En una demostración más de que la realidad no existe hasta que la información proceda de una fuente ucraniana u occidental, ayer, pasado el mediodía, AFP afirmaba en Twitter que “El ataque contra un buque ruso en una base del mar Negro ha sido «un éxito»: fuente de la seguridad ucraniana a AFP”. Esa noticia de última hora se producía varias horas después de que las imágenes del buque Olenegorsky Gornyak siendo remolcado hacia la base naval de Novorossisk comenzaran a circular ampliamente por las redes sociales y medios rusos. Sin embargo, siguiendo la línea habitual de considerar el espacio informativo ruso como un planeta lejano en el que no puede encontrarse más que propaganda, los medios esperaron a contar con una fuente de la inteligencia ucraniana que se jactara de un ataque que ha sido visible y que Rusia no ha tratado de ocultar. Es más, desde primera hora de la mañana, el ataque con drones marítimos tanto en Crimea como en Novorossisk era ya la principal noticia que circulaba por medios y perfiles de redes sociales en la Federación Rusa. El parte de guerra de primera hora mencionaba ataques en esas dos regiones y Rusia se jactaba de la destrucción de una docena de drones que pretendían atacar Crimea. En esas horas comenzaba a distribuirse por la prensa la imagen de uno de esos drones siendo destruido. El Ministerio de Defensa no mencionaba lo ocurrido al Olenegorsky Gornyak, pero las imágenes publicadas eran suficientes para confirmar el éxito del ataque. El buque fue remolcado y, según han afirmado las autoridades rusas, no sufre daños irreversibles.
Es evidente que el ataque no es un golpe estratégico a Rusia y que su importancia es mayor en el frente informativo que en el militar. También resulta obvio que la marina es más vulnerable a ataques que las bases militares terrestres o las trincheras del frente y que un único proyectil es capaz de dañar a un buque lo suficiente como para que tenga que ser remolcado a su base o corra el riesgo de perderse en las profundidades del mar. Sin embargo, es significativo que Ucrania haya logrado atacar a la flota rusa del mar Negro, no en Crimea, mejor defendida ante la certeza de que es el objetivo principal de Kiev, sino en Novorossisk. Situada en la de la costa del mar Negro, en la Rusia continental, la ciudad cuenta con una amplia tradición naval y no es casualidad que uno de sus grandes monumentos, una gran estatua de un soldado arrodillado mirando al mar, presida un memorial a los marineros. Pero, ante todo, Novorossisk se encuentra en la retaguardia, lejos del frente y, hasta ahora, lejos de la guerra, al menos para la población. El creciente peligro para la flota en Crimea había hecho a Rusia protegerse trasladando una parte de sus fuerzas a la base de Novorossisk, donde ahora la seguridad tampoco está garantizada.
Los analistas rusos apuntan a una venganza ucraniana a raíz de los ataques que ha realizado durante las últimas semanas la Federación Rusa, que ha atacado tanto los puertos marítimos de las regiones de Odessa y Nikolaev como los fluviales en la orilla del Danubio y, por lo tanto, a escasos metros de Rumanía, país miembro de la OTAN. El final del acuerdo de exportación de grano ha supuesto para Rusia el relanzamiento de la campaña que le acusa de hacer del hambre un arma, pero también un fuerte aumento del peligro en el mar Negro. Perdido el control del tránsito naval que garantizaba el acuerdo mediado por Turquía, era evidente que Rusia se veía abocada a atacar las infraestructuras navales ucranianas precisamente para intentar minimizar el riesgo que la nueva situación suponía para su flota. El creciente uso de drones para los constantes ataques muestra que esos ataques rusos no están logrando el objetivo de minimizar el peligro sino todo lo contrario.
Hace tiempo que Ucrania perdió el grueso de su marina, en decadencia desde la independencia pese a la tradición de los astilleros de Nikolaev, pero no la capacidad de hacer daño a Rusia en el mar. Así lo probó con el exitoso ataque contra el buque Moscva, uno de los referentes de la flota del mar Negro, que se hundió con parte de su tripulación tras un ataque ucraniano en las primeras semanas de la guerra rusoucraniana. Lo ocurrido las últimas semanas, con el ataque al puente de Crimea, varios ataques fallidos en Sebastopol y el ataque de ayer muestran también que Ucrania ha utilizado el año en el que ha estado en vigor el acuerdo de exportación de grano, que ha limitado el papel del mar Negro como teatro bélico, para reforzarse y obtener de sus socios armas con las que conseguir éxitos tácticos. Los drones no requieren de grandes infraestructuras portuarias, detectarlos es más complicado que avistar un buque y son capaces de ofrecer a Ucrania victorias mediáticas con las que compensar las dificultades que está sufriendo en el frente terrestre.
El ataque no solo da a Kiev una victoria informativa de la que jactarse -y quizá emitir un sello, tal y como Ucrania acostumbra a hacer en casos que considera lo suficientemente mediáticos-, sino reafirmarse ante la población de su intención de cumplir con su palabra. Tras su ruptura del acuerdo de exportación de grano, Rusia declaró el mar Negro como zona de peligro y, en una declaración que pretendía disuadir a terceros países de arriesgarse a navegar hacia los puertos ucranianos, afirmó que cualquier buque que transitara por la zona sería considerado potencial portador de armas. Horas después, Ucrania respondió con una amenaza similar: todo buque que navegara desde o hacia cualquier puerto ruso del mar Negro sería considerado objetivo legítimo. Los más radicales oficiales del Gobierno de Ucrania, como Mijailo Podolyak u Oleksiy Danilov ni siquiera diferenciaron entre buques de carga o de pasajeros. En su amenaza, Kiev no distinguía tampoco entre los puertos de zonas disputadas como Crimea o los puertos del mar Negro en la Rusia continental. Con el ataque de ayer, Ucrania puede jactarse ante su población y ante sus socios de haber cumplido su palabra. El sábado por la mañana, Ucrania cumplía también con su promesa de atacar buques no militares: drones marítimos impactaban contra un carguero que regresaba de transportar productos petrolíferos en Siria.
Horas antes del ataque del viernes, que no será el último sino que posiblemente sea una constante a partir de ahora, el presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, Oleksiy Danilov, había afirmado que Ucrania busca negar la invencibilidad de aquellos lugares que Rusia había considerado infranqueables. Danilov se refería fundamentalmente al puente de Kerch. Al contrario que en el primer ataque, en la que Ucrania atacó el puente condenando a muerte al conductor de un camión bomba y que ha tardado meses en admitir haber cometido, en esta ocasión Kiev ha reivindicado rápidamente los hechos. Las palabras de Danilov no solo se refieren al puente que une la Rusia continental con Crimea ni al mar Negro, sino que se extienden a todos aquellos lugares en territorio ruso que se encuentren al alcance de las armas ucranianas. Para ello, especialmente para lograr algo más que victorias mediáticas, Ucrania depende del suministro de armas de sus socios, fundamentalmente del Reino Unido y Estados Unidos, países a los que Kiev exige misiles de largo alcance que solo serían determinantes con el objetivo de atacar territorio ruso.
La respuesta al ataque de ayer muestra las ambiciones de los oficiales políticos ucranianos, que va más allá de los resultados de la guerra. “Los drones están cambiando las reglas del juego, devolviendo las aguas a la jurisdicción internacional y finalmente destruyendo el valor de la flota rusa. De hecho, están devolviendo a todo el mundo al derecho internacional del mar…Así que se pondrá fin a la presencia de la flota rusa en el mar Negro, y con ello el tradicional chantaje de Moscú. Ucrania garantizará la libertad y seguridad en el mar Negro para el comercio mundial”, escribió Mijailo Podolyak, dejando clara la aspiración a destruir toda la flota del mar Negro, una escalada notable en las amenazas ucranianas coherente con el objetivo que, en su arrogancia, se ha marcado Kiev. Ucrania no solo busca ganar la guerra y recuperar sus fronteras de 1991, sino destruir a Rusia, un objetivo que, pese a su falta de realismo, puede plantearse únicamente por la protección y apoyo incondicional de sus socios occidentales, que generosamente continúan financiando una guerra cada vez más peligrosa.
En este contexto de constante escalada verbal y militar, cualquier posibilidad de una salida diplomática a corto o medio plazo queda completamente descartada, especialmente cuando una de las partes actúa con la arrogancia de quien, pese a no lograr capturar las aldeas abandonadas de la primera línea del frente, se cree con la superioridad moral de juzgar al otro. “Yo los trato con calma, pero ellos son asiáticos”, afirmó ayer Danilov sobre la población rusa. “Tienen una cultura, una visión completamente diferente. Nuestra principal diferencia con ellos es la humanidad”, sentenció quien es la tercera autoridad de un país que durante siete años rechazó repetidamente reanudar el pago de pensiones a la población más vulnerable de la guerra.

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