“Putin no ha logrado sus objetivos principales. Quería capturar Donbass y asegurar el reconocimiento de los territorios ocupados como rusos. Ese era su objetivo fundamental: la ocupación total del este de Ucrania”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky pese a saber que nunca fue así. Como miembros de la delegación negociadora ucraniana han confirmado en repetidas ocasiones, el verdadero objetivo ruso era alcanzar el compromiso de neutralidad. En noviembre de 2023, David Arajamia, que había encabezado el equipo diplomático ucraniano en Estambul -y que ahora participa también en las negociaciones trilaterales entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania- afirmó que la cuestión de la OTAN era el elemento esencial de las exigencias del Kremlin, que hasta el final mantuvo la esperanza de que Kiev firmara el documento que se había negociado durante meses. Las palabras de Arajamia fueron tan contundentes que Vladimir Medinsky, que había liderado la parte rusa de la negociación y había alcanzado con su homólogo ucraniano el preacuerdo finalmente fallido de Estambul en 2022, tuvo que recordar que, además de la cuestión de la seguridad, también la liberación de Donbass era una obligación para Rusia.
El discurso del líder de la delegación ucraniana en Estambul confirmaba que las ambiciones imperiales rusas en las que tanto se ha insistido estos años eran inexistentes. El verdadero objetivo ruso era detener la expansión de la OTAN hacia sus fronteras en un país tan importante y miliarmente potente -al contrario que Finlandia- como Ucrania. Apenas un mes antes, también el exsecretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg, comentó que “el presidente Putin declaró en el otoño de 2021, e incluso envió un borrador de tratado que querían que la OTAN firmara para prometer no más ampliación de la OTAN. Eso es lo que nos envió y ese era un prerrequisito para no invadir Ucrania”. La arquitectura de seguridad siempre fue el principal motivo y primera exigencia de Rusia, que ante el fracaso de su primera ofensiva y del plan B de la negociación, adoptó el plan C: reclamar el territorio bajo su control a modo de castigo a Kiev por no haber rechazado una oferta, la de Estambul, que consideraban generosa y advertir de que las sucesivas negociaciones implicarían términos más draconianos.
Por aquel entonces, Zelensky y sus aliados europeos y estadounidenses preparaban en Wiesbaden la contraofensiva que debía romper el frente, poner en peligro el control de Crimea y obligar a Rusia a negociar entre la espada y la pared, una esperanza que las capitales europeas no han perdido. Declarando que Ucrania podía tomar el “territorio antes que a la población”, el presidente ucraniano imaginaba un futuro en el que se planteaba que “si tomamos Donbass, esa gente vive ahí desde hace diez años, vive en un espacio diferente y este es un proceso largo. Puede ser diferente. Creo que es más difícil con Donbass. Mis socios me dijeron una vez que será casi imposible recuperar Crimea y que sería muy difícil recuperar Donbass. Pero, en mi opinión, si hablamos de la población, porque los territorios se recuperan con la población, si la población no quiere, será muy difícil”. El toque de supremacismo occidental, la percepción de superioridad de las armas occidentales sobre las rusas y la subestimación de Rusia como un país incapaz de adaptarse a las nuevas circunstancias hizo que Zelensky, Blinken o Macron dieran por hecho el éxito de la futura contraofensiva y pasaran ya a pensar en qué hacer tras esa victoria que no iba a llegar.
Tras meses de preparar una defensa de la que se habían burlado todo tipo de analistas y expertos occidentales, Rusia resistió y recuperó la iniciativa del frente, consolidando sus exigencias territoriales y, ya sin abandonar la táctica de la guerra de desgaste, ha ido avanzando poco a poco en el frente principal, el de Donbass. Ayer, por segunda vez en esta guerra, Rusia anunció que todo el territorio de Lugansk se encuentra bajo su control. Totalmente ignorado al ser más pobre y, por lo tanto, menos interesante para el Estado ucraniano, el oblast ha sido el único lugar en el que, en febrero de 2022, Rusia obtuvo un avance relevante sin necesidad de luchar y solo encontró resistencia al llegar a las dos ciudades que habían actuado de centro del Gobierno ucraniano, Severodonetsk y Lisichansk. Meses después de obtener el control de todo el territorio, el avance relámpago de Ucrania en Járkov obligó a Rusia a replegarse y perder parte del territorio ganado. Lejos del interés mediático, que incluso en 2014 y 2015 fue limitado, el territorio de Lugansk ha sido escenario de batallas cuerpo a cuerpo por las escasas localidades aún bajo control ucraniano y especialmente por los bosques, escenario de la lucha entre el ejército ruso y las tropas de, entre otros, la brigada Azov de la Guardia Nacional, viejos conocidos de los primeros años de la guerra.
El anuncio de ayer es un pequeño paso más hacia la consecución de un objetivo, la captura de todo Donbass, que el Kremlin plantea ahora como su prerrequisito para la paz ante la certeza de que el que fuera prioritario, evitar la presencia de la OTAN en Ucrania, parece ya una utopía. Pero, ante todo, los avances en Donbass pretenden demostrar que el objetivo ruso de obtener todo Donbass ha dejado de ser una exigencia maximalista. Rusia es consciente de que puede permitirse seguir luchando hasta conseguir lo que busca, mientras que no hay a medio o incluso largo plazo posibilidad alguna para que Ucrania pueda aspirar a recuperar su integridad territorial o incluso para volver a las fronteras de febrero de 2022. Esa es, a día de hoy, la herramienta de presión con la que cuenta Rusia, a la que hay que sumar el desinterés de Donald Trump por retirar la exigencia de acuerdo con Moscú para activar las garantías de seguridad pactadas por Washington y Kiev.
La consecuencia es un nuevo intento político de Zelensky de utilizar su presencia mediática para denunciar lo que percibe como una presión conjunta de Rusia y Estados Unidos. “Moscú ha dado a Kiev dos meses para retirarse de la región de Donbás o enfrentarse a nuevas exigencias en las negociaciones de paz, según declaró el presidente Volodymyr Zelensky el 31 de marzo. Rusia está dando a entender a Estados Unidos que podría tomar la región por la fuerza en ese plazo y que, a continuación, exigiría «condiciones diferentes» en las negociaciones, declaró Zelensky a los periodistas en la cumbre de Bucha. «Me sorprende que alguien pueda creer esto», comentó el presidente. Afirmó que Rusia no puede tomar el Donbás por la fuerza en dos meses y que, por lo tanto, está ejerciendo presión en las negociaciones”, afirmaba esta semana Axios, que reflejaba unas acusaciones del presidente ucraniano que no se corresponden con las declaraciones de Moscú o Washington y que casualmente coinciden con una semana en la que Ucrania disfruta de visibilidad mediática. “En cuanto a los dos meses, la cuestión no es de dos meses. Zelensky debería tomar hoy la decisión de que las fuerzas ucranianas abandonen el territorio del Donbás. Y que se retiren más allá de las fronteras administrativas de la República Popular de Donetsk”, respondió Dmitry Peskov, confirmando nuevamente la exigencia, pero negando la fecha límite inventada por Zelesnky.
Es evidente que Rusia no ha conseguido sus objetivos en esta guerra. En 2022, Rusia priorizaba la cuestión de la seguridad al territorio y estaba dispuesta a abandonar todos sus avances más allá de Donbass para lograr el compromiso de neutralidad de Ucrania. Imposible entonces, ese objetivo es aún menos factible actualmente, ya que Ucrania ha logrado de sus aliados las garantías de seguridad que le negaron hace cuatro años. A punto de conseguir lo que lleva años buscando, un paraguas de seguridad bajo el que actuar con impunidad y exigir a Rusia la devolución de territorios, Zelensky presiona en busca de apoyo para imponer aún más presión a Moscú y no tener que ceder en la cuestión territorial. En ello, el presidente ucraniano cuenta con el apoyo incondicional de los países europeos, pero choca con la postura de Estados Unidos, que persiste en su percepción de que las concesiones territoriales son la vía para lograr el acuerdo con Rusia con el que espera desentenderse del día a día de la guerra de Ucrania y dejar en manos de países como Alemania, Francia o el Reino Unido la gestión de la posguerra. Cada vez más enfrentado con sus aliados europeos de la OTAN, es improbable que Zelensky pueda conseguir el cambio de postura de Donald Trump, sorprendentemente consistente en la percepción de que el control de Donbass, donde comenzó la guerra hace doce años, es el elemento que puede lograr la paz en Europa.
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