“Fuiste traicionado, arrestado y acusado falsamente. Es un patrón que nuestro Señor y Salvador nos mostró. Gracias a su resurrección, resucitaste”, proclamó ante un sonriente y orgulloso Donald Trump Paula White, telepredicadora, asesora espiritual del presidente de Estados Unidos y buen exponente del nacionalismo cristiano, que se ha convertido en la principal base ideológica de una Casa Blanca cada vez más mesiánica y convencida de que el resto del mundo ha de ponerse a su servicio. En el anticipado discurso que Trump pronunció unas horas después, el autoproclamado líder del mundo libre siguió el guion más esperado. Por una parte, el presidente de Estados Unidos, volvió a alegar que esta campaña militar de un éxito “nunca visto” que comparó con la Segunda Guerra Mundial o las guerras de Corea, Vietnam o Afganistán, se encuentra a punto de finalizar. Por otra, Trump anunció al menos dos semanas más de bombardeos contra Irán, tiempo en el que exige a Teherán la rendición, sin la que prometió devolver al país “a la edad de piedra donde deben estar” a base de destruir, “probablemente de forma simultánea” todas las centrales de producción energética de Irán y “probablemente las desalinizadoras”. Entre esas centrales se encuentra, por ejemplo, la central nuclear de Bushehr, operada por la Federación Rusa, que advierte de un desastre nuclear en caso de que las instalaciones sean atacadas.
Incoherente, al igual que lo ha sido la narrativa estadounidense sobre Irán desde la llegada al poder de Donald Trump en 2016, cuando llenó el Gobierno de halcones que defendían la necesidad de bombardear Irán, el discurso compaginó la épica de una guerra tan asimétrica que se enfrentan dos potencias nucleares a uno de los países más sancionados y aislados del mundo, con la exigencia de apoyo de los aliados. Desde el 28 de febrero, Estados Unidos, generalmente utilizando memes e imágenes de explosiones acompañadas de tomas de películas o series de televisión en un intento de crear un videojuego regado de testosterona, ha insistido en que la guerra está ganada, Irán ha sido “decapitado”, destruido y jamás podrá recuperarse. Sin embargo, a esa épica de la guerra de agresión se han sumado dos exigencias a los aliados: la OTAN ha de intervenir para reabrir el estrecho de Ormuz, cerrado en represalia al ataque, y los países árabes han de correr con parte del coste de la operación de su defensa. La disonancia cognitiva entre la épica de la victoria, que Trump ha proclamado repetidamente desde el 5 de marzo, y las muestras de histeria por no conseguir apoyo directo de los aliados de la OTAN ha marcado esta semana, en la que, al más puro estilo trumpista, se han producido amenazas tanto a aliados como a enemigos.
Ayer, un bombardeo destruyó el Instituto Pasteur de Teherán, una institución de 1920, referencia regional en investigación sanitaria y clave en el desarrollo de vacunas. Devolver al país a la edad de piedra no solo implica la destrucción de la industria militar, la del acero, los puentes de Teherán, las infraestructuras petrolíferas y, quizá, las centrales de producción eléctrica, sino incluso hospitales, clínicas dentales, orfanatos, universidades e instituciones de investigación de salud. Destruir un país implica también acabar con sus infraestructuras. Ayer, Donald Trump se jactaba de la destrucción del puente más grande de Irán -aún en construcción- aportando un vídeo con las enormes explosiones que lo provocaron.
Frente a las constantes referencias de Trump a la victoria aparentemente ya lograda, al cambio de régimen que solo existe en su imaginación y a los moderados nuevos líderes -también inexistentes-, Irán ha respondido con drones, misiles y un discurso provocador con el que intenta dejar claro que, aunque los daños son masivos, el país se mantiene firme. Si para Irán Trump solo tiene bombas, para sus aliados reserva la humillación. El martes, Pete Hegseth se burló de la armada británica, joya de la corona para la tradicional potencia que durante siglos controló los mares a su antojo. El miércoles, Trump simuló acento francés para hacer lo propio con el presidente francés que, ofendido, respondió que las palabras “ni son elegantes ni están a la altura”. “Llamé a Francia, a Macron, cuya esposa lo trata extremadamente mal y él todavía se está recuperando del golpe en la mandíbula”, afirmó para posteriormente añadir que “le dije: Emmanuel, nos encantaría tener algo de ayuda en el Golfo, incluso aunque estemos batiendo récords eliminado a terroristas y derribando misiles balísticos. Nos encantaría contar con esa ayuda”. Estados Unidos, que enmarca su ataque ilegal e inmoral en la lucha contra el terrorismo o la proliferación nuclear indistintamente y siempre sin ningún argumento sólido, no puede explicar tampoco por qué necesita la asistencia de ejércitos de los que se ha mofado en el pasado o se burla en el presente. “Eso podría hacerse una vez la guerra haya sido ganada”, respondió en la imaginaria conversación con Trump Emmanuel Macron, a lo que el presidente de Estados Unidos afirma haber añadido que “después de la guerra no me hará falta, Emmanuel”. En realidad, es entonces cuando Estados Unidos podría hacer verdadero uso de los aliados europeos y parte de la errática táctica norteamericana cobraría algo de coherencia.
El objetivo de Estados Unidos es destruir a Irán como Estado capaz de retar su hegemonía en una región del mundo en la que se produce una parte importante de la energía que mueve la economía actual. La destrucción física de la capacidad militar, industrial y científica busca condenar a Irán a la pobreza. La perpetua amenaza de nuevos bombardeos israelíes -para Tel Aviv, el objetivo es crear un nuevo Líbano, fácil de bombardear sin resistencia- obliga a una inversión militar que limita el desarrollo civil y la posibilidad de apoyar a aliados en otros países de Oriente Medio. Sin embargo, como ha demostrado, una parte de la disuasión de Irán es económica y se basa en su control sobre el estrecho de Ormuz. Donald Trump ha dejado claro que considera que el estrecho se reabrirá automáticamente cuando cese la guerra, pero parece aspirar a crear una coalición de voluntarios que mantenga el control, arrebatando así una herramienta que ha resultado básica para Irán a la hora de responder a una guerra incomparablemente más asimétrica que la que Ucrania -de la mano de sus aliados europeos y, hasta 2024, Estados Unidos- lucha contra Rusia.
Un indicio de que la ira que estos días están mostrado Donald Trump, Pete Hegseth, JD Vance o Marco Rubio hacia los aliados de la OTAN es una forma de presión para conseguir que los países europeos se hagan cargo y corran con los gastos de una misión permanente que ejerza de fuerzas de ocupación marítima para el control de Ormuz es el modo con el que Estados Unidos está utilizando la guerra de Ucrania para su beneficio. En una entrevista concedida a The Telegraph y publicada el miércoles, Trump afirma estar “considerando seriamente salir de la OTAN”, una declaración que hizo saltar todas las alarmas y que ya ha provocado el anuncio del próximo viaje de Mark Rutte a Washington para reparar una relación cada vez más dañada entre los aliados a uno y otro lado del Atlántico. Las exigencias de Trump no solo no han recibido la ayuda que esperaba, sino que cada vez son más los países europeos que le niegan el espacio aéreo a Estados Unidos para sus vuelos hacia Oriente Medio (España. Italia, Francia, Austria). “Tendremos que reevaluar si la OTAN está cumpliendo su propósito o si se ha convertido en una calle de sentido único donde Estados Unidos simplemente está en posición de ayudar a Europa, pero cuando necesitamos la ayuda de nuestros aliados, nos niegan los derechos de bases y de sobrevuelo”, se ha quejado Marco Rubio.
Trump, que como presidente ha de ser consciente de que no tiene capacidad de decidir personalmente la retirada de Estados Unidos de la OTAN, para lo que necesitaría del Congreso unos votos que no podría obtener, utiliza esta amenaza para lograr concesiones de sus aliados, a los que hace unos días habría lanzado una advertencia incluso más seria. Según Financial Times, “Donald Trump amenazó con dejar de suministrar armas a Ucrania para presionar a los aliados europeos a que se unieran a una «coalición de voluntarios» con el fin de reabrir el estrecho de Ormuz”. El artículo añade que Estados Unidos habría amenazado “con suspender los suministros a PURL, la iniciativa de la OTAN para la adquisición de armamento destinado a Ucrania financiada por los países europeos”. Desde el inicio de las negociaciones con Rusia y la retirada de Estados Unidos como proveedor de asistencia militar a Ucrania, el principal temor de los países europeos ha sido que Washington dejara de poner el complejo militar industrial norteamericano al servicio de las adquisiciones europeas para poder seguir sosteniendo la guerra común contra Rusia. La falta de acceso a armas como los misiles PAC-3 para los sistemas Patriot minaría seriamente las posibilidades de Ucrania de seguir luchando con garantías y posiblemente obligaría a los países europeos a tener que cruzar su verdadera línea roja: negociar con Rusia.
Ante el peligro de que se cumplieran los peores temores de los países europeos “y a instancias del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, un grupo de países —entre los que se encontraban miembros clave de la alianza como Francia, Alemania y el Reino Unido— emitió el 19 de marzo una declaración acordada a toda prisa en la que se afirmaba: «Manifestamos nuestra disposición a contribuir a los esfuerzos pertinentes para garantizar el paso seguro por el estrecho»”, explica Financial Times. “La declaración se redactó rápidamente y otros países se sumaron después, ya que no hubo tiempo suficiente para invitar a todos a firmarla de inmediato”, afirma una de las fuentes del artículo, explicando por qué, con el tiempo, más países han ido sumándose a una declaración que ha hecho desaparecer, al menos aparentemente, el peor escenario. Con un documento que puede entenderse como el compromiso futuro de intervención aliada en Ormuz -ejerciendo para Estados Unidos el control por proxy el aislacionismo intervencionista que subyace de la Estrategia de Seguridad Nacional-, Trump se limita ahora a la amenaza vacía de un abandono de la OTAN que sabe que no es posible. Los países europeos respiran aliviados por el momento, la guerra de Ucrania seguirá teniendo armas a su disposición.
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