Ayer, basándose en las declaraciones de oficiales estadounidenses más que en la observación de la dinámica en el frente, The New York Times anunciaba que “el principal empujón de la contraofensiva podría haber comenzado”. “Tras reservar a muchas de las unidades entrenadas y armadas por Occidente, Ucrania está ahora introduciéndolas, afirman los oficiales, pero aún está por ver si se está produciendo un asalto masivo”, continúa el medio, que se prefiere basar su información en las filtraciones interesadas de miembros del Gobierno estadounidense en lugar de en el análisis del desarrollo de los acontecimientos en los últimos días, especialmente desde el segundo intento de dañar el puente de Crimea. Aunque el aumento de la actividad militar era patente ya en días anteriores -en aquel momento se especulaba con la idea de que Ucrania trataba de lograr algún éxito militar que presentar a sus aliados y proveedores en la cumbre de la OTAN-, el ataque al puente de Kerch ha actuado de punto de inflexión en varios sentidos.
Por una parte, fue el momento en el que Rusia confirmó su retirada del acuerdo de exportación de grano ucraniano por la vía naval, lo que automáticamente implica un aumento del riesgo en el mar Negro, que durante estos días se ha traducido en potentes ataques a las infraestructuras portuarias en ciudades como Odessa y Nikolaev. Sin el control y la posibilidad de registrar la carga de los buques que transitan a través del Bósforo, Rusia no tiene ya forma de controlar que no se produzca entrega de armas ni uso militar de los puertos, por lo que la serie de ataques que se han producido en estos días -y que han causado víctimas a consecuencia de los misiles y del uso urbano de los sistema de defensa antiaérea- eran prácticamente inevitables.
Por otra parte, el ataque al puente de Kerch y la posterior admisión por parte de Ucrania de que dicha infraestructura -crítica para el suministro militar, pero importante también para el civil- no era sino el inicio de la intensificación de los bombardeos de puntos logísticos y de importancia militar en la retaguardia, a su vez preludio de un nuevo intento de asalto, ese “gran asalto” que The New York Times no se atreve a afirmar que ha comenzado, pero que en realidad comenzó hace más de un mes. Fue entonces cuando, ingenuamente, las autoridades ucranianas y sus aliados occidentales esperaban una ruptura del frente que pudiera causar pánico y desorganización entre las tropas rusas. Esa primera fase fracasó, Ucrania chocó con los obstáculos que debió haber previsto -campos de minas, superioridad aérea y artillera y una completa falta de sorpresa en su ataque- y el frente se mantuvo estable.
Esa situación ha llevado a los más optimistas y a los más pesimistas a creer que la ofensiva había nacido muerta, una afirmación prematura a tenor de las circunstancias. Ucrania -y especialmente sus patrones estadounidenses, evidentemente ansiosos por lograr resultados- busca otra vez superar esa primera línea de defensas rusas, algo que no pudo realizar a principios de junio cuando comenzó un ataque terrestre sin la cobertura aérea necesaria y sin haber realizado un trabajo previo sobre las posiciones defensivas de su oponente.
Las circunstancias han cambiado ligeramente desde el inicio de esa fallida primera fase de la ofensiva. En esta ocasión, Ucrania ha realizado ataques de precisión en bases militares, puntos logísticos y polvorines de la retaguardia y ha buscado, con el uso de artillería tradicional y también munición de racimo, desgastar a las tropas rusas en las trincheras del extenso frente. “La zona alrededor de Orejiv es uno de los tres ejes de asalto, el más occidental de todos. Las autoridades ucranianas esperan una irrupción a la localidad de Tokmak y después tan lejos como la ciudad de Melitopol, a más de 50 millas al sur, cerca del mar de Azov”, escribe The New York Times, describiendo la estrategia que Ucrania ya planteaba hace seis semanas y que ha sido evidente desde que comenzó a prepararse la contraofensiva, cuyo objetivo final solo podía ser Crimea. De ahí que esa zona del frente haya sido especialmente reforzada desde el otoño pasado, cuando tras la retirada de Jersón, las autoridades rusas tomaron una postura íntegramente defensiva y buscaron mantener el frente a la espera de un ataque ucraniano, conscientes que estaba ya siendo planificado.
En referencia a Tokmak y Melitopol, The New York Times insiste en detalles que, pese a ser conocidos, dejan claro el objetivo del ataque. “Ambas son nodos de carreteras y ferroviarios y abrir una brecha tan profunda conseguiría, en la práctica, partir en dos el territorio bajo control ruso, haciendo el suministro y la coordinación más difícil para las fuerzas de Moscú”. Desde que comenzó a hablarse de la futura contraofensiva ucraniana, ese objetivo ha sido evidente. Ucrania y sus socios buscan avanzar hacia Crimea, posiblemente la principal línea roja para Rusia, para forzar así un colapso ruso u obligar a Moscú a aceptar una negociación política bajo los términos de Ucrania y Occidente. No hay novedad en ese sentido.
Tampoco es sorprendente que Ucrania ralentizara ligeramente su intento de ofensiva para reagrupar sus tropas y cambiar de táctica ante la certeza de estar sufriendo enormes bajas e importantes pérdidas de material sin lograr más que avances mínimos en este primer asalto de un combate que se juega a largo plazo. Las tropas rusas han aguantado con solvencia esta primera ofensiva, pero las tropas de Kiev van a continuar explotando las debilidades rusas, entre ellas las dificultades logísticas, la superioridad numérica ucraniana y los puntos más débiles del extenso frente en la región de Zaporozhie, pero también en Donbass.
El otoño pasado, Rusia contaba con dos puntos débiles en los que Ucrania podría plantearse sus ataques más prometedores, especialmente tras la caótica retirada de Járkov y el avance ucraniano sobre Krasny Liman. Capturada la localidad tras días de lucha, el siguiente paso era un empujón hacia Lugansk, donde, de haber contado con la superioridad de la que Kiev se jactaba, Ucrania podría haber capturado Kremennaya y Svatovo y avanzar hacia Starobelsk, eliminando una parte importante de las ganancias territoriales en la RPL. Las tropas rusas aguantaron el asalto y lograron estabilizar el frente en su punto más vulnerable y, en estos momentos, es Ucrania quien se encuentra a la defensiva ahí. Es más, los avances rusos en la parte oriental de Járkov, posiblemente parte de la defensa activa de este sector del frente, lo anulan como objetivo relativamente asequible para Kiev en busca de un éxito rápido.
Los dos sectores más vulnerables para Rusia son, por motivos diferentes, la zona de los alrededores de Artyomovsk y el sur de Donetsk. En el primero de los casos, por el simbolismo y la propaganda adquiridos por la batalla a lo largo del último año, Ucrania está dispuesta a enviar nuevamente a miles de soldados a luchar por las ruinas de lo que antaño fuera Bajmut, la ciudad a la que huyeron las tropas ucranianas en su retirada de Debaltsevo en 2015. La inferioridad numérica rusa en ese sector es patente y lo son también las dificultades con las que las tropas rusas y republicanas se defienden tanto al norte como al sur de la ciudad. En Klescheevka luchan, por ejemplo, los remanentes de la brigada Prizrak de Alexey Mozgovoy, primera en entrar en la ciudad de Debaltsevo en los últimos días de la última gran batalla de la guerra de Donbass. Allí murió ayer su actual comandante, Artur Bogachenko.
Algo similar ocurre al sur de Donetsk, aunque en esta ocasión en una zona mucho más complicada debido a las fortificaciones construidas a lo largo de los ocho años en los que el frente no se ha movido en el sector. Ayer, el fundador del batallón Vostok, Alexander Jodakovsky, confirmaba la captura ucraniana de las ruinas de Staromaioirsk y prometía continuar dando batalla para que las tropas ucranianas sufran pese a ese pequeño avance. Con cierto tono de reproche hacia las autoridades de Donetsk y de Moscú, Jodakovsky recordaba que gran parte del contingente procede de las milicias que lucharon durante ocho años en las trincheras de Donbass y que, pese a haber participado en la victoria de Mariupol, no han recibido un reconocimiento similar al que sí han obtenido otras unidades. Jodakovsky mencionaba específicamente a uno de sus soldados, que se alistó en 2014 al cumplir los 18 años y vivió toda su vida adulta como soldado de esta guerra hasta caer en el frente esta misma semana. Así como Wagner ha liderado el asalto a Soledar y Artyomovsk, el grueso de la batalla por el sur de Donetsk ha recaído en las tropas de la RPD, que con el refuerzo de las tropas rusas sigue luchando en una de las zonas más complicadas del frente. Por el momento, no ha sido posible expulsar a las tropas ucranianas de Uglegorsk, ni tampoco de Marinka y Avdeevka, posiciones que permiten a Kiev bombardear a su antojo la ciudad de Donetsk. Es más, la situación de las tropas rusas y republicanas en una parte de este frente es, cuando menos, comprometida.
Al igual que hace más de seis semanas, cuando comenzó la esperada contraofensiva, Ucrania y Occidente ponen sus esperanzas en una ruptura del frente que cause algún tipo de colapso de las tropas rusas. Sin haber solventado las carencias que hicieron que el ataque fracasara en junio -Ucrania sigue sin contar con la cobertura aérea que precisaría-, Estados Unidos cuenta ahora con que la presencia de las tropas entrenadas en el extranjero marque la diferencia. Se trata de un argumento peligrosamente similar al que planteaba esta semana The Wall Street Journal, que afirmaba que Estados Unidos era consciente de la superioridad rusa, pero esperaba que el coraje ucraniano compensara esas carencias. Es cierto que Ucrania no ha utilizado hasta ahora sus reservas estratégicas, pero tampoco Rusia ha utilizado las suyas, por lo que la propaganda estadounidense está utilizando a esas tropas como una nueva underwaffe que deberá enfrentarse a unas tropas rusas que, como han hecho en las últimas seis semanas, se defenderán con fuerza. Según The New York Times, la actual operación puede prolongarse durante tres semanas, una afirmación que busca únicamente quitarse la presión de sus socios, que parecen exigir éxitos a corto plazo. La realidad es que, instalada en la idea de la guerra como única salida al conflicto, Ucrania no puede permitirse cesar en su intento de avanzar sobre el frente sur. Sin embargo, no es en el frente central donde sus perspectivas de éxito relativamente rápido son más altas, sino en las direcciones secundarias, donde el desgaste de las tropas rusas es notablemente mayor.
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