“La comunidad de inteligencia de Estados Unidos constata que la contraofensiva de Ucrania no conseguirá alcanzar la ciudad clave de Melitopol”, afirmaba ayer un artículo publicado por The Washington Post que valora duramente el desarrollo de los acontecimientos en el frente en los más de dos meses transcurridos desde la reanudación de las hostilidades activas en el frente de Zaporozhie. El medio, uno de los más favorables a Ucrania incluso antes de la invasión rusa, cuando sus editoriales pregonaban que los acuerdos de Minsk no eran la solución al conflicto entre Rusia y Ucrania, admite que las tropas de Kiev no luchan, como esperaban, por Melitopol sino por Rabotino, una localidad ya completamente arrasada y por la que se combate desde la primera semana de junio. Los medios rusos especulaban ayer que Kiev intenta acelerar su captura para presentar como éxito el 24 de agosto, Día de la Independencia. Sea esa la intención o no, más de dos meses de lucha por una localidad de menos de quinientos habitantes según el último censo no es el resultado esperado por Ucrania, sus proveedores ni la prensa que ha reflejado el discurso de éxito seguro presentado por el Gobierno de Kiev sin poner en duda ninguno de sus aspectos.
El protagonismo alcanzado por Rabotino, como otras localidades menores situadas en la línea del frente y por las que Ucrania no esperaba tener que luchar al prever una ruptura rápida del frente, es representativo del desarrollo de la contraofensiva, de la que The Washington Post afirma que, de confirmarse las actuales previsiones, la campaña de verano “no cumplirá su principal objetivo de cortar el corredor de tierra ruso a Crimea”.
Ucrania nunca ha escondido que la península del mar Negro es su principal objetivo, ya que, como territorio más importante para Rusia, una derrota en Crimea equivaldría a la derrota completa rusa que Kiev exige. De ahí que siempre estuviera claro que Melitopol sería su objetivo en la gran ofensiva terrestre, que no contó con la mejora de las tácticas rusas, el factor de la superioridad aérea, el cambio cualitativo del uso de drones kamikaze o incluso la dificultad para sobrepasar los campos de minas rusos en el campo abierto del frente central de esta guerra. Al contrario que el puñado de localidades capturadas -éxitos celebrados con escasa épica mediática incluso entre los medios más proucranianos-, la captura de Melitopol sí supondría una pérdida dramática para Rusia, que ha hecho de la ciudad su capital de Zaporozhie. Considerada clave de Crimea, Melitopol -ciudad natal de Dmitro Dontsov, uno de los ideólogos del nacionalismo ucraniano- es un importante nudo de comunicaciones del que Rusia no puede permitirse prescindir, ya que no solo es parte integral del corredor terrestre a Crimea sino que comunica los territorios de Jersón, Zaporozhie, Crimea y Donbass.
Rusia tampoco ha escondido que comenzó a preparar la defensa del frente de Zaporozhie el pasado otoño, cuando bajo el mando del general Surovikin, se optó por renunciar a luchar por Jersón, perder los territorios de la margen derecha del Dniéper y comenzar a preparar una defensa escalonada en el frente en el que Moscú era consciente de que iba a ser atacada. Esa preparación y la importancia existencial que Rusia ha otorgado a Crimea hacía imprevisible que se cumplieron las expectativas de Kiev. Como admite The Washington Post, “Ucrania inició la contraofensiva a principios de junio con la esperanza de replicar sus brillantes éxitos de avance en la región de Járkov el otoño pasado”. Por aquel entonces, cuando comenzaba a hablarse de la preparación de la actual ofensiva, entonces planificada para primavera, pero retrasada varios meses a la espera de recibir el material que iba a hacer a Ucrania invencible, fuentes del Pentágono filtraban ya a medios como Político que el planteamiento de Kiev y sus socios de recuperar Crimea tenía escasas posibilidades de éxito.
Ahora, sin embargo, los medios parecen molestos al verse obligados a mencionar en sus reportajes del frente localidades menores cuya existencia desconocían, deseosos de alcanzar Melitopol, la ciudad más importante de los territorios del sur en manos rusas. Sin embargo, no hay que olvidar tampoco que, como comentaba ayer la activista Almut Rochowanski, “antes de 2022, todos los programas de ayuda (aquellos vinculados al conflicto, a los desplazados internos, desarrollo, derechos humanos, violencia contra las mujeres, etc.) hacían un gran rodeo alrededor de la ciudad. Era demasiado remota, poco importante, poco estratégica, poco interesante”. Ahora, Melitopol se ha convertido en el objetivo deseado, ni siquiera como destino final, sino como final del principio, es decir, como puerta hacia los objetivos reales de Sebastopol, Simferópol o Yalta.
Ese sueño se ha visto rechazado por lo que The Washington Post califica de “brutal eficiencia en la defensa del territorio ocupado por medio de una serie de campos de minas y trincheras”, nada nuevo para quienes hayan seguido el proceso de creación de esa línea de defensa que no solo era previsible, sino que era conocida. Dentro de lo que permite la censura militar -existente en ambos bandos, no hay más que recordar que nadie ha osado exigir a Ucrania una cifra aproximada de bajas-, los periodistas rusos han mostrado desde el pasado otoño el trabajo de construcción de fortificaciones. El desprecio por la prensa rusa y la calificación de plantillas enteras de medios de comunicación como propagandistas y difusores del mensaje del Kremlin ha conseguido que, pese a la posibilidad de disponer de información procedente de ambos bandos, esta guerra esté siendo retransmitida como si un telón de acero separara los espacios informativos. Tanto es así que los medios occidentales parecen haber interiorizado la propaganda y se han sorprendido incluso por la capacidad rusa de cavar trincheras.
“En la primera semana de batalla”, se lamenta The Washington Post, “Ucrania incurrió en grandes bajas frente a las bien preparadas defensas rusas a pesar de disponer de una amplia gama de equipamiento occidental recién recibido, incluyendo vehículos Bradley estadounidenses, tanques Leopard-2 de fabricación alemana y vehículos especializados en desminado”. Citando a un soldado ucraniano cuyo nombre se oculta para evitar represalias, el medio estadounidense ABC incide en esta línea calificando la ofensiva de desorganizada. “Perdimos tres Leopards en un día porque les dijeron simplemente que avanzaran hacia un campo de minas”, afirma el soldado, que insiste también en la baja calidad del entrenamiento recibido por las tropas, algo que hasta hace poco tiempo, era un argumento utilizado únicamente contra Rusia. Era Moscú quien enviaba a sus jóvenes a morir en el campo de batalla, sin armamento, sin preparación y con la moral por los suelos. Todos esos argumentos están siendo repetidos ahora mismo en medios ucranianos y occidentales, muchos de los cuales siguen defendiendo la opción militar como única vía para la resolución del conflicto. En ese contexto, las bajas ucranianas no son un motivo para rebajar expectativas ni buscar una opción más realista que la victoria completa sobre Rusia, sino una razón más para elevar la apuesta.
Citando a oficiales estadounidenses y occidentales, The Washington Post afirma que “las maniobras conjuntas realizadas por las tropas estadounidenses, británicas y ucranianas anticipaban esas bajas y preveían la aceptación de Kiev de esas bajas como coste de romper a través de la línea de defensa rusa”. En la guerra subsidiaria, el Estado proxy ha de entender las enormes bajas entre sus tropas como daños colaterales sin mayor importancia. De ahí los reproches al cambio de táctica de Ucrania precisamente para limitar las bajas de personal y pérdidas de material. “Pero Ucrania”, se sorprende The Washington Post, eligió reducir las bajas en el campo de batalla y cambiar a una táctica de basarse en unidades más pequeñas para empujar a lo largo de diferentes zonas del frente”, forma con la que, como admite el medio, ha logrado los escasos avances que ha conseguido en estas diez semanas de ofensiva aparentemente decepcionante para sus proveedores y los medios que la habían jaleado de forma prematura. La preocupación por el rechazo ucraniano a sufrir unas bajas insostenibles se extiende a The New York Times, que ayer estimaba las bajas de la guerra en 500.000 entre muertos y heridos. “Los oficiales estadounidenses afirman que temen que Ucrania se haya convertido en adversa a las bajas”.
Estados Unidos “nunca habría intentado derrotar a una defensa preparada sin contar con superioridad aérea, pero ellos [los ucranianos] no tiene superioridad aérea”, ha afirmado el teniente coronel retirado del ejército estadounidense John Nagl en declaraciones recogidas por The Wall Street Journal. Se trata de un argumento evidente para el que no es preciso contar con gran experiencia militar, algo con lo que Rusia contó desde el primer momento, especialmente teniendo en cuenta las prisas con las que Ucrania y sus socios querían preparar una ofensiva para primavera, con lo que existía ya la certeza de que Kiev no contaría con aviación occidental. El tiempo necesario para instruir a los pilotos en el uso de aparatos como los F-16 hacía inviable su llegada a Ucrania antes del verano como parecía exigir Oleksiy Reznikov.
Aceptado ya que la actual ofensiva no conseguirá todos sus objetivos, Estados Unidos parece haberse lanzado a la preparación de la siguiente. Varios medios han publicado información sobre la preparación de la campaña de 2024, países europeos como Polonia han aumentado su producción de munición y Biden ha solicitado al Congreso financiación adicional para la defensa de Ucrania. A ello hay que sumar el anuncio realizado ayer por Estados Unidos, que dio luz verde a los países europeos para iniciar la instrucción de pilotos ucranianos. Los F-16 comenzarán a llegar una vez que se complete ese entrenamiento, que dura varios meses y para el que gran parte de los pilotos ucranianos seleccionados tendrán primero que estudiar la lengua inglesa. Las dificultades ucranianas en el frente no están dando lugar a una apertura de la vía diplomática, sino a la repetición de lo ocurrido en los últimos diez meses, con la preparación de la futura ofensiva de Ucrania, en la que los Leopard habrán dejado de ser el arma milagrosa para ser sustituidos por los F-16.
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