Esta semana, varios medios rusos informan sobre la mejora en la situación del suministro de agua en la ciudad de Donetsk, una de las grandes crisis olvidadas de esta guerra. “Los residentes de la capital de la RPD deben de recordar con nostalgia el suministro ininterrumpido de agua”, admite Komsomolskaya Pravda, “pero la situación está mejorando significativamente”. La ciudad lleva más de un año sufriendo los cortes de suministro que muchas localidades de la zona habían sufrido desde el inicio de la guerra. Sin embargo, como ciudad más poblada de Donbass, los problemas de suministro de agua en Donetsk han supuesto para la RPD y para Rusia un reto logístico que, con muchas dificultades, ha logrado minimizar, aunque no resolver de forma definitiva. El suministro de agua de la aglomeración urbana de Donetsk, que incluye también grandes ciudades como Makeevka, depende directamente del canal del Severski Donets, uno de los escenarios de algunas de las batallas más duras de las libradas en Donbass, por lo que no podrá haber una solución definitiva mientras las infraestructuras necesarias sean objeto de lucha. La pérdida de acceso al Severski Donetsk y la imposibilidad -o falta de voluntad, ya que gran parte de la población afectada se encuentra al otro lado del frente, en la RPD- de reparar las estaciones de filtración o subestaciones eléctricas que hacen posible el bombeo han creado una situación dramática en relación a un elemento, el agua, imprescindible para la vida.
Con la recuperación del territorio en el que se encuentran el canal y las estaciones de filtración como un objetivo imposible a corto plazo, Rusia se vio obligada a buscar soluciones alternativas, logísticamente complicadas y presupuestariamente comprometidas. Todo ello en condiciones de guerra abierta en Donbass, lo que complica aún más cualquier proyecto de infraestructuras. Sin embargo, al igual que con la reconstrucción de Mariupol, que comenzó de forma prácticamente inmediata a la finalización de la batalla, la credibilidad de las autoridades rusas ante la población local dependía de su capacidad, y especialmente de su voluntad, de buscar una solución. La realidad de la guerra ha supuesto para la población de la RPD y la RPL, que vio con entusiasmo la entrada de tropas rusas en 2022, un notable empeoramiento de sus condiciones, especialmente en lugares que, como el centro de Donetsk, no habían sufrido los efectos directos de la guerra desde la finalización de las grandes batallas de la guerra de Donbass en 2015. Mucho más protegida que en la línea del frente, la población del centro de Donetsk no había padecido desde entonces los cortes de suministro de agua y de luz comunes en la línea del frente. El paso de una aparente normalidad, que nunca lo fue, ya que el estado de ni guerra ni paz no solo afecta a la población en términos de los bombardeos, Donetsk pasó a carecer de suministro de agua gran parte del día, gran parte de los días.
La solución temporal planificada y llevada a cabo por las autoridades rusas supuso inicialmente la explotación de pozos locales, un parche que impidió que el corte de suministro fuera completo, pero que no podía satisfacer a nadie. Con el paso del tiempo, incluso reporteros rusos como Dmitry Steshin plasmaron en sus reportajes el escepticismo de la población de Donetsk a la noticia de que podían verse ya cerca de la frontera rusa las tuberías con las que las autoridades planeaban conectar a la ciudad con el agua del río Don. Pese a las dudas sobre el coste y la capacidad de construir las infraestructuras en plena guerra, el agua llegó y actualmente los dos ríos que han marcado la historia de esta región, el Don y el Severski Donets, que da nombre a Donbass, vuelven a estar unidos para paliar una crisis que para Donetsk había comenzado a ser insostenible. Aunque el suministro no es continuo, ni posiblemente pueda llegar a serlo mientras no se resuelva la situación del canal Severski Donets, el servicio mínimo permite a Rusia mostrar a la población su capacidad de resolver, aunque sea de forma parcial, un problema grave. Según las autoridades rusas, actualmente 280.000 metros cúbicos de agua del Don son bombeados a diario para lograr un suministro que, aunque parcial, ha dejado ya de ser tan esporádico como llegó a serlo en 2022.
Aun así, Komsomolskaya Pravda recuerda que Ucrania aún cuenta con la capacidad de interrumpir el suministro por medio de ataques que dañen -voluntaria o accidentalmente- las tuberías, las plantas de filtración o las subestaciones eléctricas cuya energía es imprescindible para bombear el agua. Esa situación recuerda a lo vivido a lo largo de los años de guerra en Donbass, cuando la preocupación por el bienestar de la población civil también escaseaba. Si los ataques rusos contra la infraestructura energética de Ucrania, que ha causado cortes de luz, pero no largas interrupciones de suministro -al fin y al cabo, Kiev heredó de la República Socialista Soviética de Ucrania una enorme red de centrales eléctricas, hidroeléctricas y nucleares que le han permitido reparar con rapidez esos daños- han causado enaltecidas condenas y programas como los “generadores de esperanza” de la Unión Europea, los cortes de suministro de agua a Donbass solo han obtenido silencio de los aliados de Kiev.
Sin embargo, no se puede decir que la situación sea nueva o que fuera desconocida. “Residentes de amplias zonas del Donetsk bajo control rebelde se quedaron sin agua después de que el suministro energético a una planta de filtración recibiera impactos de artillería, afirmó el alcalde independiente de la ciudad”, afirmaba, sin preciar el origen de los bombardeos -entonces, como ahora, signo de que no se trataba de bombardeos desde el lado rebelde-, un artículo de la BBC publicado en noviembre de 2014. Tampoco se mencionaba la planta de filtración de agua de Donetsk, uno de los puntos más complicados de la guerra de Donbass. Situada en la zona neutral y escenario de bombardeos ucranianos, desde ese año ha sido uno de los lugares de trabajo más peligrosos de la región.
“Partes del centro de la ciudad aún tenían algo de agua, aunque el suministro del resto de Donetsk estaba cortado”, añadía la BBC, que posteriormente daba paso al resto de noticias sobre la región. Ese mismo artículo en el que se anunciaba que una ciudad de más de un millón de habitantes -a los que hay que sumar el resto de ciudades de la aglomeración urbana, cuya fuente de suministro es la misma- había quedado sin suministro de agua anunciaba también las últimas medidas decretadas por el entonces presidente Petro Poroshenko. “La noticia llega después de que Ucrania haya ordenado la retirada de todos los servicios estatales de las áreas bajo control rebelde”, explicaba el medio, que añadía que “las pensiones y prestaciones a la ciudadanía residente en la zona ya se habían interrumpido, aunque el señor Lukyanchenko [alcalde ucraniano de Donetsk] continúa aportando al tesoro ucraniano”. Ucrania seguía recaudando impuestos de Donetsk y el resto de ciudades de la zona, pero había interrumpido ya los servicios básicos del Estado.
En aquel momento, Ucrania había firmado ya el primer acuerdo de Minsk, negociado en un momento en que las tropas de Kiev habían sufrido la terrible derrota de Ilovaisk y el ejército corría un serio riesgo de caer en el caos. El acuerdo implicaba un alto el fuego que, evidentemente, nunca se cumplió y que finalmente daría lugar a la reanudación de las hostilidades a gran escala, que culminarían en la batalla por Debaltsevo. Pero mucho antes de que se consumara esa segunda derrota ucraniana, Kiev había optado ya por el castigo colectivo a la población de Donbass. De ahí los constantes ataques a las infraestructuras -especialmente a las subestaciones eléctricas, que se produjeron a lo largo de toda la guerra de Donbass- y también las medidas políticas que buscaban hacer, por la vía económica, lo que no habían conseguido por la vía militar: obligar a la población a someterse a la voluntad de Ucrania.
Ahora, todo ello es analizado por los medios y think-tanks occidentales, gran parte de ellos vinculados al complejo público-privado industrial estadounidense, como una agresión rusa, una invasión de Donbass que hizo estallar la guerra y comenzó un hilo que dio lugar al 24 de febrero de 2022. La repetición, ahora con mayor gravedad, de situaciones que se vivieron entre 2014 y 2022, la completa falta de voluntad de Ucrania de cumplir los acuerdos de paz que firmó y las medidas económicas aprobadas para someter a la población muestran que el castigo colectivo siempre fue una parte integral de los planes de Kiev. De ahí que actualmente parezca inviable cualquier conversación, no solo de paz, sino de acuerdos mínimos como el trabajo de reparación para garantizar el suministro de agua a la población de Donetsk. Esa población que Ucrania sigue afirmando que es ucraniana y a la que espera poder seguir castigando en el futuro.
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