Necesitado de publicidad para recuperar el protagonismo perdido a causa de la fatiga de la guerra, la falta de victorias y el giro del interés internacional hacia Palestina, el presidente ucraniano ha obtenido esta semana el gran reportaje que buscaba. “Nadie cree en la victoria de Ucrania como yo. Nadie”, afirma este mes la portada de la influyente revista Time, que dedica un amplio reportaje a Volodymyr Zelensky. La frase del presidente ucraniano puede entenderse tanto como una muestra de confianza hacia su país y sus fuerzas armadas como un signo de cierta soledad del jefe de Estado, aislado en una creencia que nadie comparte. Mucho ha cambiado desde el pasado diciembre, cuando el primer plano del sonriente Zelensky en la portada del ”hombre del año” estaba rodeado por las imágenes de ucranianos y ucranianas con la euforia de la guerra. El subtítulo, “La solitaria lucha de Volodymyr Zelensky”, tampoco ofrece dudas y es coherente con el cuerpo del artículo de Simon Schuster, escrito a partir del seguimiento al presidente y su entorno y sobre la base de conversaciones con el círculo más cercano a la jefatura de Estado de Ucrania.
El relato de Schuster muestra dos caras de la situación a la que se enfrenta actualmente el liderazgo ucraniano, bajo constante presión de sus aliados por ofrecer resultados, pero con la necesidad de transmitir también la seguridad de quien cree en su victoria segura. Esta contradicción se manifiesta en las declaraciones de los miembros de la Oficina del Presidente, que oficialmente muestran su apoyo a Zelensky y a la estrategia ucraniana, pero que, extraoficialmente, garantizado el anonimato, apuntan a algunos de los temas más comentados de los últimos meses. La proliferación de la corrupción, especialmente alrededor de las oficinas de reclutamiento, generalmente para huir del país y evitar alistarse, unas acusaciones que implican el descrédito de uno de los sectores más importantes del Estado, es solo una de las quejas que muestran personas definidas por el periodista estadounidense como asesores cercanos a Zelensky. Schuster menciona también algo que Ucrania trató de negar y que la prensa ha ocultado durante meses: el reclutamiento forzoso persiguiendo a reclutas por la calle, en las paradas de autobús o en supermercados. Ambos aspectos refuerzan la creciente certeza de que uno de los grandes problemas de Ucrania no es la falta de armamento sino la carencia de personal preparado.
Los únicos comentarios de Kiev sobre las bajas militares de la guerra continúan siendo las periódicas -y alocadas- cifras de bajas rusas, que ayer, según el realismo mágico del Gobierno ucraniano superaron las 300.000. Hace tiempo que ni siquiera la prensa occidental más leal tiene en cuenta esos datos, evidentemente falsos. Sin embargo, por el momento no ha habido ninguna presión sobre Ucrania para conocer el nivel de bajas de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Aun así, algunos detalles son indicativos de la situación. Schuster repite nuevamente la cifra de 100.000 bajas entre muertos y heridos como la dada “hace tiempo” por Estados Unidos para cada uno de los bandos. Esa cifra, que se manejó el pasado abril, primero como cifra de fallecidos y posteriormente matizada para incluir también heridos -lo que hace la cifra absolutamente inverosímil-, ha tenido necesariamente que quedar desfasada tras seis meses de dura batalla. Pero al margen de las cifras concretas, el periodista estadounidense afirma que la edad media de las tropas ucranianas ronda los 43 años, un dato que solo puede apuntar a un nivel elevadísimo de bajas y a las dificultades para reclutar a soldados más jóvenes. “Ahora son hombres adultos y no estaban tan sanos para empezar”, añade el propio Zelensky, que sentencia diciendo que “esto es Ucrania, no Escandinavia”.
Los problemas de Ucrania para completar la movilización, reclutar e instruir a suficientes soldados para romper el frente ruso y reponer las bajas han sido un tema constante a lo largo de las últimas semanas. La tregua de cortesía que Kiev recibió de la prensa y los países occidentales en febrero de 2022 ha finalizado poco a poco y son cada vez más comunes las informaciones que dudan tanto de la capacidad de Ucrania de derrotar a Rusia como del desarrollo de la actual contraofensiva.
En unos días se cumplirán cinco meses del inicio de la gran operación para la que Ucrania había preparado al menos cuatro brigadas de 12.000 hombres que debían, utilizando sus flamantes tanques occidentales, pero sin la cobertura aérea que precisa este tipo de movimiento terrestre, romper rápidamente el frente ruso en su zona más sensible. Tal y como Rusia había previsto desde que Ucrania anunció la preparación para la ofensiva con la que iba a recuperar su territorio para luchar por la costa del mar de Azov y obligar a Rusia a retirarse de Crimea, esas brigadas irrumpieron en el campo abierto de Zaporozhie en dirección a Melitopol y Bersyansk. La geografía y las distancias hacían imposible un efecto sorpresa. En esos días, ante la proliferación de imágenes grabadas con drones que mostraban vehículos blindados ardiendo abandonados en los campos de minas, Rusia dio por fracasado el ataque. Aunque tal sentencia era prematura, ya que, con el tiempo, Ucrania se adaptó y regresó a tácticas anteriores que le dieron algún pírrico resultado, como la captura de la destruida aldea de Rabotino, hace semanas que ha dejado de ser una osadía afirmar con rotundidad que Kiev no ha logrado ninguno de sus objetivos.
Frente a Rusia, que nunca ha llegado de definir completamente sus objetivos en Ucrania, Kiev ha marcado como única resolución aceptable la recuperación de todos sus territorios según las fronteras de 1991. Esa insistencia implica la obligación de continuar luchando hasta la captura de la región que consideran más importante, Crimea. Ucrania no solo no ha logrado, ni está en vías de lograr, llegar a las puertas de Crimea como alegremente prometía Kiril Budanov hace un año. Las tropas de Kiev no han conseguido tampoco capturar ni asediar Melitopol, principal objetivo militar de esta campaña, que habría permitido obstaculizar al máximo la logística rusa en todo el frente sur, comprometiendo, sobre todo, a las tropas de la región de Jersón, pero también a las de Crimea. Es más, Ucrania no ha logrado siquiera construir sobre su gran victoria de Rabotino para presionar la primera línea rusa y avanzar hasta Tokmak. Ese era el premio de consolación que se planteó como objetivo a lograr antes de que las lluvias del otoño dieran paso al mal tiempo, que evidentemente favorece a las tropas que se defienden en las trincheras y no a las que intentan avanzar por los campos embarrados. Tampoco en otras zonas del frente la situación es excesivamente diferente, con Rusia presionando en el sector de Kupaysk, región de Járkov, en un ataque posiblemente más diseñado para estirar el frente y dificultar la capacidad de Ucrania de centrarse un Zaporozhie que en recapturar los territorios perdidos en septiembre de 2022. El escaso éxito ucraniano se manifiesta también en la zona de Artyomovsk, donde el pasado mayo el comandante Syrsky aseguraba que las tropas rusas se encontraban sitiadas y donde periódicamente se anuncian grandes avances ucranianos que no suelen corresponderse con los hechos. Ayer, Reuters recogía las declaraciones de Ucrania afirmando que será capaz de repeler los ataques rusos, una admisión implícita de que sus tropas no se encuentran ya al ataque sino a la defensiva.
Más allá de los cambios en el frente, escasos hasta ahora aunque Zelensky promete que la ofensiva continuará, el principal argumento para calificar de fallida la actual contraofensiva no es puramente militar sino también político. La suma de sanciones, presión militar y diplomática a Rusia no ha logrado poner contra las cuerdas a Moscú y obligar a la Federación Rusa a negociar en posición de debilidad. El Kremlin ha declarado recientemente que los problemas de financiación de Ucrania son solo temporales, con lo que deja claro que es consciente de que el apoyo estadounidense a Kiev continuará. Sin embargo, es también evidente que las dificultades de Joe Biden para lograr los fondos necesarios van a aumentar en periodo preelectoral. De ahí que Rusia entienda que el tiempo corre a su favor y Ucrania sea consciente de que precisa de nuevos argumentos para lograr sus objetivos. La insistencia en la obtención de aviación y, sobre todo, de misiles de largo alcance se debe a la certeza de que solo poniendo en riesgo el control de Crimea, puede lograr presionar realmente a Rusia. Moscú, por su parte, parece haber comprendido la estrategia, lo que explica el ímpetu por la destrucción de las infraestructuras de aviación ucranianas. Varios medios, entre ellos Le Monde o incluso el Kyiv Independent parecen dar por agotada la actual contraofensiva. Sin embargo, y pese a la soledad del único hombre que cree en la victoria, no es previsible la calma ante la llegada del invierno. Todo indica que ambos bandos se preparan para trasladar el principal escenario de la guerra de la línea del frente a los ataques para minar la retaguardia enemiga utilizando armas para las que el barro del otoño no sea un factor determinante. Así pudo observarse ayer en Donetsk, donde un ataque ucraniano provocó un gran incendio en un almacén de combustible. No extraña así que haya sido ahora cuando Kiev haya comenzado a recibir los misiles ATACMS que llevaba meses exigiendo a sus socios estadounidenses que, pese a la decepción de la contraofensiva, las dificultades para lograr financiación y la necesidad de suministrar también la guerra de Israel, no ha perdido el interés por la guerra de Ucrania.
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