Dos noticias publicadas en las últimas horas por medios occidentales muestran claramente el estado de la guerra y la implicación occidental en ella. Se trata de informaciones de medios estadounidenses y británicos que aportan algo de luz al papel que los dos principales proveedores occidentales -no solo de armas, sino también de instrucción e inteligencia- pretenden jugar en el presente y, sobre todo, en el futuro. A ellas hay que sumar la cumbre celebrada por Zelensky en la que su intención ha sido ofrecer Ucrania como reclamo a las grandes fabricantes de armas para producir en Ucrania. Como ha comentado el historiador alemán Tarik Cyrill Amar, experto en Rusia y Ucrania, Zelensky ha querido decir a la industria armamentística occidental: “Tú pones la tecnología (y el dinero) y yo tengo la gente. Mantengamos en activo la picadora de carne”. En realidad, el objetivo de Ucrania es doble: lograr una mayor presencia e implicación occidental, en realidad garantía de que el país no va a ser abandonado como lo han sido otros en el pasado, y, sobre todo, conseguir una continuidad. El mantenimiento de las estructuras creadas para el suministro de armamento y financiación del Estado en condiciones, ya no de guerra, sino de guerra larga, es la prioridad de Ucrania. Las noticias que están publicándose actualmente indican que ese objetivo es compartido con los socios occidentales.
Este fin de semana, la prensa británica ha publicado el interés del Reino Unido por enviar tropas británicas a Ucrania para que sea allí donde se produzca la instrucción de los reclutas de las Fuerzas Armadas de Ucrania. La propuesta, presentada por el nuevo ministro de Defensa Grant Shapps implicaría la presencia de alrededor de 50 instructores británicos en bases ucranianas en lo que sería la primera presencia militar occidental oficial desde la invasión rusa. La propuesta supone únicamente el envío de instructores, que se realizaría bajo la lógica de “reducir la dependencia de la bases militares de la OTAN”. No es complicado ver en la idea una forma de reducir costes para los países occidentales, que según la planificación actual han de instruir a los reclutas y también hospedarlos. Es evidente también la percepción de escalada que supone la posible presencia de soldados de ejércitos de la OTAN sobre el terreno en Ucrania. Tanto que, tras la apariencia de escalada que ha supuesto la noticia, Rishi Sunak ha querido precisar que, en ningún caso, se plantea la posibilidad de que soldados británicos entren en combate.
El objetivo de esta propuesta británica no es el de aumentar la implicación directa del país en la guerra, ya que, en la práctica, solo supondría un traslado de las actividades que ya están realizándose en el Reino Unido a Ucrania. Aun así, es obvio que la presencia de soldados de la OTAN en bases ucranianas haría aumentar el riesgo de enfrentamiento directo entre Rusia y la Alianza y que la posibilidad de que esos soldados resultaran heridos en ataques rusos implicaría un aumento general del peligro de esta guerra, ya de por sí llamativamente elevado. El Reino Unido, aún más beligerante que Estados Unidos, parece dispuesto a correr ese riesgo que satisface también a Ucrania, ansiosa por lograr implicar más directamente a sus socios en la guerra común contra Rusia. Es así cuando menos para el ministro de Defensa, aunque la postura más matizada del primer ministro deja claro que es más fácil lanzar una propuesta que llevarla a cabo.
The New York Times, por su parte, publicaba la semana pasada otra noticia que apunta también al aumento de la implicación occidental en la guerra. Según el medio estadounidense, “un grupo de soldados del Ejército Ucraniano heridos por granadas rusas y proyectiles de mortero llegaron al hospital recientemente para ser operados. Podría parecer una escena familiar de la sangrienta guerra que continúa lentamente en Ucrania, salvo por dos diferencias cruciales: gran parte de los soldados eran estadounidenses y también lo era el hospital, el principal centro médico del Ejército de Estados Unidos en el centro de Alemania”. El medio estadounidense añade que “el Ejército ha comenzado sigilosamente a tratar estadounidenses y otros soldados evacuados de Ucrania en su Centro Médico Regional de Landtuhl. Aunque el número es aún bajo, actualmente son 14, supone un paso notable en la creciente implicación de Estados Unidos en el conflicto”.
Las noticias presentadas por los medios occidentales indican una creciente implicación, aunque no directa y oficialmente en combate, de los países occidentales en la guerra, algo que Ucrania lleva un año y medio buscando. Sin embargo, la tendencia es, ante todo, una forma de preparación de las estructuras de apoyo a Kiev en un contexto de cronificación de la guerra. Las esperanzas de que un éxito rápido en la contraofensiva actual fuera a obligar a Rusia a negociar la finalización de la guerra según los términos ucranianos han dado paso a la preocupación por lo que parece cada vez más una situación de bloqueo. Los programas de instrucción de las Fuerzas Armadas de Ucrania a largo plazo no son, como Kiev quisiera creer, una forma de compromiso en la seguridad del país más allá de la guerra, sino la forma en la que los países occidentales buscan garantizar que la guerra pueda continuar. Los requisitos para ello no se limitan únicamente a garantizar la financiación a largo plazo, algo cada vez más complicado como Joe Biden ha podido comprobar esta semana en su disputa con los Republicanos, sino que implica especialmente contar con un ejército en condiciones de luchar. Para ello es preciso mantener el flujo de armamento, pero también disponer de puertas abiertas para la llegada de voluntarios, mercenarios, soldados de fortuna y toda otra serie de aventureros y aventureras que completen las filas de las Fuerzas Armadas de Ucrania y batallones asociados. Instruir mínimamente a esas tropas implica más gasto y más infraestructuras, para las que el Reino Unido parece ofrecer ahora la posibilidad de enviar a sus propios soldados a trabajar sobre el terreno, un paso más hacia una intervención más directa de los países occidentales, pero, ante todo, hacia la cronificación de la guerra. La intensidad de la guerra y el dilapidado estado de la sanidad ucraniana, un problema que precede en muchos años al inicio de la guerra, supone que el país no sea tampoco capaz de cubrir las necesidades médicas de esos ejércitos, por lo que también en ese sentido depende de sus socios.
Con la idea de asistencia “mientras sea necesaria” como sustituta para una estrategia real en la guerra -que en el caso de Estados Unidos se limita a desgastar al máximo a Rusia a costa de restar importancia a las bajas en las tropas ucranianas-, Estados Unidos y el Reino Unido se preparan abiertamente para un conflicto largo en el que lo más importante es ahora garantizar la existencia de un ejército capaz de presentar batalla. De ahí la necesidad de reconfigurar la forma en la que se instruye a las tropas y las formas de tratar, al menos, a los soldados más importantes, es decir, a los nacionales de los países proveedores.
El artículo de The New York Times da algunas claves sobre las cifras en las que actualmente se mueve la participación occidental directamente en el frente, que se produce siempre de forma extraoficial, como voluntarios teóricamente sin afiliación a los ejércitos de la OTAN. Esta práctica tampoco es nueva. Los hechos ocurridos recientemente en Canadá han hecho reaparecer todo tipo de informaciones sobre los años de la Segunda Guerra Mundial, pero también de momentos más recientes. El perfil de una de las líderes del Congreso Ucraniano Canadiense, por ejemplo, presenta su viaje veraniego de dos meses a Ucrania no como una forma de hacer turismo, sino como una ocasión para poner en práctica sus habilidades militares. Durante ese tiempo, Oksana Kuzyzhyn, retirada como mayor del Ejército de Canadá, instruyó al regimiento Azov.
La participación indirecta de los países occidentales en la guerra de Ucrania precede a la llegada de las tropas rusas al frente de Donbass, aunque, sin duda, ha aumentado notablemente desde entonces. En el capítulo particular de los soldados que luchan o han luchado sobre el terreno en la guerra, The New York Times afirma que “cientos de estadounidenses, muchos de ellos militares veteranos, se apresuraron para ayudar a defender Ucrania”. En este tiempo, se conoce que el flujo de extranjeros, generalmente militares -la intensidad de la guerra hace absolutamente inútil la ayuda de cualquier persona sin experiencia militar- ha continuado, primero con personas ideológicamente motivadas y posteriormente con mercenarios y soldados de fortuna. Aunque Rusia ha querido ver siempre mercenarios polacos, es probable que haya que buscar esa cantera, cuyos sueldos proceden de quienes financian al Ministerio de Defensa de Ucrania, en países más lejanos como, por ejemplo, Colombia. En el caso de soldados estadounidenses, The New York Times afirma que, “diecinueve meses después, puede que unos centenares continúen allí, como voluntarios de milicias locales o sirviendo bajo contrato con el ejército nacional ucraniano”. Una cifra lo suficientemente significativa como para comenzar a preguntarse cómo se gestiona y canaliza ese flujo de soldados extranjeros y en qué medida hay una participación de los países proveedores de Ucrania en esas estructuras.
Evidentemente, son los países de la OTAN los que se encargan de que, ya sea en territorio ucraniano o en el extranjero, las tropas sean instruidas y, como puede observarse con el inicio de la asistencia médica estadounidense en Alemania, también de tratar a sus heridos. Ambos casos suponen ejemplos de implicación a largo plazo de los países occidentales en la guerra y, sobre todo, son signo de cronificación del estado de guerra y de preparación para un conflicto extendido en el tiempo en el que las formas de asistencia a Ucrania tendrán que adaptarse a cada momento.
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