Con su reunión en Kiev, la representación de Asuntos Exteriores de la Unión Europea quiso lanzar un mensaje de unidad y optimismo que no siempre se corresponde con la realidad, incluso en los aspectos en los que el control de Bruselas es prácticamente absoluto. Es el caso de las buenas palabras que se pronunciaron en el acto y que contrastan con la realidad y también con el discurso político oficial. Mientras en los actos de relaciones públicas como el del lunes se resaltan únicamente aspectos positivos, los mensajes son mucho más fríos cuando se trata de los pasos concretos para lograr los objetivos comunes, concretamente a la adhesión de Ucrania a la UE.
Ya en el país, el Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad, se refirió al camino que aún debe recorrer Ucrania para llegar a la meta elegida. Lo hizo, como es habitual, desde un punto de vista abiertamente proucraniano, sin dudar de cuál será el punto de llegada, pero dejando claro que Kiev tendrá que cumplir ciertas condiciones. “Apoyamos a Ucrania en dos frentes”, afirmó Borrell, “en la guerra y en convertirse en miembro de la Unión Europea. El primero es una lucha terrible, el segundo es una lucha difícil. No es terrible, porque no hay gente muriendo, pero aun así será difícil y tenéis que hacer todo para hacer que la sociedad ucraniana trabaje por ello. Es una promesa seria de la Unión Europea, no puede estar vacía. No pasará mañana ni pasado mañana, pero queremos que pase más pronto que tarde porque es la mejor garantía de seguridad para Ucrania”. Las palabras, que implican exigencias y sacrificios claros a la población ucraniana, contrastan con la felicidad con la que el establishment pronunció el lunes sus discursos, pensados para los medios de comunicación y como reafirmación del apoyo a Ucrania para presionar a Estados Unidos para mantener el nivel de asistencia militar y económica.
Porque pese a autoproclamarse falsamente garantía de la seguridad de Ucrania -la mejor garantía de paz para el país era el cumplimiento de los acuerdos de Minsk, para lo que la UE no dio ningún paso real en siete años-, la Unión Europea es un proveedor clave a la hora del suministro de armas y financiación a Kiev. Hace unas semanas, la UE se jactaba de haber superado a Estados Unidos como principal espónsor de Ucrania. El seguimiento de la ayuda a Ucrania muestra claramente esa posición, aunque puede llevar a error en términos del tipo de asistencia suministrada por cada una de las partes. Aparentemente, gran parte del peso de la asistencia militar recae sobre Estados Unidos, aunque con un papel destacado de Alemania. La Unión Europea, por su parte, se encarga de mantener, por medio de asistencia financiera, el Estado ucraniano.
Ese gráfico y el peso que Estados Unidos supone en el suministro de armas es uno de los motivos de preocupación en estos momentos. El fracaso de los Demócratas a la hora de negociar el aumento del techo de gasto para evitar el cierre parcial del Gobierno ha supuesto que no haya una partida destinada a Ucrania en el pacto de 45 días que finalmente sí se alcanzó. Uno de los objetivos de la cumbre de representantes de Asuntos Exteriores en Kiev era precisamente mostrar unidad y compromiso europeo para exigir lo mismo a Estados Unidos. En las últimas horas, varios medios han comenzado a publicar artículos sobre la preocupación existente en el Pentágono ante la falta de recursos, un discurso que contrasta también con el mantenido hace tan solo unos meses. Ante el inicio de la ofensiva ucraniana, Antony Blinken afirmaba en una rueda de prensa que Ucrania disponía ya de todo lo que necesitaba para luchar contra Rusia. Ayer, AP publicaba un artículo en el que el auditor del Pentágono, Michael McCord “comunicaba a los líderes del Congreso y el Senado que quedan 1.600 millones de dólares de los 25.900 que el Congreso suministró para reponer las existencias militares estadounidenses que han estado fluyendo a Ucrania. Las armas incluyen millones de rondas de artillería, cohetes y misiles críticos para la contraofensiva ucraniana dirigida a retomar territorio ganado por Rusia en la guerra”.
La nueva ronda de preocupación se debe fundamentalmente al peligro del cierre del Gobierno estadounidense, evitado el pasado sábado con un acuerdo temporal de financiación parcial para 45 días que excluye explícitamente la asistencia a Ucrania. Miembros del establishment político como Michael McFaul, el Partido Demócrata en bloque y todo tipo de columnistas han comenzado ya la labor de exigir el aumento de la asistencia a Ucrania. De todos ellos, destaca el neocon Max Boot, cuyo argumento principal es el gran beneficio que supone para Estados Unidos la guerra proxy contra Rusia, en la que ni siquiera tiene que preocuparse por si su armamento cae en manos de extremistas como la Red Haqqani. El ejemplo de Boot no es más que uno de los muchos casos en los que se ha puesto de manifiesto la completa falta de escrúpulos de Washington en su elección de proxis. En el caso de Afganistán, Jalaluddin Haqqani, patriarca de la futura Red, fue uno de los receptores de asistencia estadounidense y británica, ya que comandaba a sus unidades bajo el paraguas del grupo de Yunnus Khalis, el muyahidín que posó con Ronald Reagan en su visita a la Casa Blanca. Igualmente extremista, Gulbuddin Hekmatyar, que según algunas fuentes ayudó a salir de Afganistán y huir de la persecución de Estados Unidos tanto a Osama Bin Laden como a Abu Musab al Zarkawi, fue el principal receptor de la asistencia militar estadounidense. Como entonces, la guerra contra Rusia es un argumento más que suficiente para exigir un mayor suministro, aunque esas armas sean entregadas a los grupos comandados, por ejemplo, por Andriy Biletsky o sus unidades de Azov, hace no tanto considerado neonazi y supremacista blanco por el Congreso de Estados Unidos. Tampoco preocupa la proliferación de simbología fascista que muestran continuamente las imágenes de las Fuerzas Armadas de Ucrania, reflejo de un país que ha caminado hacia el nacionalismo enalteciendo a grupos y personas que colaboraron con la Alemania nazi.
Como ha mostrado el episodio de la ovación al veterano de la División Galizien en el Parlamento de Canadá, es posible rehabilitar incluso a las SS siempre que sus soldados luchen únicamente contra Rusia. De ahí que no sea de extrañar el intento generalizado de la prensa por normalizar símbolos como el de Azov, sospechosamente similar a los de la División Das Reich, que cometió truculentas masacres contra la población civil de Francia durante la Segunda Guerra Mundial.
La guerra lo justifica todo, no solo en términos ideológicos, sino también en lo que respecta a la destrucción del país y la muerte de miles de soldados en una ofensiva que implica una táctica para la que las tropas ucranianas carecen del armamento necesario. A falta de estrategia, los políticos occidentales apelan a lemas de campaña. Ayer, Joe Biden exigía a sus socios unidad y coordinación en la asistencia a Ucrania. Toda la maquinaria trabaja para presionar a quienes han de aceptar que el suministro no solo continúe sino que, como afirmó Josep Borrell, incluso aumente. Y aunque en términos totales la Unión Europea es el principal proveedor de Ucrania, en el caso del armamento, los países europeos parecen haber llegado ya al máximo de su potencial. La dependencia de Estados Unidos es clara especialmente en términos de munición, donde la Unión Europea es consciente de que su capacidad de producción no es suficiente para cubrir las necesidades de una guerra como la de Ucrania. A las dificultades presupuestarias de Estados Unidos, se une la afirmación que ha llegado del Reino Unido, que dice que “se ha quedado sin armas que enviar a Ucrania”. Ambos casos muestran elevados grados de teatralización. En el primero, la lucha se debe fundamentalmente al juego político interno de los dos partidos principales, que están utilizando la cuestión ucraniana para posicionarse ante la temporada de campañas electorales. En el segundo, no se plantea una reducción de la asistencia entregada a Ucrania, sino un cambio: que esa asistencia militar no se produzca a costa de los arsenales propios. La suma de estos dos problemas, especialmente si se tiene en cuenta que las dificultades para Joe Biden pueden aumentar a medida que se acerque el inicio de la campaña presidencial, suponen más presión para la Unión Europea, que habrá de compensar cualquier reducción de armamento o financiación por parte de otros proveedores.
Pese a las apariencias de los trackings de seguimiento del tipo de asistencia que cada país envía a Ucrania, la Unión Europea es ya uno de los principales proveedores de la guerra como tal. Así lo muestra la estructura de gasto del Estado ucraniano, actualmente mantenido en gran parte por la financiación de la Unión Europea. Según los datos ofrecidos por el Ministerio de Finanzas de Ucrania y publicados por la prensa ucraniana, prácticamente la mitad del gasto se destina directamente a la guerra. En este sentido, cualquier reducción, aunque sea temporal, del flujo de armamento por parte de Estados Unidos o el Reino Unido tendrá que ser cubierto por Bruselas, que por boca del líder de su diplomacia, ha declarado la guerra de Ucrania como existencial para la Unión Europea. Quizá por eso y por la disponibilidad a anunciar aumentos de asistencia incluso cuando empieza a parecer insostenible, los aliados británicos y norteamericanos de la UE llaman a sus socios a la unidad, el compromiso y, sobre todo, a cargar con el coste de una guerra que todos ellos desean que continúe hasta desgastar al máximo a Rusia.
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