Antony Blinken, Secretario de Estado de Estados Unidos, ha visitado nuevamente Kiev para mostrar “el inquebrantable compromiso de Estados Unidos con Ucrania y su pueblo”. En realidad, ese apoyo se limita a la parte del pueblo ucraniano favorable a las autoridades de Kiev. El resto de la población, especialmente aquella que ha mostrado su rechazo a Ucrania y que incluso se ha levantado en armas para defenderse de las Fuerzas Armadas de Ucrania es simplemente ignorada para evitar admitir el conflicto civil sobre el que se sustenta la guerra rusoucraniana. Aceptar la existencia de ese conflicto implicaría también negar la unidad del pueblo ucraniano, un constructo mediático para justificar el constante flujo de armas y el rechazo a cualquier negociación. A largo plazo, admitir que las protestas de Donbass y de Crimea partían de unos agravios legítimos requeriría un compromiso político al que ni Kiev ni sus socios están dispuestos. Así lo demostraron durante siete años con el proceso de Minsk, en el que los derechos lingüísticos y culturales, además de la capacidad de comerciar con las regiones rusas fronterizas y el mantenimiento de una policía regional fue considerado una concesión inaceptable, una forma de minar la soberanía ucraniana. En el último año, esta postura se ha radicalizado aún más para negar derechos lingüísticos a la población de Crimea -dando por hecho que Ucrania recuperará el territorio- e incluso negando que exista un pueblo rusoparlante en Ucrania.
La guerra de Donbass, siempre presentada como una guerra contra Rusia, aunque Ucrania se enfrentara mayoritariamente a residentes de la zona y ciudadanos ucranianos, exacerbó ya entonces las pulsiones nacionalistas y fue utilizada como catalizador de la reorganización de un Estado antirruso y que, como pueblo, había elegido el camino occidental a la Unión Europea y a la OTAN. La invasión rusa aceleró aún más ese proceso y facilitó la legitimación nacional e internacional de eso por lo que los Vyatrovich, Parubiy o Semenyaka llevaban años trabajando. La normalización de Azov como heroica fuerza de defensa de la patria no es más que un ejemplo de ello. Pero más allá de la institucionalización de un discurso nacionalista cada vez más radical, la guerra con Rusia ha facilitado el borrado de toda esa parte de la población que, incluso ahora, no se identifica con esos postulados. En el caso de la población al otro lado del frente, la guerra contra Rusia ha pasado a significar simplemente la necesidad de su liberación, sin que eso vaya a implicar un compromiso político para buscar un acomodo que trate las reclamaciones políticas de las que nacieron la adhesión de Crimea a Rusia y las protestas de Donbass. Eliminado de un plumazo el conflicto interno y rechazada toda opción de compromiso con la población y garantías básicas como la seguridad y los derechos civiles y políticos -por no hablar de los lingüísticos y culturales-, la única opción aceptable para Ucrania es la de la victoria total.
La situación económica, política y militar hace a Ucrania un país crecientemente dependiente de sus socios y aliados extranjeros, cuya asistencia -deudas del futuro- permite que el país siga manteniendo cierta ficción de funcionamiento, por ejemplo, con el pago de salarios y pensiones y el tránsito de trenes. Esa financiación, sumada al constante flujo de armamento, hace también posible que las Fuerzas Armadas de Ucrania puedan seguir luchando con ciertas garantías. La retirada o disminución de esa asistencia no detendría completamente a las tropas ucranianas, que con toda probabilidad seguirían luchando durante un tiempo, pero las condenaría a la derrota. En las actuales condiciones, Ucrania no es solo un país que actúa como proxy de sus socios, fundamentalmente de Estados Unidos y el Reino Unido, sino prácticamente como colonia que precisa del favor de sus proveedores para continuar manteniendo la viabilidad del Estado.
Los últimos meses, y especialmente las últimas semanas, han mostrado momentos en los que los intereses de Ucrania y los de sus socios y proveedores no han coincidido, algo imprescindible para garantizar la continuación de esta relación jerárquica en la que Occidente solo va a seguir manteniendo al país mientras vea sus intereses cumplidos. La actual ofensiva está ofreciendo ejemplos de ese choque. Es el caso de la táctica elegida para romper el frente de Zaporozhie en dirección a Melitopol. Como han denunciado incluso comandantes ucranianos, Estados Unidos ha enviado a las tropas ucranianas a un campo abierto profundamente minado, avanzando en columnas blindadas a la vista de la potente artillería rusa sin la cobertura aérea neceasaria. El resultado no ha sido solo la destrucción de los tan enaltecidos Leopards o incluso un primer Challenger británico -la primera pérdida de este tipo de tanque en combate desde que se pusiera en circulación en 1994- sino una cantidad de bajas tan elevada que Ucrania optó por modificar la táctica para buscar otro tipo de avances que no fueran tan dañinos para sus tropas. Sin embargo, Estados Unidos ha vuelto a exigir el retorno a la táctica original, reprochando a Ucrania el temor a sufrir grandes bajas. Sin embargo, estos desacuerdos son tácticos y no estratégicos, por lo que de ninguna manera peligra la colaboración entre quienes financian la guerra y quienes ponen la sangre. Es más, la aceptación por parte de Zaluzhny de la táctica británico-estadounidense confirma la relación de subordinación entre Kiev, Londres y Washington.
En su reciente visita, además de un acto de relaciones públicas en un McDonald’s de la ciudad, el Secretario de Estado Blinken afirmó nuevamente que el apoyo estadounidense continuará “mientras sea necesario”, un compromiso a largo plazo que un líder político cuyo presidente se enfrenta en un año a la lucha por la reelección no puede prometer. Sin embargo, parte de la labor de Antony Blinken es precisamente garantizar que, sea quien sea el titular de la Casa Blanca, haya en el Congreso y Senado de Estados Unidos una mayoría favorable a continuar un conflicto contra Rusia que toma ya visos de guerra eterna.
Pese a los avances alentadores que Blinken ha resaltado recientemente, por el momento, la contraofensiva ucraniana no ha cumplido con las expectativas que el Gobierno de Kiev y sus aliados habían creado para este verano. Septiembre será un mes clave para observar cuál es la situación del frente al final de la temporada climatológicamente favorable, algo que cambiará con la llegada de las lluvias, dificultando las grandes operaciones en campo abierto. Ucrania se aferra a la idea de haber logrado hacer un agujero en la primera línea de defensa rusa en Rabotino (480 habitantes según el último censo), localidad que la propaganda ha convertido en clave y donde Ucrania, que aún no tiene el control efectivo, sigue sufriendo pérdidas. A pesar de esos pequeños avances y las bajas que estén causando en las tropas rusas -una cifra muy reducida a juzgar por los datos de agosto publicados por Mediazona, que junto a la BBC realiza un seguimiento de la prensa local del país en busca de obituarios de soldados rusos-, el frente no se ha derrumbado y la defensa se mantiene estable y actuando con una mucho mayor solvencia que hace un año.
Cada vez son más los artículos publicados en los grandes medios que dan por hecho que Ucrania y sus socios no lograrán su maximalistas objetivos de capturar Melitopol y avanzar hacia las costas del mar de Azov, poniendo así en peligro el control ruso sobre Crimea. La proliferación de material crítico con Ucrania y con la contraofensiva han indignado a personas como David Petraeus y Frederick Kagan, ejemplos del neoconservadurismo Republicano, que en un artículo publicado en The Washington Post han denunciado el “excesivo pesimismo” de los medios. Sin embargo, hay quienes han comenzado ya a ofrecer soluciones. Atrás han quedado las sugerencias sobre los cambios de táctica que podrían mejorar los resultados de las operaciones en marcha, los reproches sobre la reticencia ucraniana a aceptar bajas masivas o la acusación más grave, la de seguir dependiendo de la forma de hacer la guerra del ejército soviético. Ahora, el objetivo es preparar futuras ofensivas.
En marzo de 2022, con el rechazo de Ucrania y sus socios a un acuerdo según el cual Rusia ofrecía la retirada de todos los territorios ucranianos a excepción de Crimea y Donbass, se rompieron definitivamente las negociaciones, haciendo de la guerra la única vía de resolución del conflicto, con todo lo que eso implica. Esa ruptura polarizó aún más la situación y las exigencias no han hecho más que aumentar. Ucrania no exige ya volver a las fronteras del 23 de febrero de 2022 sino a las de 1991, mientras que Rusia espera poder mantener el control de todos los territorios actualmente bajo su control y solo aspira a avanzar en la región de Donbass. De esta forma, para Rusia, que desde hace un año ha dejado claro que su posición es defensiva, mantener el frente en su composición actual sería ya una victoria, mientras que para Ucrania sería un fracaso que debería compensar en futuras ocasiones.
Es ahí donde incide un artículo publicado recientemente por Financial Times, que admite que la victoria es imposible en estos momentos, pero que presenta como prácticamente inevitable para 2024 o 2025. El planteamiento es sencillo y parte de la falacia de que Ucrania libra una lucha por la supervivencia de su pueblo, por lo que su victoria completa es imprescindible. “La actual contraofensiva no va a expulsar a Rusia, aunque no es que nadie lo esperara. Es probable que tampoco corte en dos la ocupación antes del invierno, algo que podría ser uno de los objetivos más optimistas. Sin embargo, ha mostrado cómo se puede derrotar al ejército ruso. No en 2023, sino en 2024 o 2025. De ahí la frase de los aliados occidentales de apoyar a Kiev tanto tiempo como sea necesario”, escribe Richard Barrons, exgeneral del ejército británico y excomandante del Comando de Fuerzas Conjuntas.
El plan de Barrons consta de cinco puntos: no presionar a Kiev para lograr grandes éxitos mientras no tenga los medios para ello; mantener la presión en el territorio bajo control ruso en invierno; debilitar el control ruso en los territorios más allá de 2024; “neutralizar” la flota del mar Negro y aumentar la capacidad de defensa para suministrar a Ucrania las cantidades de armamento que precisa. Varios de esos puntos, especialmente la destrucción de la flota del mar Negro, la producción industrial y el suministro de armas dependen directamente de los aliados occidentales de Ucrania, de los que se exige dos años más de producción militar a gran escala y enormes flujos de financiación para Kiev, algo difícilmente sostenible para los países europeos. El mensaje es coherente con lo planteado por el senador Bluementhal, que hace unos días argumentaba en un artículo de opinión que la guerra contra Rusia está saliendo barata para Estados Unidos.
La experiencia de la actual contraofensiva no muestra, como alega Barrons, que Rusia puede ser derrotada, aunque sí ha dejado muchos aspectos de interés: la curva de aprendizaje que supone la guerra para ambos bandos, la creciente importancia de los drones como arma y como herramienta de coordinación y la dificultad que están sufriendo los tanques, también los occidentales en la guerra moderna. Eliminados como arma milagrosa los Leopard y los Challengers y aún a la espera de los Abrams, que contarán con munición de uranio empobrecido para hacer el mayor daño posible, la esperanza de Barrons es la aviación. De ahí que, pese a mencionar 2024, su objetivo sea realmente 2025, dando el tiempo suficiente a los pilotos ucranianos para aprender inglés y realizar las labores de instrucción en el manejo de F16 u otros modelos occidentales. El planteamiento comete el mismo error en el que cayeron los planificadores de Kiev cuando confiaron en que los tanques occidentales supondrían un cambio cualitativo: la capacidad de adaptación de las tropas rusas, que a lo largo de este año han demostrado la importancia del aprendizaje que supone el combate.
Barrons, que no está solo en este planteamiento, propone dos años más de sufrimiento y guerra para la población civil y al menos dos grandes campañas más de muerte y destrucción además de una presión constante contra Rusia en los territorios bajo su control. En la práctica, esto supone el mantenimiento de bombardeos de infraestructuras pero también de posiciones civiles -como ocurre a diario en la ciudad de Donetsk-, la continuación de la política de asesinatos selectivos de la que ahora se jacta Ucrania y la guerra de drones que causa daños a diario. Todo ello a costa de la población civil, víctimas colaterales en nombre de las que se lucha una guerra eterna pero cuyo bienestar no importa en absoluto, y bajo el planteamiento de que “si la moral del Ejército Rojo ya es pobre, hay que hacerla más pobre”. Con sus vistas desde el gran hotel abismo, los solados de la Guerra Fría buscan librar una lucha contra su histórico enemigo ruso -tan histórico que el Ejército Rojo desapareció para convertirse en Ejército Soviético después de la Segunda Guerra Mundial- hasta el último ucraniano. De momento, eso sí, la moral del Ejército Rojo parece no ser todo lo pobre que Ucrania y sus socios desearían.
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