“En los 20 meses desde la invasión rusa de Ucrania, los aliados de Kiev han dirigido un torrente de asistencia militar y de otro tipo por valor de más de 230.000 millones de dólares. Las posibilidades de que en los próximos 20 meses Kiev reciba una cantidad remotamente similar son nulas”, escribe esta semana un artículo publicado por The Washington Post, que recoge la actual preparación de los países europeos ante la posibilidad real de una victoria electoral de Donald Trump. Recientemente, la Unión Europea ha sobrepasado a Estados Unidos como principal proveedor de asistencia económica y financiera a Ucrania, con Washington como aparente principal suministrador militar. Sin embargo, el hecho de que Kiev esté utilizando prácticamente la mitad de su presupuesto para bienes y servicios y salarios militares implica que también una parte importante de esa asistencia monetaria de la Unión Europea está siendo destinada a la guerra.
Casi cinco meses después del inicio de la contraofensiva de verano, Ucrania ha logrado resultados parciales tan solo en la retaguardia. Los ataques a Crimea y la creciente sensación de aumento del peligro de llegada de misiles ha provocado medidas preventivas por parte de Rusia, que ha retirado a puertos más seguros a parte de la flota del mar Negro. Sin embargo, los cambios en la configuración de la línea del frente son mínimos y tanto Ucrania como sus socios parecen preparar ya el terreno para anunciar futuras ofensivas exitosas. A ello están destinados, sin duda, los F16 que Zelensky ya ha dejado de solicitar constantemente, quizá consciente de que llegarán una vez finalizada la instrucción de los escasos pilotos que Kiev ha seleccionado para ello. La llegada de aviación occidental -posiblemente en cantidades no suficientemente elevadas para marcar la diferencia- puede considerarse un hecho, aunque por el momento no ayudará a Ucrania a mejorar sus resultados.
Instalada en las trincheras, sin un vencedor claro a la vista y con la puerta a la vía diplomática cerrada desde abril de 2022, la realidad del conflicto se resume en la necesidad de mantener una guerra larga y que puede ser costosa tanto para los países que la libran directamente como para los que lo hacen vía proxy. Es el caso de la Unión Europea, que se encuentra ante la incertidumbre de cuáles serán las consecuencias que tendrá para la sociedad Washington-Bruselas el resultado electoral de 2024, pero también los próximos meses, en los que la campaña electoral puede influir incluso más en las posibilidades de Joe Biden de lograr la financiación que ha solicitado al Congreso.
Un conflicto largo es necesariamente una guerra de recursos y de capacidades industriales. En febrero de 2022, los países del bloque occidental y sus aliados confiaron ciegamente en que Rusia jamás podría competir con el potencial económico y de producción de la suma de los países de la OTAN. A ello se añadía también la certeza, que pronto se mostró fallida, de que las sanciones impuestas supondrían el colapso de la economía rusa, mientras que la falta de elementos tecnológicos haría inviable la producción de, por ejemplo, misiles. Expertas en sanciones como Agathe Demarais constató un descenso en la producción a raíz de la falta de microchips avanzados, carencia que afirma que Rusia solventó en unos meses para regresar a una producción que ha conseguido mantener. A lo largo de este año, uno de los comentarios habituales sobre los misiles rusos ha sido precisamente que sus componentes mostraban números de serie de producción de este mismo año, confirmando que Rusia no solo no “se ha quedado sin misiles” como afirmaba Arestovich que ocurriría ya en marzo de 2022, sino que mantiene su capacidad de producción.
Rechazada ya la teoría de que una guerra larga favorecería a Ucrania porque Rusia no iba a ser capaz de mantener la producción, los países occidentales se han visto obligados a renovar el discurso para poder mantener el nivel de asistencia a Ucrania. La victoria a la vuelta de la esquina o la solidaridad internacional hacia una víctima que califican de completamente inocente -aunque los años de guerra en Donbass y las intenciones de futuro hacia la población de Donetsk, Lugansk y Crimea lo refutan- ya no son suficientes. “La Casa Blanca está perdiendo la guerra por el mensaje. Ahora, está cambiado ese mensaje”, afirma Político.
El objetivo de estos cambios en impulsar las iniciativas legislativas que hagan a la administración Biden conseguir los fondos que ha solicitado para Ucrania -60.000 millones de dólares de un paquete de 105.000 que incluye también a Israel, Taiwan y el muro de la frontera-, pero también impulsar la producción. Porque frente a las burlas sobre las carencias rusas y la supuesta necesidad de acudir a la República Popular de Corea en busca de suministro de munición de artillería, Occidente sufre también de dificultades, quizá incluso superiores a las rusas, para cubrir las necesidades que implica la guerra. «La Unión Europea se está retrasando en sus planes de proporcionar a Ucrania un millón de proyectiles de artillería para marzo, dijeron personas familiarizadas con el asunto… Habiendo pasado más de la mitad de ese tiempo, la iniciativa hasta ahora ha entregado alrededor del 30% de los objetivos», ha escrito recientemente Bloomberg, uno de los muchos medios que se han hecho eco del reto industrial que supone para Occidente suministrar el material necesario para una guerra terrestre convencional. La situación se complica aún más teniendo en cuenta que, como informó la semana pasada Axios, una parte de los proyectiles de 155 milímetros inicialmente destinados para Ucrania han sido enviados a Israel. Ucrania debe luchar contra la fatiga de la guerra y el desinterés que comienza a causar en ciertos sectores pero también con la competencia que supone la guerra israelí contra Palestina en Gaza.
Las consecuencias de los retrasos y la incapacidad de hacer funcionar la maquinaria industrial a pleno rendimiento se unen al factor de especulación por parte de las empresas que implica la escasez pero, sobre todo, el aumento de la demanda. En las últimas horas, varios representantes de la OTAN se han mostrado preocupados, no solo por la necesidad de aumentar la producción, sino por contener los precios. Rob Bauer, presidente del comité militar de la OTAN, advertía ayer de la necesidad de implantar “estándares comunes y limitaciones al proteccionismo para relanzar la producción de artillería”. Jens Stoltenberg, por su parte, apeló a los países de la Alianza y representantes industriales a “mostrar responsabilidad”. “El reto aquí es que cuando aumentamos la demanda, queremos más suministro, no precios más altos”, insistió. Según ha publicado el diario alemán Welt Rheinmetall ha aumentado el precio de los proyectiles de 155 mm de 2000 a 3600 euros la pieza desde el inicio de la intervención militar rusa. La previsión es que esas cifras continúen aumentando.
Aunque sin afirmarlo explícitamente, todas las partes relevantes muestran signos de preparación de un conflicto extendido en el tiempo. Hace semanas que se venía anunciando un enorme incremento del gasto militar ruso para 2024, que se concretó ayer. El próximo año, se prevé que el 29,4% del gasto se emplee en el sector militar. Medios como Reuters, que se hace eco de la noticia, compara el dato con el peso del gasto militar ruso en 2021, 14,4% y 2022 17,7%, pero no con el ucraniano. Según los datos publicados por el Ministerio de Finanzas de Ucrania, en los primeros siete meses de este año, Kiev empleó el 48% del gasto en bienes y servicios y salarios militares. Ayer, Volodymyr Zelensky volvió a solicitar “ayuda macroeconómica a largo plazo”.
Los aliados de Kiev, por su parte, buscan la forma de impulsar la producción militar y de lograr los fondos necesarios para permitir que Ucrania pueda mantener ese patrón de gasto. Mientras la Unión Europea sigue prometiendo más financiación, Estados Unidos, con más dificultades para lograr el apoyo legislativo a las peticiones adicionales de fondos, busca un argumento doméstico para la inversión internacional. Según afirma Político, el principal razonamiento de la administración Biden es insistir en que los fondos adicionales contienen un paquete de 50.000 millones de dólares para la industria de defensa estadounidense “asegurando que nuestro ejército siga siendo la fuerza más preparada capaz y mejor equipada del mundo” pero, sobre todo, que el aumento de gasto militar en Ucrania fortalecerá la economía “aumentando las líneas de producción, reforzando la economía estadounidense y creando nuevos empleos en Estados Unidos”. Ante las dificultades para convencer al Partido Republicano de mantener el flujo de financiación, Biden no presenta ya la necesidad de apoyar a Ucrania como una cuestión de seguridad nacional sino como una oportunidad económica.
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