El 9 de agosto, la prensa recogía las declaraciones de la representante de Ucrania para Crimea, que afirmó haber constatado que los ocupantes rusos abandonan progresivamente la península y se congratuló por ello, ya que, en ese caso, Kiev tendría que animar cortésmente a marcharse a un menor número de personas. Necesitada de buenas noticias, Ucrania utilizó este éxodo de población ficticio ante su incapacidad de avanzar militarmente hacia la deseada península. Tan deseada que Kirilo Budanov afirmó en 2022 que sus tropas de la inteligencia militar -un conjunto de soldados formado, en parte, con efectivos de batallones de extrema derecha como Bratsvo o Azov y los partisanos rusos de extrema derecha utilizados para las redadas transfronterizas- llegarían a Crimea antes de finalizar la primavera de 2023. La ausencia de avances y las escasas posibilidades que incluso sus aliados dan a Ucrania de recuperar Crimea hace necesario el uso de buenas noticias imaginarias o vagas promesas de futuro. En ocasiones, se puede incluso reutilizar esas buenas noticias.
Pese a que su esperada contraofensiva no ha logrado romper el frente de Zaporozhie, imprescindible si aspira a acercarse a Crimea, Ucrania continúa utilizando un discurso en el que intenta dar como inevitable su llegada para liberar la península a la que dejó sin agua para arruinar su economía y presionar así a Rusia. Ucrania ha cifrado el número de personas a las que ha calificado de ocupantes entre 500.000 y 800.000 personas que, según su imaginario, habrían ocupado Crimea en los últimos nueve años. A partir de esas cifras inventadas y propagandísticas, Kiev deja claro -y lo hace repetida y constantemente en boca de diferentes oficiales de distintas instituciones del Estado- que desea recuperar el territorio para iniciar, de forma inmediata, lo que sería considerado una limpieza étnica en caso de que fuera realizado en la dirección opuesta. Sin que se haya producido ningún intento de crítica a unos planes que claramente buscan eliminar de la península a la población que en el año 2014 eligió pertenecer a Rusia y no a Ucrania, Kiev ni siquiera ha de esconder sus intenciones de deportar a una parte importante de la población de este territorio que aspira a liberar.
Hace un año, tras uno de los primeros ataques de drones ucranianos en Crimea, Maksym Zhoryn, segundo comandante del regimiento Azov y en ese momento el encargado de recomponer al grupo tras la derrota de Mariupol, utilizó un argumento similar. En un proceso que comenzó en 2014, la narrativa oficial ha ido gradualmente adoptando prácticamente todos los preceptos de la extrema derecha nacionalista. Con una imagen de turistas regresando a casa después de finalizar sus vacaciones, el miembro del Corpus Nacional anunciaba al país que los ocupantes se “autodeportaban”. Una temporada de verano después, Ucrania recupera ese argumento ante las dificultades para presentar a su población las noticias que se les habían prometido. Luego del inicio de la contraofensiva ucraniana, cuando Kiev parecía aspirar aún a una ruptura rápida del frente, Kiev elevaba su nivel de guerra psicológica y afirmaba que las autoridades rusas de Crimea se planteaban la evacuación, dando a entender que Rusia se encontraba al borde de dar por perdida la península. Como ocurre con cada declaración de las autoridades ucranianas, el mensaje fue publicado en la prensa, dando credibilidad a la burda desinformación de Kiev.
Uno de los principales protagonistas de la guerra informativa de Kiev es Kirilo Budanov, que tras mantenerse alejado de la prensa durante semanas para posteriormente pasar a un segundo plano con una mucho menor presencia pública, el director de la inteligencia militar de Ucrania, ha insistido estos días en la cuestión de Crimea. Al igual que su patrón estadounidense, Ucrania trata de utilizar todos los medios a su alcance para crear nerviosismo, o a poder ser caos, en la población. “Veréis más en unos días”, afirmó Budanov en referencia a los ataques contra la península, generalmente realizados por medio de drones contra bases militares o infraestructuras civiles o drones navales contra la flota del mar Negro o el puente de Kerch. Pese a que el anuncio de Budanov solo presagia más actos similares, el director del GRU intenta siempre enmarcar sus amenazas en la épica lucha ucraniana por liberar a la población de la malvada Rusia. Existen aquellos que “tienen mucho miedo”, admitió Budanov -posiblemente en referencia a la población que Ucrania aspira a expulsar o a reeducar eliminando su cultura-, pero también, “mucha gente que está esperando”.
Desde la adhesión de Crimea en 2014, no ha existido en la península un solo movimiento proucraniano significativo e incluso aquellos los líderes tártaros, que han continuado su actividad política en Kiev, disfrutan de un más que cuestionable favor de la población. Sin embargo, la nacionalidad ucraniana de origen de la población y el deseo del retorno de Ucrania existente únicamente en las mentes de los creadores del discurso ucraniano, son la base de la actual narrativa, una mezcla de realismo mágico, cuya audiencia no está en las ciudades de Crimea sino en las de Ucrania, y la ficción de los guiones de la productora de la que procede una parte importante del círculo de Zelensky. Aun así, o precisamente por ello, Budanov afirmaba ayer que “tenemos que darles confianza en que la esperanza no es en vano. Es por eso por lo que simplemente debemos destruir a los ocupantes en nuestra Crimea”.
Esa Crimea a la que se refiere Budanov difiere notablemente de la realidad, especialmente en lo que respecta a la población, que no rechazó a las autoridades rusas en 2014 y tampoco lo ha hecho desde que Ucrania comenzara a asediar sus ciudades con drones. Pese al discurso, Kiev siempre ha sido consciente de que no puede competir con Rusia en Crimea. De ahí que incluso el Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, entonces dirigido por los sectores más nacionalistas, optara por la retirada en lugar de tratar de presentar batalla, ya fuera militar o política, contra Rusia en los días que dieron lugar al retorno de Crimea a Rusia. Ucrania jamás ha intentado ganarse los corazones de la población de Crimea, sino todo lo contrario. Durante los años de guerra en Donbass, le ofreció el castigo colectivo del bloqueo y los intentos de causar apagones generalizados y desde 2022, le ofrece simplemente llevar la guerra hasta sus puertas para posteriormente filtrar a la población y expulsar a la indeseada y reeducar a la considerada autóctona, pero desleal.
Ayer, Oleksiy Danilov, que hace unos meses publicó su plan de desocupación de la península, que incluía postulados de negación de derechos a la población considerada indeseable, insistió nuevamente en la opción militar, que correctamente considera la única vía por la que Ucrania podría recuperar el territorio. En el comentario queda implícito que incluso Kiev comprende que no va a haber una rebelión proucraniana en la península. Esa ausencia de movimientos porucranianos es algo que Kiev no puede explicar sin admitir el apoyo popular a Rusia, por lo que pasa de puntillas por ese detalle y se cierra en banda en la necesidad de mantener la guerra hasta liberar el territorio. “Crimea es parte de nuestro territorio y debemos liberarla”, afirmó Danilov, que añadió que no recuperar Crimea supondría mantener la guerra para generaciones futuras. Aunque el presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional enmarca su discurso en la necesidad de garantías de seguridad para Ucrania, en realidad, su comentario es solo la amenaza de mantener activa la guerra mientras Ucrania no logre su objetivo. En esas intenciones, Ucrania depende directamente de sus socios, ya que carece del armamento necesario para asaltar frontalmente esta región. Es más, atacar Crimea y liberar a una población en contra de su voluntad es uno de los motivos principales por los que Ucrania exige a sus aliados misiles de largo alcance. Ni Kiev ni Washington consideran que debe ser un factor a tener en cuenta la opinión de la población, a la que se ofrece como promesa la guerra eterna hasta que Ucrania esté en disposición de forzar su sumisión.
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