El mes pasado The Times, diario de referencia del establishment británico, publicaba largos artículos sobre dos de las principales figuras de la extrema derecha ucraniana actual: Andriy Biletsky y Serhiy Sternenko. Muy diferentes entre sí, los protagonistas de esos textos, profundamente legitimadores en una nueva forma de lavar la cara a lo más oscuro del proxy ucraniano, encarnan las diferencias este-oeste y la profunda división existente entre las dos tendencias, que aunque con un mismo origen, han tomado caminos diferentes. Quienes siguieron la línea de Svoboda, grupos como el Praviy Sektor o personajes como Serhiy Sternenko, siempre se han opuesto a Zelensky y en 2019 defendieron a Poroshenko. Azov, por el contrario, ha sido generalmente hostil al partido liderado por Oleh Tyahnibok -salvo en el momento de 2019 que apeló a la unidad para tratar de recuperar el voto perdido, operación que resultó ser un fracaso- y Biletsky ha sido especialmente crítico con Serhiy Sternenko, tanto en su etapa de militante como en la actual de activista. Sin embargo, no se trata tanto de cuestiones ideológicas, relativamente aparcadas por la guerra, sino de la lucha de egos y de liderazgos en la cada vez más protagonista extrema derecha.
La guerra ha facilitado el rearme de estos grupos, que en condiciones normales y en otro país serían considerados un grave problema tanto por su radicalidad como por su capacidad de organización y voluntad de uso de la violencia política, y su normalización se muestra en reportajes como los que les ha dedicado The Times. A esa tendencia se ha sumado esta semana otro medio británico, The Telegraph, que titula “No nos detendremos hasta que Putin caiga, dicen los rusos que luchan contra él” y anuncia que una de sus periodistas se ha reunido “con miembros del RDK, que han sacrificado la vida civil para levantarse contra su dictador”.
“Este voluntario ruso de 26 años ha pasado los últimos dos años luchando por Ucrania, combatiendo contra sus propios compatriotas en el frente. Su unidad, al amparo de la oscuridad, se ha infiltrado en Rusia y ha llevado a cabo operaciones de sabotaje en ese país”, escribe el artículo, que omite que esas redadas, absurdas en términos militares, ya que únicamente buscaban un efecto informativo, son una forma de ataque directo contra la población civil de las aldeas de frontera rusas, sin ninguna consecuencia para el dictador.
El texto contiene una única referencia al líder del grupo, Denis Nikitin, White Rex, expulsado de Alemania por sus actividades neonazis. “El grupo paramilitar, fundado por el extremista de extrema derecha Denis Nikitin y considerado una organización terrorista por Rusia, también participó en la mayor incursión transfronteriza de la guerra en marzo de 2024”, indica The Telegraph con una referencia demasiado breve para alguien con tan larga trayectoria en el submundo de la violencia de la extrema derecha. De forma menos fría y mucho más colorida, The Guardian dedicaba en 2018 un extenso reportaje a los violentos hooligans rusos. Por aquel entonces, con el recuerdo de los destrozos causados por bandas de radicales rusos en Marsella durante la Eurocopa de 2016, el medio escribía que “Para Nikitin, el vandalismo es inseparable del activismo de extrema derecha. Después de regresar a Rusia en la década de 2000, radicalizado por su paso por los círculos de vándalos alemanes, se involucró cada vez más en actos violentos contra los inmigrantes. Dividía su tiempo entre pelear con vándalos y atacar a minorías en las calles. Cuando, durante una de nuestras reuniones en Moscú el año pasado, le pregunté a Nikitin si había alguna diferencia entre la violencia hooligan y la violencia racista, me pidió que apagara mi grabadora. «Si matamos a un inmigrante cada día, eso son 365 inmigrantes al año», dijo, después de aceptar que pudiera volver a grabar. «Pero de todos modos vendrán decenas de miles más. Me di cuenta de que estábamos luchando contra la consecuencia, pero no contra la causa subyacente. Así que ahora luchamos por las mentes, no en la calle, sino en las redes sociales»”. Ahora, tres años después de su fundación, Nikitin y los suyos cuentan con armas con las que pretenden imponer su voluntad.
El RDK: los hijos eslavos de la verdadera Europa
Adelantándose en un día al tercer aniversario de su fundación, el Cuerpo de Voluntarios Rusos (Русский Добровольческий Корпус, RDK), unidad liderada por el neonazi Denis Kapustin (más conocido como White Rex o Nikitin), presentó el pasado 10 de agosto un manifiesto programático, denominado Manifiesto de Justicia. La inspiración del documento, que el grupo define como un “juramento” de lealtad programática, enlaza con el pensamiento tradicional del movimiento blanco antibolchevique, aunque sin olvidar algunas cuestiones del mundo actual, en particular en lo relativo a las fobias más modernas de la ultraderecha (como la homofobia).
El hecho de que el RDK califique a Boris Smyslovsky y Viktor Larionov, dos miembros de la diáspora del mundo ruso blanco y del colaboracionismo con la Alemania nazi, como verdaderos predecesores desborda lo meramente simbólico. Así, la cita de Boris Smyslovsky que abre el Manifiesto explica la dimensión de Justicia política que se atribuye al documento, enlazando gloria, prosperidad y justicia rusas: “La historia de los últimos doscientos años es la historia de la gloria rusa. En el presente, es la historia de la prosperidad rusa, y en el futuro, será la historia de la justicia rusa”.
Esta cita de Smyslovsky anticipa el periodo de deseada revancha contra los históricos adversarios, “los verdaderos traidores: una panda de verdugos del pueblo ruso, carceleros y ladrones”, que inspira al RDK. Su principal objetivo se perfila así como la aplicación de “la justicia rusa en suelo ruso”, motivo que inspiraría a sus miembros “a luchar, matar y morir bajo el símbolo de la «Espada y la Punta», en referencia al símbolo de inspiración neonazi de esta unidad. Para el RDK, que combate a las órdenes de la inteligencia militar ucraniana, el GUR, la Rusia realmente existente es un imperio del “mal absoluto”, capaz de asesinar a “mujeres y niños inocentes”, al que es preciso hacer frente desde pretensiones de justicia.
Más allá de ese discurso, el conflicto real es más bien de otra naturaleza: el que enfrenta a los defensores del nacionalismo ruso tradicionalista con esa Federación Rusa denunciada como neobolchevique y que, según el RDK, “declaraba abiertamente que venía a por nosotros, los nacionalistas”. Retomando el pensamiento de Larionov y Smyslovsky, el RDK expresa su reaccionarismo contrarrevolucionario clásico al afirmar que ”somos nosotros quienes hemos opuesto la contrarrevolución nacional a las piedras de molino de la revolución bolchevique”. Una contrarrevolución que, como en el falangismo clásico, anuncia un nuevo amanecer: “Nuestros predecesores fueron los últimos rayos del ocaso; nosotros nos hemos convertido en los primeros rayos del amanecer prometido”.
Al considerar esta cuestión, no debe olvidarse que aunque el grupo se considera “una verdadera fuerza militar”, sus ambiciones son esencialmente políticas y poco tienen que ver, al menos en lo esencial, con hacer justicia. El RDK tiene un plan político prefijado: “la lucha por el futuro de Rusia, la salvación de nuestro pueblo engañado y el destino de nuestra patria”, lo que exige la toma del poder en Rusia y la disolución de su estado en su forma actual, como Federación Rusa. Un punto en el que enlaza claramente con las pretensiones del liderazgo del GUR, con Kyrylo Budanov a la cabeza, o de otros ideólogos cercanos a la inteligencia militar ucraniana, como Dmytro Korchynsky, líder de Bratstvo y estrecho colaborador del RDK.
Para el RDK, la historia reciente de Rusia, como la de otros pueblos de la Unión Soviética, es la historia de una “ocupación neobolchevique enemiga” en la que se han destruido y profanado las bases nacionales: “nuestra cultura” y “nuestra memoria nacional”. El ataque al multiculturalismo soviético y ruso actual no puede ser más claro: “A nosotros, los rusos, se nos privó del derecho a nuestro propio nombre, implantando una identidad «rusa» desarraigada que borra la línea entre los pueblos nativos y los extranjeros”.
El enemigo en el Kremlin, ya se trate de Putin o de las figuras del periodo bolchevique, es la encarnación de este mal absoluto en el que la figura del extranjero, en realidad el ciudadano ruso de etnias diferentes a la rusa, aparece como elemento esencial, en especial en el actual ataque ruso a Ucrania, basado en la actuación de “hordas de extranjeros forzados”, ni siquiera de “rusos”. El RDK, en línea con la nueva ultraderecha occidental, insiste en cambio en estar formado “por rusos que no han traicionado su identidad y luchan para salvar a su pueblo de la extinción”. El odio que Nikitin mostraba a la población migrante en sus tiempos de hooligan violento no solo no ha desaparecido, sino que se extiende también a la población del país que no es de etnia rusa, es decir, a toda aquella persona que no sea lo suficientemente blanca.
El proyecto se caracteriza por la dimensión nacional-tradicionalista, apoyada en la nación y la familia, y por su visión nítidamente corporativista. La lucha del RDK por “el Estado ruso”, se vincula así con “una república meritocrática, donde el sujeto es la nación, cuya voluntad se expresa a través de sus representantes más dignos”, algo que al grupo le parece la vía para garantizar que, “por primera vez en la historia moderna, los rusos finalmente tendrán el derecho a decidir su propio destino y defender conjuntamente sus propios intereses”. Esa nación se fundamenta necesariamente en la familia “porque sin amor, dignidad y parentesco” la nación no puede existir.
Se trata de una propuesta que reduce la dimensión de lo “ruso” puesto que, en el nuevo “orden ruso” que pretende el RDK no habrá lugar para otros grupos étnicos: “Luchamos por el despertar de la memoria nacional, por quienes permanecieron rusos en el caldero del eurasianismo” y “ser ruso no es solo serlo étnica, cultural y geográficamente, sino también ser heredero ideológico y continuador de una causa común, un dueño orgulloso y honesto de su tierra y su destino”. Para los héroes caballerosos del movimiento blanco, nunca dispuestos a traicionarse a sí mismos, “el RDK es una rebelión rusa que precede al orden ruso”. Y es que todo movimiento de este tipo reivindica su Ordine Nuovo, un orden por refundar y que se sostendrá en un rechazo tanto del “mito soviético” como de “la payasada posmodernista del híbrido Estado “ruso”, un Estado en el que “los “valores tradicionales” se proclaman desde todos los rincones y los representantes LGBT se convierten en portavoces de la propaganda estatal”.
Ese orden ruso es ajeno al mundo extranjero, pero en ningún caso a Europa, puesto que los miembros del RDK se consideran hijos de Europa. Y, así, mientras vivan estos “guerreros nacionalistas”, “el régimen no podrá superar la realidad de que los rusos son los hijos eslavos de Europa”, algo que no se puede ocultar “reescribiendo la historia y fraternizando con los regímenes de fundamentalistas islámicos y comunistas asiáticos”. El compromiso con Europa es parte de la esencia rusa, según el RDK, que afirma “la prioridad de la tradición cultural y espiritual rusa como parte de la civilización europea”.
Como era previsible, en su propuesta de “desarrollo de la cultura rusa”, el RDK introduce algunos límites a no sobrepasar, con una expresa condena del “pseudoarte y la degradación impuesta por los neomarxistas”, una forma indirecta de atacar a los nuevos movimientos de la izquierda política occidental que recuerda a la obsesión del nazismo con el “arte degenerado”, origen de la célebre idea del “judeobolchevismo”. Estos límites se extienden a la esfera religiosa al señalar que apoyan “la auténtica libertad de conciencia para los representantes de todas las confesiones que no representen una amenaza para la sociedad”.
En su lucha política contra el Kremlin neobolchevique, el RDK se presenta como la vanguardia del nuevo orden, esa “nueva élite nacional” que constituiría hoy “la única oposición” y que contaría con apoyos en Europa en su “vía para llegar al poder”. Dicho en sus propias palabras: “Nos convertimos en diplomáticos: representantes de gobiernos y parlamentos europeos recurren a nosotros. Nos convertimos en la única oposición: nuestra voz se escucha en las plazas de las capitales del mundo”.
En la búsqueda de apoyos externos, la afirmación europeísta constituye un aspecto esencial de las ideas del RDK cuyo manifiesto de Justicia termina con la siguiente frase: “En el renacimiento de la nación, en la venganza de los criminales, en la recuperación del honor y en la lucha por el espíritu de la verdadera Europa, vemos nuestra Justicia”. La lucha del RDK se convierte así en una lucha por el Estado ruso pero, tanto o quizás más, por la reconquista del espíritu de la Europa eterna, tan ajena al neobolchevismo o al neomarxismo hoy como lo fue el bolchevismo o el marxismo para el fascismo y el nazismo de los años 20 a 40 del pasado siglo.
El único aspecto positivo del Manifiesto es el reconocimiento del derecho de todos los pueblos a la autodeterminación, aunque -situado en su contexto real- más parece una invitación de salida a todas las etnias no rusas y una afirmación del compromiso paralelo con el mundo nacionalista dominante en los estados fronterizos con Rusia, presididos por formas de pensar similares a las del RDK. El proyecto es “una sociedad de justicia y orden” y “un estado que viva en paz con sus vecinos” en base a la afirmación compartida de los valores nacional-tradicionalistas.
Las referencias del Manifiesto a los predecesores del RDK, Viktor Larionov y Boris Smyslovsky, no sólo son de interés en términos del estudio de las referencias ideológicas de este grupo ultranacionalista armado que insiste en que tiene un deber “con los héroes de la Marcha del Hielo, con los cosacos traicionados en Linz -referencia a los rusos colaboracionistas con la Alemania nazi entregados a la Unión Soviética por sus aliados en la Segunda Guerra Mundial-, con las víctimas del gobierno bolchevique y neobolchevique y con nuestros descendientes no nacidos”. También muestran las conexiones históricas de los viejos héroes del movimiento ruso blanco, inspirados por la lucha contra el comunismo y el bolchevismo.
Llama en particular la atención que Larionov y Smyslovsky colaboraron con la Alemania nazi, pero también con los servicios secretos de otros estados, entre ellos -según señala el propio manifiesto- los de la República Federal de Alemana. Quizás esa fuerte conexión con Alemania pudiera ayudar a entender que los militantes del RDK buscaran presentarse en sociedad en marzo de 2025, afirmando su papel de nueva élite rusa de oposición al Kremlin, precisamente en la Potsdamer Platz de Berlín.
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