El caso Sternenko sintetiza las principales contradicciones y tensiones de la Ucrania contemporánea, vistas desde la perspectiva liberal de los grupos proeuropeos: la lucha por la reforma judicial, el enfrentamiento entre nacionalismo y fuerzas prorrusas, la influencia de ONG y actores internacionales, y el papel de la movilización social en la defensa de los derechos y de la identidad nacional. En este contexto, Serhiy Sternenko se consolida entre el nacionalismo liberal ucraniano como un símbolo de la resistencia, la justicia y la aspiración europea, tratando de hacer ver que su historia judicial evidencia la persistencia de estructuras de poder heredadas y la necesidad de una reforma profunda.
Su éxito político y social avanza desde febrero de 2022 en paralelo a su papel de recaudador de fondos para la dotación de drones al ejército de Ucrania. Y cristaliza con la creación, en febrero de 2025, junto a Oleksandr Skarlat, de la fundación benéfica Comunidad Sternenko para hacer realidad el lema de que “Ayudar al Ejército es la mejor inversión”, una tarea para la que cuenta ahora con el apoyo del exministro de exteriores de Ucrania, Dmytro Kuleba. En la estrategia de recaudación de fondos de la fundación, además de las transmisiones en directo a través de la demostración del éxito de sus drones en el frente, también está presente la venta de distinto material, entre el que llama la atención la camiseta cuyo lema resume a la perfección la filosofía de Sternenko y del nacionalismo liberal ucraniano en general: «Nuestra rusofobia no es suficiente». En 2026, Sternenko ya forma parte del equipo del flamante ministro de Defensa Fedorov, como colaborador de la reforma del ejército para potenciar el uso de drones.
Una parte de su fulgurante ascenso como héroe ucraniano tiene que ver con el hecho de que Sternenko sabe cultivar esa imagen de héroe de una resistencia ucraniana constantemente en peligro ante la acción del enemigo. En la entrevista de 2025 a Koshkina afirma que “la amenaza que representa nuestro enemigo para mí existirá durante el resto de mi vida. Existirá para cada ucraniano. No crean que hablo solo de mí. Hablo de todos nosotros. Mientras Rusia y todos estos chovinistas imperialistas existan, representarán una amenaza existencial para nosotros. Ni siquiera se hagan ilusiones de que, si hay una tregua, esto signifique el fin de la guerra”. «No intentaron asesinarme por ser Serhiy Sternenko. No mataron a Demyan Ganul por ser Demyan Ganul. Lo hicieron porque somos ucranianos. Y los rusos vinieron a matarnos a todos«.
En este contexto, Sternenko se convierte en referencia de una fuerza de reacción callejera a favor de las tesis dominantes entre las fuerzas nacionalistas liberales ucranianas, en una línea muy propia de ese vigilantismo político que legitima, en sociedades fundadas en la intolerancia y en el odio, una especie de derecho absoluto a la autodefensa (fácilmente confundible con la agresión) frente a los enemigos cuando se considera que el Estado no es capaz de cumplir de forma adecuada con ese papel de defensa de la sociedad nacional atacada o agredida. El éxito de Sternenko y Honor es que su propuesta permite volver a reproducir el modelo de acción impulsado en Maidán, aunque ahora sin protagonismo de las fuerzas vinculadas a los considerados decadentes, o políticamente impresentables, Azov o Praviy Sektor.
Pero, de forma en realidad muy poco paradójica, extrayendo valor de su resistencia a los intentos de asesinato y de su fuerza al denunciar la tiranía rusa, interna o externa, desde el 2 de mayo de 2014 son sobre todo los adversarios de Sternenko los que acaban cayendo. Algunos políticamente, como en el caso de Avakov o de Trujanov (destituido como alcalde de Odessa por el presidente Zelensky, retirándole por decreto la alcaldía que obtuvo en las urnas), y otros directamente asesinados con un tiro en la cabeza en alguna ciudad muy alejada de Ucrania, como en el caso de Andrey Portnov. Porque, como bien sabe Beria, el activista no se mueve en un conflicto entre quienes buscar matar y quienes buscan la paz sino, en el mejor de los casos, entre dos fuerzas motivadas por la misma voluntad de venganza y el mismo deseo de matar. Sternenko sabe que su Estado, el de Ucrania, es una perfecta máquina de matar y liquidar al adversario y, sin temor a que alguien perciba alguna contradicción, afirma por ello sin pudor respecto a las acciones de ese Estado: “Llevamos a cabo numerosas operaciones de liquidación en territorio enemigo con la ayuda de agentes profesionales”. ¿Era la ciudad en la que actuaba Portnov territorio enemigo? ¿Fue la ejecución de Portnov una operación de liquidación? No hay respuestas por ahora, pero el tiempo puede que lo lleve a precisar.
Tras la invasión rusa de 2022, la convergencia entre activismo, política y guerra total contra el adversario marca en cualquier caso una nueva etapa en la historia del nacional-liberalismo ucraniano, donde la defensa de la soberanía -y, en sus proclamas al mundo, de la democracia- se convierte en prioridad absoluta desde la perspectiva liberal. Una defensa de la soberanía y de la democracia que, según sus proponentes, es compatible con la total liquidación del conciudadano opositor, tachado de quinta columna, y con la creencia en la absoluta identificación entre el derecho a la defensa propia con la asunción de la justicia en las propias manos.
Sólo en ese contexto es posible entender que un personaje tan siniestro y despiadado como Beria, definido por Peter Korotaev como el representante más detestable, aunque también más exitoso, de quienes se autoproclaman activistas y recaudadores de fondos, pueda haber llegado a convertirse en parte de la élite de la “sociedad civil” liberal-nacionalista ucraniana y en el vídeo-bloguero político en idioma ucraniano probablemente más popular del país, con sus 2,1 millones de personas suscriptoras en el canal del YouTube STERNENKO.
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