“¿Quién está ganando terreno en Ucrania?”, se pregunta esta semana The New York Times en uno de los varios artículos en los que el medio valora la contraofensiva ucraniana iniciada hace ahora cuatro meses. “Este año, nadie”, responde como punto de partida. A pesar del tono ligeramente condescendiente y el punto de vista proucraniano desde el que está planteado, el artículo ofrece una serie de mapas ilustrativos que dejan claro el fracaso, al menos momentáneo, de la principal apuesta de Ucrania y sus socios occidentales para el año 2023. En la cresta de la ola tras la debacle rusa en Járkov en septiembre de 2022 y la retirada de la ciudad de Jersón y los territorios de la margen derecha del río Dniéper semanas después y con la confianza que suponía la puesta en marcha de un suministro sin precedentes para lograr equilibrar las fuerzas en el frente, Ucrania quiso ver la posibilidad real de luchar por la costa del mar de Azov. Y aunque a medida que se acercó el momento de lanzar su anticipada ofensiva la realidad fue abriéndose paso frente al triunfalismo excesivo que había saltado de la propaganda a la mentalidad colectiva, la narrativa continuó inalterada hasta que fue evidente que la destrucción de los primeros tanques occidentales en el frente de Zaporozhie no había sido un accidente sino el inicio de una contraofensiva en la que “el valor ucraniano” no iba a poder compensar la falta, por ejemplo, de cobertura aérea, un problema tan evidente que su confirmación nunca debió suponer una sorpresa.
Un cúmulo de circunstancias, entre las que destacan los intereses occidentales y la voluntad de Ucrania de no aceptar un acuerdo que no implique la recuperación de Crimea, condenó en marzo de 2022 a la guerra rusoucraniana a entrar en las trincheras para convertirse en una guerra eterna que ya todas las partes aceptan que será larga. En su última visita a Kiev, Jens Stoltenberg ha reafirmado la voluntad de la OTAN a apoyar a Ucrania mientras sea necesario y ha exigido a los países miembros aumentar sus capacidades de producción de defensa para garantizar el suministro. Ese apoyo futuro hasta un tiempo indefinido implica unas exigencias ucranianas de munición que superan las actuales capacidades europeas de producción, el vaciado completo del stock soviético de los países que formaron parte del Pacto de Varsovia e incluso riesgo de escasez en los arsenales propios. Esto último es lo que Bulgaria ha querido mostrar con su anuncio de entrega de misiles S-300 defectuosos o decomisados, considerados un riesgo para el país, pero enviados a Ucrania con la aclaración de que Kiev dispone de la capacidad de repararlos. La fina línea entre la preocupación por la seguridad nacional y la fatiga de la guerra es difusa y puede manifestarse en las próximas horas en Eslovaquia, donde el expresidente Fico lidera el recuernto de votos y podría recuperar el poder afirmando, entre otras cosas, que el país no entregará “una bala más a Ucrania”. Eslovaquia ha hecho ya por Ucrania todo lo que podía hacer: Bratislava fue el primer gobierno que ofreció a Kiev sus aeronaves de fabricación soviética que, al contrario que la aviación occidental, no requería para Ucrania de instrucción previa y podía ser integrada en su doctrina de inmediato.
Rusia, por su parte, ha anunciado un aumento del 70% del gasto militar en sus presupuestos para el próximo año. El discurso ruso justifica ese aumento por la necesidad de librar la “guerra híbrida de Occidente contra Rusia”. El aumento del gasto se produce después de la movilización parcial de 2022, la preparación de la defensa contra la contraofensiva ucraniana y un notable aumento de la efectividad de las tropas rusas, que han integrado satisfactoriamente elementos como los drones en su doctrina y han dejado claro que el discurso de la baja preparación y moral era simple propaganda ucraniana. Aun así, también para Rusia la guerra se ha convertido en la carrera de larga duración que trató de evitar con su primer ataque sobre Kiev y la apertura de negociaciones para lograr rápidamente sus objetivos: obligar a Ucrania a comprometerse a la neutralidad y a aceptar la pérdida de Crimea y Donbass.
El aspecto territorial es el centro del artículo de The New York Times, que para tratar de restar importancia a las escasas ganancias territoriales de la ofensiva ucraniana incorpora también los avances rusos a lo largo del año. Mostrando en diferentes mapas los marginales avances de las partes en 2023, el medio explica, por separado, que “la línea del frente en Ucrania ha cambiado poco desde el último invierno”, algo que es notoriamente cierto y se debe, para empezar, a que la ofensiva ucraniana del otoño de 2022, que logró el gran éxito de Járkov, no pudo completar su misión. La precipitada y desordenada retirada de Izium y sus alrededores implicó un rápido avance ucraniano a través del Oskol que llegó a la frontera rusa, pero que amenazó también el norte de Lugansk. Si Ucrania no avanzó sobre Kremennaya y Svatovo, comprometiendo las líneas de suministro rusas en Donbass no fue por una opción táctica sino porque fue ahí donde las tropas rusas, a un elevado coste, lograron parar el avance de las ya desgastadas Fuerzas Armadas de Ucrania. Con todas las batallas detenidas, el invierno se centró únicamente en el avance sobre Artyomovsk, una zona que, por sus características urbanas, fue posible pese a las condiciones climatológicas. Sin embargo, el clima no explica completamente la paralización del resto de frentes, que quedaron en pausa fundamentalmente debido a que ya entonces había comenzado la preparación para la reanudación de primavera. Ucrania había comenzado la preparación para lo que iba a ser la batalla por el mar de Azov y Rusia trabajaba ya en las fortificaciones defensivas que actualmente están ralentizando o paralizando los avances ucranianos. Ahí radica una diferencia que The New York Times obvia a la hora de valorar los avances territoriales de las partes a lo largo de 2023.

Avances rusos en rojo; ucranianos en azul. Progresos territoriales de las partes en conflicto desde el 1 de enero de 2023.
“Rusia buscaba capturar la totalidad de Donbass, pero solo ha avanzado muy despacio”, incide sin precisar que una parte del esfuerzo ruso en la región no era ofensivo, sino defensivo y que si ha logrado realizar esos pequeños avances es precisamente porque ha conseguido detener a Ucrania en su objetivo de capturar todo el norte de Lugansk. La lentitud en los avances en Donbass no puede tampoco considerarse una novedad, ya que únicamente continúa las tendencias de 2022, cuando fue evidente que las fortificaciones en las que Ucrania trabajó durante ocho años iban a ser un enorme obstáculo para las tropas rusas. El hecho de que gran parte de la movilización y reorganización del frente se haya dedicado al frente central, el de Zaporozhie, ha dejado a Donbass como un teatro secundario en el que el peso de la batalla siempre ha quedado en manos de las desgastadas tropas republicanas a las que, durante un tiempo, se sumó al contingente de Wagner, carne de cañón de la única ofensiva existente, la de Artyomovsk.
“Ucrania ha logrado mínimas ganancias en su contraofensiva”, añade al abrir el capítulo sobre los avances ucranianos. “Los densos campos de minas rusos y las fortificaciones han hecho cada ataque algo extremadamente costoso”, añade abriendo la puerta a la especulación sobre ese coste. El nivel de bajas de las Fuerzas Armadas de Ucrania continúa siendo respetado como secreto de Estado por el que no puede preguntarse a Ucrania. Sin embargo, la generalización en medios proucranianos del discurso de las elevadas pérdidas es suficientemente significativo de unas bajas que, por la intensidad de la batalla y el daño que están haciendo, por ejemplo, los drones kamikaze, ha de ser llamativamente elevado. El periodista opositor ruso Leonid Ragozin ha descrito la actual contraofensiva ucraniana como “milímetros en el mapa a cambio del número de vidas con las que se podría llenar una ciudad”.
“Pese a nueve meses de sangrienta batalla, menos de 500 millas cuadradas de territorio han cambiado de manos desde el comienzo del año”, afirma el artículo, que en un gráfico posterior muestra 143 ganadas por Ucrania y 331 por Rusia. El bagaje es pobre especialmente teniendo en cuenta las expectativas, especialmente para Ucrania. Y es que cada mención a acciones ofensivas rusas que se ha comentado a lo largo del último año ha sido refutada por el tiempo. Puede acharcarse esa ausencia de ofensivas a carencia de potencial o, como parece sugerir The New York Times, a la táctica utilizada. “Toda la estrategia en Ucrania se basa para los rusos en dejar que los ucranianos choquen contra esas defensas, matar al máximo posible y destruir todo el equipamiento occidental posible”, afirma el medio citando a Marina Miron, experta del King’s College London, que añade también que Rusia espera al desgaste occidental. A estas alturas, todas las partes son conscientes de que la repetición del suministro en enormes cantidades que se ha producido este año va a ser imposible para gran parte de los países que han colaborado.
Frente a los datos que aporta The New York Times, tomados fundamentalmente del principal think-tank de seguimiento de la guerra, el Institute for the Study of War, no son solo los metros avanzados los que han de ser analizados sino las tendencias y qué pretendía cada una de las partes conseguir este año, especialmente este verano. La intención de Ucrania y sus socios era avanzar sobre Melitopol, no sobre Rabotino -donde Ucrania lleva semanas sufriendo bajas y pérdidas pese a presentar ese avance como estratégico- para obligar a Rusia a negociar en posición de debilidad, lo que permitiría a Kiev imponer su dictado. Los objetivos rusos, al margen de tratar de avanzar, poco a poco, en Donbass, pasaban por mantener la línea del frente y derrotar a una ofensiva ucraniana marcada por la instrucción, táctica y material de la OTAN. En este sentido, aunque es prematuro dar por hechos los resultados y al margen de las pequeñas ganancias, son los objetivos rusos los que están más cerca de cumplirse. De ahí que para la prensa sea necesario poner al mismo nivel la captura de Artyomovsk con la de Rabotino o insistir en la ausencia de ofensivas rusas y presentar cada pequeño avance ucraniano como estratégico mientras se califica de irrelevante todo progreso ruso.
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