la situación en una guerra de trincheras en la que las partes obtienen más éxitos en sus ataques de larga distancia que en los asaltos directos en las zonas más calientes, hace tiempo que es evidente que la guerra estaba entrando en la fase de estancamiento. Durante los momentos de derrota, Ucrania ha apelado al deber moral de sus aliados occidentales de rescatar al país ante el riesgo de caer en manos del autoritario vecino imperial, mientras que en fases de victoria, el argumento ha sido generalmente la posibilidad de lograr una derrota estratégica de un enemigo común, Rusia, que fuera más allá del campo de batalla ucraniano. Por primera vez desde febrero de 2022, Kiev se enfrenta ahora a una situación de bloqueo, en la que no es fácil argumentar que la victoria está a la vuelta de la esquina y tampoco exigir grandes cantidades de armamento, especialmente después de que los meses de preparación y generosas donaciones no hayan dado los resultados que los países donantes hubieran deseado.

Contrarrestar esa realidad es la labor de Valery Zaluzhny, que por primera vez ha utilizado las palabras “punto muerto” para describir el estado de la guerra. Lo ha hecho en una columna publicada por The Economist, que se ha convertido en el tema más comentado en las últimas horas tanto por lo que el comandante en jefe solicita de sus socios como por lo que eso significa sobre el estado actual de la guerra y las perspectivas de futuro a corto y quizá incluso a medio plazo.

El impasse en el frente y la tendencia a aceptar que ninguno de los dos bandos será capaz de lograr una victoria militar completa -no es de esperar que la bandera rusa ondee sobre Kiev ni que la ucraniana lo haga en Sebastopol- puede solventarse por dos caminos. El primero es el propuesto ayer por Oleksiy Arestovich que, expulsado del círculo de Zelensky, parece preparar su aventura política en solitario (puede que como oposición blanda o incluso como oposición controlada). El exasesor de la Oficina del Presidente, reconociendo que será imposible recuperar todo el territorio, pero también que no hay riesgo de grandes avances rusos, ha propuesto iniciar la vía diplomática, eso sí, con Ucrania en una posición de fuerza. Zaluzhny encabeza el otro camino para escapar del bloqueo: el de exigir a sus aliados armamento específico para la actual fase y, sobre todo, para el futuro.

No hay posibilidad de una vía negociada para la resolución del conflicto ni intención de buscar un alto el fuego que limite el sufrimiento de la población ante el invierno en el discurso de Zaluzhny. Recogiendo la falaz idea de unidad, que liberadamente ignora que miles de ciudadanos de Ucrania luchan desde hace varios años contra Kiev, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania recupera el argumento de la lucha por la libertad y la voluntad de darlo todo contra el enemigo. Los datos de evasión del reclutamiento y los problemas que en la parte central del artículo admite Zaluzhny para cubrir las necesidades de personal en el ejército contradicen esa voluntad de lucha hasta el final que tanto Zelensky como sus socios extranjeros han mantenido hasta ahora. Sin embargo, y pese a mantener la idea de una lucha común de todo un pueblo contra el Estado agresor, Zaluzhny sí admite que Rusia cuenta con un mayor margen de maniobra en términos de reclutamiento. Pese al discurso de baja moral de las tropas rusas y de desinterés de la población por la guerra, no es Rusia sino Ucrania quien se ha visto obligada a prohibir la salida del país de hombres en edad militar para evitar el colapso de sus fuerzas armadas.

Zaluzhny no insiste en los motivos por los que Ucrania debe seguir recibiendo enormes cantidades de armamento y munición. En este sentido, da un único razonamiento al inicio de su artículo. Zaluzhny centra el debate en el “asalto contra la democracia de un poder imperial moralmente enfermo en el corazón de Europa”, que, en su opinión, “ha modificado el equilibrio de fuerzas en otras partes del planeta, incluyendo a Oriente Medio y Asia-Pacífico”. Los argumentos políticos no son el fuerte del general, que simplemente añade que “el fracaso de las instituciones multilaterales como la ONU y la OSCE en mantener el orden significa que Ucrania solo puede restablecer su integridad territorial por medio de la fuerza militar”.

Para ello, el general presenta una lista de cinco elementos con los que superar el actual bloqueo. Zaluzhny exige a sus socios el suministro de aviación para equilibrar fuerzas en los cielos, que en los últimos meses han adquirido una creciente importancia. Sin embargo, no hay ya triunfalismos sobre cómo la llegada de F16 supondría que “los rusos no tendrán nada que hacer”, como afirmó Zelensky. Zaluzhny elogia el trabajo de Rusia en relación con el desarrollo y uso de dronería, especialmente los drones kamikaze Lancet, que como ha podido verse a lo largo de los últimos meses, han sido uno de los elementos diferenciales en la defensa rusa. El cambio con respecto a hace un año ha sido notable y Rusia ha pasado de precisar la ayuda de sus aliados iraníes a desarrollar y utilizar drones para sustituir a misiles y aviación al menos en el aspecto de vigilancia del frente. Ese uso combinado de drones junto a la artillería y como elemento de ataque guiado contra los vehículos blindados oponentes es, seguramente, la mayor innovación de esta guerra.

El uso de drones y su carácter crecientemente sofisticado es el motivo para la segunda petición: herramientas para la guerra electrónica. El objetivo, aquí también, es equilibrar el campo de batalla para mejorar las capacidades propias y tratar de cegar los drones rusos, capaces de actuar por la noche. En este objetivo, Zaluzhny pide también mayor colaboración de inteligencia.

El fuego de contrabatería, algo de lo que los propios comandantes rusos han admitido no disponer en exceso, y las herramientas para el desminado son los siguientes elementos en la lista de deseos de Zaluzhny, que nuevamente menciona las capacidades rusas para, por ejemplo, contrarrestar el desminado ucraniano.

Admitiendo implícitamente dificultades de reclutamiento, el general exige también un aumento de las capacidades de instrucción de nuevos soldados. Las dificultades logísticas, la facilidad que situar los campos de entrenamiento en territorio ucraniano supondría para Rusia y los recursos que implica suponen que Zaluzhny exija a sus socios que sean ellos quienes continúen formando a las Fuerzas Armadas de Ucrania. En la práctica, esta exigencia se traduce en solicitar a Occidente que construya un ejército proxy al que seguir enviando al frente hasta la victoria final, aunque esa estrategia no haya funcionado en la actual ofensiva. Una de las quejas más comunes de los soldados ucranianos ha sido precisamente la escasa preparación con la que han regresado de países como el Reino Unido, que quizá no es el país más indicado para instruir a los soldados ucranianos en la realidad de la guerra de trincheras. Aun así, es a Occidente a quien Zaluzhny hace responsable de crear para Ucrania una reserva.

Esos cinco elementos específicos, sumados a la habitual petición de misiles de largo alcance y munición en flujos constantes, son la exigencia de Zaluzhny para continuar la guerra hasta una victoria final que el general no promete y para la que no ofrece ninguna fecha aproximada. “Rusia no ha de ser subestimada”, insiste Zaluzhny, que añade, sin admitir bajas propias, que “ha sufrido grandes bajas y gastado mucha munición. Pero tendrá superioridad en armamento, equipamiento, misiles y munición durante un tiempo considerable. Su industria de defensa está aumentando su producción pese a unas sanciones sin precedentes. Nuestros socios de la OTAN también están aumentando dramáticamente sus capacidades de producción. Pero se tarda al menos un año en hacer esto y en casos como el de la aviación y los sistemas de comando y control, dos.

Las peticiones, el tiempo que requeriría para Occidente la creación de esas armas, la instrucción del personal y la formación de una reserva estratégica supone que Zaluzhny es consciente de que Ucrania se encuentra inmersa en una guerra larga. Su comparación con la Primera Guerra Mundial y la mención a la guerra de trincheras implica también que, de alguna manera, el general no parece ya tan convencido de que la victoria sea segura. La guerra de trincheras con dos ejércitos tratando de hacerse el mayor daño posible en la distancia parece ser el nuevo plan del general Zaluzhny. Al menos durante un tiempo considerable. Mientras tanto, Ucrania exige de sus socios armamento, munición, inteligencia, tecnología y personal.

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