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Crimea, Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Rusia, Ucrania, Zaporozhie, Zelensky

Nuevas versiones

El aumento de la tensión debido al cruce de amenazas navales entre Rusia y Ucrania tras la retirada rusa del acuerdo de exportación de grano han eclipsado esta semana tanto el desarrollo de la situación en el frente como otros aspectos políticos que han pasado a un segundo plano. La reacción ucraniana a la ruptura del acuerdo, que en la práctica hace imposible para cualquier naviera en su sano juicio transitar por un corredor naval minado y con riesgo de ser torpedeado, ha sido básicamente exigir el equivalente marítimo al puente aéreo con el que Estados Unidos rompió el bloqueo de Berlín de 1948. Oleksiy Danilov ha llegado a exigir un corredor humanitario con buques de Naciones Unidas armados para defender al grano ucraniano de los ataques rusos, una propuesta inviable que haría de cualquier país participante parte en el conflicto, algo que Ucrania trata de lograr desde que en las primeras semanas de la invasión rusa exigiera a la OTAN “cerrar los cielos”, es decir, una zona de exclusión aérea derribando las aeronaves rusas y bombardeando sus bases militares y flota aérea en tierra.

En los últimos dos días, Rusia ha querido escenificar la seriedad de su amenaza con unas “maniobras con fuego real” realizadas en el mar Negro. La armada rusa utilizó un misil Moskit para destruir un buque. Simbólicamente, eligió para ello un viejo buque de la armada ucraniana, perdido por el Estado en 2014 con el resto de la península de Crimea y que Moscú no devolvió a Kiev en los nueve años de tensión entre los dos países por el control del territorio. El Ternopil fue destruido y sus imágenes distribuidas. Moscú es consciente de la seriedad de la situación y ha querido mostrar que sus advertencias no son puramente simbólicas ni líneas rojas que está dispuesta a dejar pasar. Ligeramente diferentes son las amenazas ucranianas de atacar cualquier barco ruso que se dirija a los puertos del mar Negro.

Mijailo Podoliak, el influyente asesor de la Oficina del Presidente, ni siquiera precisó si la amenaza se refería únicamente a buques de carga o si Ucrania considera también objetivo legítimo el transporte de pasajeros, ese que Kiev ha sugerido como vía para abandonar Crimea a la población no deseada, es decir, a la población rusa o prorrusa que hace nueve años que considera ajeno el Gobierno ucraniano. Se trata de un dato importante ante la reafirmación de que Ucrania va a seguir tratando de destruir el puente de Kerch tal y como intentó el pasado lunes con un dron marítimo. El puente, junto con la construcción de un aeropuerto moderno en Sebastopol y la mejora de las maltrechas carreteras de la península, es la gran obra que Rusia ha realizado desde que recuperara el control del territorio en 2014 y ha sido un objetivo claro para Ucrania desde que se planteara su construcción. Kiev pasó de negar la capacidad rusa de realizar una obra de tal magnitud a negar su existencia y prometer su destrucción, que ha intentado fallidamente en dos ocasiones.

En la primera de ellas, envió a la muerte al conductor del camión que, sin conocer que transportaba explosivos, simplemente realizaba su trabajo. El segundo intento que se ha producido esta semana indica que Ucrania dispone ahora de drones donados por sus aliados británicos y sugiere que este tipo de acciones podrían aumentar como forma de presión a las líneas de suministro y a la población rusa de Crimea a medida que aumentan también los intentos de atacar bases militares y polvorines en la península. Para ello, Ucrania continúa exigiendo de sus aliados armamento de más largo alcance. En una aparición virtual en el Foro de Seguridad de Aspen, Colorado, el presidente Zelensky confirmó, por primera vez de forma abierta y oficial que el puente de Kerch es un objetivo prioritario que “ha de ser neutralizado”. Ucrania toma así la idea de Philip Breedlove, el antiguo mando supremo de la OTAN en Europa que desde hace casi una década busca su guerra en el frente oriental, y busca las armas con las que realizar esos golpes que aíslen a Crimea de la Rusia convencional.

El puente de Kerch ha demostrado ser vulnerable a las explosiones. El primer ataque se saldó con daños importantes en uno de los carriles para vehículos y graves daños en la parte del puente más importante para el suministro militar: la ferroviaria. En esta ocasión, los daños han sido menores. Mucho más lejos de su objetivo, Ucrania no puede repetir lo conseguido en el puente Antonovsky, más antiguo, desgastado, estrecho y cercano al frente. En aquella ocasión, Kiev utilizó sus recién recibidos HIMARS para golpear incesantemente el puente hasta hacerlo impracticable. Esa opción es inviable en Crimea, especialmente teniendo en cuenta que Ucrania no consigue con su contraofensiva acercar el frente hacia su objetivo final. De ahí que la única opción sea exigir a sus socios armas más potentes y de mayor alcance con las que deja claro que atacaría un objetivo que es, para Rusia, una línea roja clara. Con sus actos y especialmente con su discurso, Zelensky y su entorno están demostrando nuevamente que toda contención que sus socios y acreedores internacionales buscaron en los primeros meses de la guerra han quedado atrás. La única línea que Estados Unidos no está dispuesto a cruzar es la de la participación directa, de ahí que la contención haya quedado ya limitada a mantener la guerra en las fronteras internacionalmente reconocidas de Ucrania.

Las amenazas ucranianas no se han limitado a los buques que transiten hacia los puertos rusos sino que se ha extendido a un bloqueo naval de Crimea, amenazas vacías, no por la falta de voluntad de Ucrania de realizar esos actos sino por su falta de capacidad para ello. Ucrania ya impuso un bloqueo de Donbass con el que aspiró a utilizar el hambre para lograr lo que las armas no habían conseguido, el sometimiento de la población, y ha demostrado estar dispuesta a poner en peligro a la población civil, especialmente a la de los territorios considerados desleales, donde el calificativo “ruso” o “prorruso” justifica cualquier acción. Pero Kiev simplemente no dispone de los medios necesarios para realizar un seguimiento constante ni de las armas con las que acometer los actos que promete, por lo que tendría que contar con la implicación activa de sus socios extranjeros.

Esa dependencia exterior no se limita a las aspiraciones de atacar Crimea, situada mucho más lejos del frente de lo que Kiev y sus socios hubieran deseado. Es excesivamente prematuro calificar de fracaso la contraofensiva de verano, pese a no haber logrado uno solo de sus objetivos ni ningún éxito militar reseñable en las más de seis semanas desde que se reactivara el frente de Zaporozhie. Ucrania ha demostrado disponer de armas con las que causar bajas y daños materiales en la retaguardia rusa y dispone ahora de munición de racimo con la que amenaza las trincheras rusas y las localidades del frente. Todo indica que, como otras armas milagrosas que han aparecido en el frente en el pasado, las bombas de racimo no harán que los problemas ucranianos desaparezcan y el frente ruso se colapse tal y como parecían esperar los más optimistas tecnócratas ucranianos, que ahora buscan los motivos por los que la ofensiva avanza metro a metro, y en muchos casos ni siquiera eso, pese a que la propaganda había hecho ver que se produciría un avance rápido hacia Crimea.

Esta semana, los ataques a Crimea han permitido a Ucrania dar a sus socios y a su población más exigente una serie de victorias más mediáticas que reales. Ante el interés de mostrar a Rusia como un vil agresor que busca utilizar el hambre contra el mundo, parece haberse levantado parcial y temporalmente el veto a mostrar imágenes de las consecuencias de los bombardeos rusos. Kiev ha llegado incluso a admitir no haber podido derribar gran parte de los misiles rusos que se han disparado esta semana contra puertos como los de Odessa o Nikolaev, una actitud que contrasta con la práctica habitual de alegar -en general falsamente- haber derribado la práctica totalidad o la totalidad de los proyectiles rusos. La actual propaganda ucraniana precisa de graves daños en las infraestructuras portuarias para continuar alegando que Rusia lucha contra el mundo entero. El hecho de que las imágenes muestren también que no había grano en los depósitos sino armas es algo que no se considera relevante y se oculta en la propaganda oficial, siempre capaz de colocar su mensaje en la poderosa prensa occidental.

Sin embargo, incluso los medios de comunicación de países como el Reino Unido comienzan a mostrar preocupación por la falta de avances ucranianos en el frente. Por ejemplo, The Telegraph, que a finales de mayo afirmaba que “Putin está aterrado por la contraofensiva rusa” y el 3 de julio que “el tiempo de Rusia se está acabando”, escribe ahora que “la contraofensiva ucraniana está fracasando y no hay soluciones fáciles”. El creciente tono de reproche que se está alcanzando en la prensa ha obligado a Volodymyr Zelensky a modificar nuevamente su discurso, pero el presidente ucraniano parece haber optado ya por una nueva versión con la que justificar la ausencia de avances. Si a lo largo de los últimos meses Ucrania daba a entender que eran sus socios extranjeros los que presionaban a Kiev para comenzar rápidamente el inicio de la contraofensiva, el problema ahora ha resultado ser el contrario: Ucrania deseaba iniciar la ofensiva en primavera, pero no fue posible. No era ese el discurso ucraniano entonces, pero nadie va a exigir a Zelensky coherencia en la narrativa. El problema, como es habitual, fue la falta de material. “Francamente, no teníamos suficiente munición ni armamento ni brigadas debidamente entrenadas”, afirma ahora el presidente ucraniano, que da una vuelta de tuerca más a sus excusas.

“Al comenzar algo más tarde, podemos decir, y es la verdad compartida por todos los expertos, que fue el momento que Rusia aprovechó para minar todo nuestro territorio y construir varias líneas de defensa”, sentenció retorciendo la realidad prácticamente hasta el insulto. Es perfectamente conocido que la construcción de la defensa rusa en el frente sur comenzó tras la retirada de Jersón, en el otoño de 2022. Fue entonces cuando los reporteros rusos hablaban ya de la construcción de trincheras y fortificaciones que finalmente dieron lugar a la llamada “línea Surovikin”, construida en las semanas en las que el general estuvo al mando de la operación militar especial. El mando volvió a Valery Gerasimov en la segunda semana de enero de 2023. La colocación de minas en los campos es una excusa aún menos creíble teniendo en cuenta el papel que han jugado en esta guerra desde 2014. Ucrania había anunciado su ofensiva y al jactarse de la recepción de tanques con los que avanzar sobre Crimea, había anticipado la dirección en la que circularían las grandes columnas blindadas que, inevitablemente, iban a chocar con campos de minas rusos. No era necesaria una gran preparación militar para ser consciente de ello. El problema, quizá, es que Volodymyr Zelensky y su entorno han llegado a interiorizar de tal manera el discurso de invencibilidad de los carros de combate occidentales que no esperaban que las minas rusas fueran a causar estragos en sus columnas blindadas. Las semanas de retraso con las que Ucrania lanzó su ofensiva supusieron para Rusia un tiempo extra para mejorar sus fortificaciones y perfeccionar las defensas, pero nadie puede racionalmente argumentar que esas semanas dieron a Rusia tiempo de construir todo ese entramado.

En el frente, Ucrania presiona en Zaporozhie y en los flancos de Artyomovsk, donde Ucrania insiste en que las tropas rusas están “semi rodeadas”, curioso término para una situación en la que las tropas ucranianas están al oeste de la ciudad y las rusas en la ciudad y en todo el territorio al este. Pero Kiev necesita justificar avances y recupera ese “semi cerco” que ya utilizó el pasado mayo y que era tan irreal entonces como lo es ahora. “El enemigo está experimentando escasez de ideas frescas, convencido ya de la falta de efectividad y eficiencia de su ofensiva de pequeños pasos”, escribía ayer Alexander Jodakovsky, fundador del batallón Vostok, que aun así no da por muerta a Ucrania ni a su ofensiva. “Hay escasez de munición y una caída de la motivación de las tropas de las Fuerzas Armadas de Ucrania, pero el enemigo, a pesar de todo, aún tiene reservas, así que no podemos relajarnos. Dándose cuenta de que su potencial desciende, el enemigo está buscando formas de usarlo de forma más vigorosa”, añadió en una descripción que puede aplicarse tanto a la estrategia militar como a la política e informativa.

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