“¡Segunda Ola de la Contraofensiva!”, titulaba ayer el diario alemán Bild, cuyo reportero proucraniano más conocido es Julian Röepke, fanático defensor del regimiento Azov desde sus primeros años y acérrimo seguidor de Ucrania que, sin embargo, en los últimos meses ha recibido los insultos de los suyos por no plegarse al triunfalismo ucraniano y caer, en ocasiones, en el pecado de admitir la realidad. Sin embargo, el medio parece volver a su dinámica habitual con la esperanza de que, esta vez sí, Ucrania logre romper el frente. La realidad es que las condiciones actuales son ligeramente diferentes a las que existían hace algo más de un mes y medio, cuando Ucrania inició sus acciones ofensivas en el frente central, pero trató de esperar a conseguir un éxito que no se produjo para admitir que había comenzado la tan esperada operación militar. Los carros de combate que avanzaron por los campos de Zaporozhie en dirección a la línea de trincheras rusas no debían chocar contra los campos de minas rusos, ni quedar atrapados a causa de los daños infligidos por la artillería rusa ni acechados por los drones kamikaze Lantset, quizá la principal novedad de las últimas seis semanas. Sin embargo, las imágenes de Leoprds y Bradleys dañados y abandonados en la estepa del frente sur durante los tres primeros días provocaron una reacción que contrastaba con el triunfalismo que se había instalado en el discurso mediático. Aun así, la realidad mediática ha tardado varias semanas en aceptar lo que las autoridades militares ucranianas admitieron implícitamente con su rápido cambio de táctica: las cosas no marchaban ni posiblemente nunca fueran a marchar según el plan.
El éxito más relevante de Ucrania en estas seis semanas no ha sido la captura de una gran ciudad, o incluso una ciudad media, y tampoco se resalta por encima de todo el avance en Zaporozhie, tan minúsculo que ni siquiera la prensa ucraniana es capaz de maquillar la realidad para mostrar ninguna victoria épica. A falta de éxitos en el frente prioritario, Ucrania ha tenido que recurrir al de Donbass. Por suerte para Kiev, las tropas rusas nunca fueron capaces de alejar a las ucranianas de los alrededores de Artyomovsk y es ahí donde han logrado algunos avances, aunque tampoco son los esperados ni los alardeados. Ucrania afirmó, por ejemplo, haber capturado la localidad de Klescheevka, lo que habría comprometido enormemente la situación del contingente ruso en Artyomovsk. Sin embargo, la lucha continúa allí sin que Ucrania haya logrado aún capturar la localidad ni cercar, como el general Syrsky lleva meses anunciando, a las tropas rusas.
La épica que Kiev ha dado en el último año a la batalla por Bajmut permite que ese ímpetu por recuperar lo perdido -aunque Ucrania nunca ha llegado a anunciar oficialmente la pérdida de Artyomovsk- haga posible que este sector del frente sirva de distracción de lo que ocurre en el principal, en el que se acumulan las bajas y las pérdidas. El pasado fin de semana ha sido especialmente prolífico en la aparición de imágenes que muestran los ataques de drones rusos contra vehículos blindados ucranianos, no todos ellos recientes, pero suficientes para comprobar el cambio cualitativo que ha supuesto el trabajo realizado por Rusia en el ámbito de la dronería en el último año. No son solo la artillería y los campos de minas las que están lastrando el esfuerzo ofensivo ucraniano, sino el uso combinado de todas estas armas y la introducción de drones como los Lantset en una defensa que se ha preparado a conciencia.
“Cada 100 metros cuestan cuatro o cinco hombres”, titulaba el pasado fin de semana The Kyiv Post en un reportaje en el que se llegaba incluso a hablar de la baja moral de las tropas. El argumento es sorprendente, no solo por reflejar una realidad evidente, aunque generalmente ocultada por la propaganda, sino porque la idea de que son las tropas rusas las que sufren de una moral perpetuamente baja se ha convertido prácticamente en dogma en la narrativa ucraniana y occidental. La dureza de la guerra afecta necesariamente a ambos bandos y las dificultades que está encontrándose Ucrania en el frente, aparentemente inesperadas aunque nunca debieron serlo, han de pasar factura no solo al blindaje de los tanques sino especialmente a las personas.
La situación ha afectado también al discurso mediático. Es posible argumentar que no se puede aún dar por fracasada la ofensiva ucraniana, especialmente a falta de comprobar si, como desea Blinken, la introducción de las brigadas creadas y entrenadas específicamente para la actual ofensiva va a cambiar de alguna manera el desarrollo de los acontecimientos. Kiev cuenta aún con una buena reserva estratégica, enormes cantidades de armas y la obligación adquirida con sus socios de continuar atacando a Rusia en el frente sur. A lo largo de los últimos meses, Ucrania ha negado en varias ocasiones las informaciones que afirmaban que Estados Unidos presionaba para comenzar rápidamente la ofensiva de primavera, un discurso al que ahora se ha adherido Zelensky para justificarse ante su público nacional y extranjero por la falta de resultados estratégicos. Presionara o no en busca de un rápido inicio, la publicación de varios artículos al respecto parece confirmar que, pese al discurso oficial, Washington era consciente de las carencias ucranianas.
“Cuando Ucrania lanzó su gran contraofensiva esta primavera, los oficiales militares occidentales sabían que Kiev no disponía de todo el entrenamiento y armas -de munición a aeronaves de combate- que necesitaba para expulsar a las tropas rusas”, afirma el primer párrafo de un comentado artículo publicado por The Wall Street Journal. En realidad, no hay grandes novedades en esa idea. En los meses en los que el triunfalismo hacía que la prensa tomara en serio la afirmación de Budanov de que sus tropas llegarían a Crimea antes de finalizar la primavera, se publicaron periódicamente argumentos contradictorios por parte de oficiales anónimos del Pentágono. Convencidos de que Ucrania no podría expulsar a Rusia de Crimea a corto o medio plazo, esos oficiales negaban abiertamente el principal punto de la narrativa occidental en esta guerra: la superioridad de las tropas ucranianas sobre las rusas, algo que, unido a la introducción de grandes cantidades de armamento occidental, con el que el armamento ruso no podría competir, haría de la victoria de Ucrania algo inevitable.
Pero mientras fuentes conocedoras de las circunstancias militares llamaban a la prudencia, e incluso a la cordura de la necesidad de mantener abierta la posibilidad de una negociación, expertos y think-tankers occidentales, gran parte de ellos cómodamente instalados en su trinchera ideológica, anunciaban unos grandes éxitos que hacían prácticamente inevitable que la ofensiva ucraniana defraudara. “LA CONTRAOFENSIVA”, titulaba The Atlantic el 1 de mayo en un artículo en el que Anne Applebaum y Jeffrey Goldberg, dos sospechosos habituales del blanqueo de las guerras de Estados Unidos, afirmaban que “el futuro del mundo democrático estará marcado por si las tropas ucranianas pueden romper el estancamiento con Rusia y hacer retroceder al país -puede que incluso de Crimea- para siempre”.
Más allá de las implicaciones políticas, hubo quienes quisieron describir las consecuencias del éxito de la futura ofensiva ucraniana. “Estamos a punto de ver lo que una fuerza descentralizada, horizontal, innovadora de alta tecnología puede hacer. Puede que Ucrania tenga menos fondos, personal y equipamiento que Rusia. Pero esas fortalezas tácticas y adaptativas proporcionan lo que el dinero no puede comprar ni el entrenamiento puede enseñar. Prepárense para algunas sorpresas”, escribió a principios de mayo Jessica Berlin, acérrima defensora de Ucrania y una de las expertas de referencia del sector proucraniano. Su discurso refleja especialmente lo que el artículo de The Wall Street Journal aclara. Tras mencionar unas carencias ucranianas que eran evidentes para cualquier persona con un mínimo conocimiento sobre el estado de la guerra, el medio continúa afirmando que “sin embargo, esperaban que el coraje y el ingenio ucraniano asegurarían el éxito. No lo han hecho”. Incluso los militares ucranianos, generalmente reticentes a criticar a sus socios, que hacen posible que Ucrania pueda seguir luchando, han comprendido ya que el país está siendo utilizado como un ejército proxy cuya supervivencia es secundaria y en el que la muerte de miles de soldados no es más que un daño colateral en esta guerra de un coste relativamente bajo (salvo para Ucrania). La dinámica de los hechos y la apuesta por la guerra hasta el final en busca de la recuperación de las fronteras de 1991 han hecho inevitable ese sometimiento militar y político en el que, en realidad, todos ellos comparten los objetivos y el escaso respeto por las vidas de sus tropas y de la población civil. Solo así se entiende, por ejemplo, que Ucrania siga luchando por Arytomovsk.
Sin avances en el frente, pero necesitado de victorias, Zelensky recurre a las tácticas habituales. Por una parte, Ucrania se jacta de los éxitos de los golpes en la retaguardia y el GUR llega incluso a reivindicar, aunque de forma anónima, el último ataque con drones en Moscú, que solo ha causado daños materiales menores. Por otra parte, el Gobierno de Zelensky ha recuperado el victimismo de las primeas fases de la guerra para, aparcando temporalmente los triunfalistas informes de un 100% de derribo de misiles rusos, exigir a sus socios más armamento antiaéreo con el que “cerrar el cielo”. Triunfalismo y victimismo se unen así en un discurso incoherente que se mantendrá mientras sea necesario.
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