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Armas para atacar aún más lejos

El discurso ucraniano de victoria garantizada, utilizado no solo para mantener elevada la moral y el apoyo nacional a la guerra, sino fundamentalmente para presentar el esfuerzo bélico como inversión y garantizarse así un flujo de armas y financiación hasta conseguir sus objetivos, ha sido la base de la comunicación ucraniana desde la ruptura de las negociaciones en la cumbre de Estambul, última oportunidad para llevar el conflicto entre Rusia y Ucrania a la vía diplomática. Ese ha sido también el punto de partida de ver en las armas occidentales la única necesidad objetiva para lograr ese éxito seguro que Ucrania prometía, y sigue prometiendo, a sus socios. “Rusia no tendrá nada que hacer”, afirmó Zelensky sobre la exigencia de recibir aeronaves F16, la penúltima de las muchas armas milagrosas con las que Kiev ha prometido dar a Occidente una victoria en la lucha común contra Rusia. Sin embargo, contradiciendo ese discurso, Ucrania ha buscado siempre ampliar al máximo el alcance de la guerra. La coordinación en la planificación táctica y estratégica, el suministro de inteligencia estadounidense y británica en tiempo real, el suministro constante de armamento, la financiación e instrucción y el apoyo diplomático, político y económico en grandes cantidades que recibe el país desde el 24 de febrero de 2022 nunca han sido suficientes para Ucrania, un proxy con grandes ambiciones que siempre ha buscado involucrar directamente a aquellos países que participan en la guerra de forma indirecta.

La primera fase de la guerra rusoucraniana, con el avance ruso en el sur y la defensa de Kiev, que rápidamente entró en las trincheras para dar lugar a algunas de las batallas más cruentas de esa parte del conflicto, estuvo acompañada de un lema fundamental: la exigencia ucraniana de “cerrar los cielos”. Este argumento era parte de los discursos de las autoridades ucranianas y hacía acto de presencia en las manifestaciones internacionales que se produjeron en aquellos momentos. El hecho de que desapareciera con rapidez en el momento en el que la OTAN, en realidad Estados Unidos, negó esa posibilidad indica un alto grado de coordinación entre quienes organizaban esos actos y las autoridades ucranianas. El argumento no era más que una ligeramente velada exigencia ucraniana a la OTAN de entrar en combate con Rusia. La capacidad de la guerra de hablar por medio de eufemismos hace que pueda presentarse la idea de imponer “una zona de exclusión aérea” como un argumento en defensa de la población civil de la tierra bajo esos cielos cerrados. Esa fue la lógica con la que Estados Unidos y sus aliados lograron evitar el veto ruso para la intervención que finalmente destruyó el Estado libio. La imposición de una zona de exclusión aérea implica la destrucción de las defensas aéreas, misiles y aeronaves del país en cuestión, un ataque que, en el caso de la guerra de Ucrania, habría tenido que producirse necesariamente en territorio ruso. La exigencia de Kiev era así una forma de demandar a sus socios entrar directamente en guerra con Rusia, la línea roja que Estados Unidos no pretende cruzar.

El tiempo ha  hecho que Ucrania tenga que conformarse con la participación indirecta de sus aliados, que a cambio han prometido un compromiso a largo plazo de suministro y financiación mientras sea necesario que incluye cada vez más armamento. El tiempo ha eliminado también tabúes que parecían imposibles hace un año, cuando la entrega de aviación parecía un paso hacia la guerra con Rusia o ni se pasaba por la cabeza de las autoridades occidentales la entrega de munición de racimo o proyectiles de uranio empobrecido. Ucrania está ahora más cerca de recibir todas y cada una de las armas que ha ido solicitando en su camino a convertirse, de forma prácticamente oficial, en el ejército de la OTAN contra Rusia. Sin embargo, no ha avanzado en absoluto en su intento de implicar directamente a sus aliados. Así lo muestra, para disgusto de Ucrania y lobistas asociados, que se mantenga aún una mínima comunicación entre los servicios secretos rusos y estadounidenses precisamente para mantener la guerra contenida dentro del territorio ucraniano según sus fronteras de 1991.

A pesar de esas líneas rojas que Estados Unidos ha marcado a sus socios de Kiev, a los que incluso ha exigido -al menos en el pasado- no utilizar misiles de fabricación occidental para atacar territorio ruso, Ucrania ha continuado buscando la forma con la que involucrar más activamente a sus proveedores en el día a día de la guerra. Solo esa pudo ser la lógica de la manipulación de los hechos ocurridos el año pasado en Polonia, cuando, tal y como admite ahora la Fiscalía polaca, los restos de un misil antiaéreo ucraniano impactaron en una aldea polaca causando la muerte a dos civiles. En aquel momento, y frente al criterio de Joe Biden, que con cierta rapidez confirmó que no se trataba de un incidente que pudiera activar el Artículo V de defensa colectiva de la OTAN, el presiente Zelensky insistió tozudamente en la versión del ataque deliberado ruso contra Polonia, algo que ni siquiera las autoridades polacas sugerían. Aunque con menos ahínco y consciente de no poder conseguir el resultado deseado, Kiev mencionó también la posibilidad de crear convoyes armados de la OTAN para escoltar a los buques de carga por el corredor del mar Negro tras la retirada rusa del acuerdo de exportación de grano. Como era de esperar, tampoco esta versión naval del cerrar los cielos de marzo de 2022 iba a funcionar. Los límites sobre el suministro de armas o su uso son flexibles, pero no el interés de Estados Unidos de hacer de esta guerra un conflicto que pueda llevar al estallido de una guerra aún más intensa y extensa. De ahí el interés por mantener las distancias con el frente y evitar cualquier choque que Rusia pudiera entender como un enfrentamiento directo, casus belli de una guerra que ambas partes quieren evitar.

La gravedad de la guerra y la voluntad de Ucrania de forzar los límites tanto de sus aliados como de sus enemigos puede lograr que esas líneas rojas no parezcan tan claras o se llegue a una situación en la que los equilibrios peligren. No se trata de la posibilidad de una episodio similar al del Golfo de Tonkín o una nueva crisis de los misiles del Caribe, sino del creciente peligro de enfrentamiento tanto en Rusia-Ucrania como en el exterior. Ejemplo de ello es la última ocurrencia de Kiev, que según publican esta semana los medios no solo desea ya armas para atacar en el frente y la retaguardia rusa en Crimea y en la Rusia continental sino en lugares mucho más lejanos. El motivo de ello es, sin duda, la falta de un gran éxito en su actual campaña militar.

Casi cuatro meses después del inicio de la contraofensiva que iba a otorgar definitivamente la iniciativa de la guerra a Ucrania y que se planteaba como un punto de inflexión hacia la victoria de Ucrania, los avances son mínimos y la preocupación aumenta. Pese a mantener las apariencias en público, cada vez son más las voces que muestran frustración hacia la situación de bloqueo. Ucrania, por su parte, promete éxitos futuros en caso de obtener el armamento que solicita. Sin embargo, ante la creciente certeza de que las promesas de logros futuros no van a ser suficientes para mantener el actual nivel de gasto militar -o inversión, como lo definen Ucrania y sus acérrimos defensores-, Kiev busca otras soluciones. Las imágenes de tanques y blindados destruidos o dañados en el frente ha confirmado el gran papel que en esta guerra, y especialmente en la actual ofensiva, están jugando los drones. Ucrania se ha jactado ampliamente de su capacidad de desarrollar esas armas y de utilizar drones de un precio reducido para atacar objetivos rusos. En ocasiones, esos objetivos no son los tanques o posiciones rusas en el frente sino localidades indefensas de regiones como Briansk o Belgorod, aunque esos detalles raramente trascienden en los medios.

La última exigencia de Kiev confirma lo que ha podido verse con las imágenes del frente y los resultados de la ofensiva ucraniana: los drones rusos, igualmente desarrollados a partir de tecnologías sencillas y a un coste relativamente bajo, están haciendo daño. Así que la solución propuesta por Kiev es obtener misiles de largo alcance para atacar las fábricas en Siria o en Irán donde asume que se fabrican los drones kamikaze utilizados en el frente. Ucrania propone también atacar una fábrica en territorio continental ruso donde presumiblemente se fabrica ahora la totalidad de los drones que Rusia utiliza en el frente. Lejos parece haber quedado ya el momento en el que Rusia dependía de Irán para el uso de estos pequeños drones que tanto están condicionando la lucha en ciertos frentes, especialmente el que Ucrania considera central.

La propuesta de atacar esas industrias se produjo, según ha publicado The Guardian, el pasado agosto y, como es habitual, Kiev la planteó como contrapartida, una forma de pago al descubrir que esos drones contienen también componentes occidentales. Para compensar a Ucrania por esas piezas que, pese a las sanciones, terminan en drones utilizados en el frente, Kiev exige poder atacar tres países: Rusia, Irán y Siria. Aunque no cuenta con la capacidad para hacerlo por su cuenta, las ambiciones de Ucrania no tienen fin. Tampoco parece un problema para Kiev que esos posibles ataques fueran a extender la guerra a otra región y otro continente, que pudieran poner en peligro otros equilibrios, incluido el Rusia-Estados Unidos en Siria, o que fueran a involucrar a más actores en una guerra que no deja de trabajar para hacer más grande y más peligrosa. Los drones de diseño iraní no son más que la penúltima excusa.

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