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Armas, Corrupción, Estados Unidos, Rusia, Ucrania, Zelensky

Deseos

Esta semana extraña, marcada por las protestas contra Zelensky en defensa de las instituciones anticorrupción impuestas desde el extranjero y utilizadas para ejercer control político, ha sido también un buen reflejo del choque entre realidades y deseos, que las diferentes partes de los diversos conflictos que confluyen en Ucrania han puesto de manifiesto, evidenciando la lejanía de la resolución de los diferentes problemas. Con sus actos, entregando al Parlamento una propuesta de ley que garantizaba la ira de los países proveedores y la respuesta del sector de la sociedad civil vinculado a los flujos económicos de las organizaciones afines a ellos, Zelensky demostró su deseo de limitar el control externo de ciertos -no todos, ni siquiera la mayoría- aspectos del funcionamiento del Estado ucraniano. En esta ocasión, no ha sido suficiente alegar injerencia rusa, argumento habitual en las disputas internas en Ucrania, ya que el otro lado ha utilizado exactamente el mismo argumento.

En una rutina que se ha repetido desde la victoria de Maidan, el SBU acusaba a investigadores y miembros clave de la agencia y la fiscalía anticorrupción de trabajar para Rusia, mientras que los manifestantes hacían lo propio con el Servicio de Seguridad de Ucrania, una forma de sugerir que también el Gobierno tiene algo que esconder. Siguiendo la línea marcada por las protestas de Georgia contra el resultado de las últimas elecciones, acusaban a Zelensky de haber aprobado una ley que hacía de Ucrania un país similar a Rusia y añadían infiltración rusa en el SBU, una alegación irrisoria teniendo en cuenta la cercanía de los dos servicios secretos ucranianos al Reino Unido y Estados Unidos. Contra las cuerdas, el equipo de Zelensky ha necesitado una solución que combine recuperar las medidas que se le exigen con hacer parecer que no ha vuelto atrás, intentando así evitar una imagen de debilidad. La nueva ley que el Parlamento votará la semana que viene devuelve a las instituciones anticorrupción su independencia -es decir, la dependencia de los países occidentales y sus representantes en el país-, pero incluye medidas para garantizar que no haya infiltración rusa. Sin muchas medidas posibles que incluir para luchar contra una injerencia rusa que no existe, Zelensky se ha aferrado a una técnica desacreditada como método de investigación, el polígrafo, para imponer la obligación de pasar esa prueba periódicamente aquellas personas de las que se sospeche afinidad por Rusia o tengan familiares en el país vecino.

Los deseos de Zelensky y Ermak no se han cumplido y las manifestaciones han continuado a pesar de la evidente derrota del Gobierno en este tosco intento por consolidar aún más su poder y poner a su disposición una serie de instituciones que han sido utilizadas para la venganza política entre clanes. “Nunca hemos incurrido en persecución política”, afirmó Oleksandr Klimenko, jefe de la Fiscalía Especializada Anticorrupción que Zelensky trató de poner bajo control de su Fiscalía General. Pero a las alegaciones de limpieza de una institución que no ha dado resultados relevantes en la lucha anticorrupción, el fiscal añadió que “analizaremos todas las situaciones, eventos, declaraciones, acusaciones y denuncias contra nosotros. Hasta el último detalle”. Es difícil no ver en esos comentarios una voluntad de devolver el golpe que el Gobierno, por medio de los diputados del partido del presidente y los de Yulia Timoshenko, ha querido dar. El temor a represalias es precisamente uno de los motivos por los que, según Financial Times, docenas de diputados de la facción presidencial amenazan con negarse a apoyar la nueva ley. “La gente teme ser procesada injustamente como venganza”, afirma el medio citando a un “alto cargo de la facción parlamentaria de Zelensky”, quizá incluso David Arajamia, uno de los señalados esta semana como posibles investigados por la agencia anticorrupción.

Las dificultades para Zelensky y su entorno más cercano no se limitan a la demostración de fuerza de la oposición liberal-nacionalista que el Gobierno intenta cerrar rápidamente con la esperanza de centrarse de nuevo en el discurso de unidad y lucha contra el enemigo externo, Rusia, y el interno, cualquier tipo de oposición a la que suele acusarse también de ser Rusia. “Occidente debería levantar la moratoria de críticas a Ucrania”, afirma en su editorial del viernes Evropeicheskaya Pravda, uno de los medios más proeuropeos de Ucrania, financiado, como no podía ser de otra manera, desde el extranjero. En el texto, que justifica la necesidad de moderar las críticas durante las primeras fases de la guerra para no dar argumentos a Rusia y centrarse en defender al país, el medio indica que “apela a las embajadas de los países occidentales y a los gobiernos de las amistosas capitales europeas a reconsiderar su aproximación”, es decir, la orden explícita de no criticar a Zelensky que afirma haber recibido de las embajadas occidentales tras la invasión rusa.

El intento de hacer desaparecer las críticas no se limita a los países occidentales, que solo han intervenido  contra Zelensky en el momento en el que el presidente ha tratado de retirarles parte de su poder y que lo han hecho intentando no hacer ruido mediático, sino que movimientos similares son evidentes también en el interior. “Zelensky quiere silenciar todas las críticas, afirma el editor de Ukrainska Pravda. La presidencia también ha desarrollado un plan para sancionar a Dragon Capital, el propietario de Ukrainska Pravda, lo que podría obligarlo a una adquisición hostil por parte de aliados del presidente a causa de la falta de fondos, según informaron a The Times fuentes diplomáticas europeas”, escribe esta semana el diario londinense, uno de los pocos que en estas semanas de campaña mediática contra Andriy Ermak, había abierto las páginas de su influyente medio para dar a la mano derecha del presidente ucraniano un altavoz para colocar su mensaje.

El deseo de lograr el retorno al statu quo anterior al estallido de las protestas de esta semana parece complejo, especialmente porque Zelensky ha cometido el error de irritar a sus aliados europeos -posiblemente por exceso de confianza- y tendrá que convivir a partir de ahora con la posibilidad de que se produzca una oposición interna cuyo principal peligro son sus conexiones internacionales. Es más factible que le sean concedidos sus deseos relacionados directamente con la guerra.

Aunque nunca ha habido riesgo de que este conflicto se quede sin financiación para la batalla o sin armas con las que librarla, la cantidad prometida nunca va a ser suficiente para Ucrania, siempre dispuesta a exigir aún más a sus aliados y proveedores. Apenas unas horas después de que Estados Unidos anunciara la venta de sistemas de defensa aérea y blindados por valor de 322 millones de dólares, armamento que está destinado a Ucrania y que es solo el primero de los muchos que van a producirse en los próximos meses, Volodymyr Zelensky ampliaba sus exigencias a 6.000 millones de dólares para aumentar la producción de drones interceptores y 25.000 millones al año para la producción de misiles y sistemas de guerra electrónica.

“Para asegurarse financiación adicional, el líder ucraniano está trabajando con oficiales estadounidenses y europeos, entre ellos el presidente francés Emmanuel Macron, el secretario general de la OTAN Mark Rutte y el primer ministro británico Keir Starmer”, explicaba ayer The Kyiv Indeendent. El coste de la lista de deseos de Volodymyr Zelensky asciende a 65.000 millones de dólares anuales que tendrían que ser costeados por los países europeos. El presidente ucraniano confía en que, como eje central de la política exterior de la Unión Europea, la OTAN y el Reino Unido, la guerra proxy contra Rusia en Ucrania es tan importante que sus aliados europeos responderán a la súplica. Todos ellos, el secretario general de la OTAN, los líderes de Francia y el Reino Unido y el presidente ucraniano, comparten la idea del rearme masivo de Ucrania, ya sea para la continuación de la guerra o, en el remoto caso de un acuerdo de paz o el algo más probable alto el fuego, para una posguerra armada en la que el conflicto contra Rusia se perpetúe como punto avanzado de la disputa continental.

En este sentido, la voluntad de Ucrania es lograr que Rusia tenga que ceder y acepte, como afirma el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía que hará próximamente, una reunión a cuatro de los presidentes Erdoğan, Putin, Trump y Zelensky. El deseo es lograr un pacto que imponga el alto el fuego desde arriba para posteriormente trabajar los detalles, una opción Minsk con la que consolidar el conflicto eterno sin intención de llegar a una resolución definitiva, ya que implicaría una serie de concesiones que Ucrania no está dispuesta a realizar. Como en todo lo demás, también para conseguir ese modelo de proceso de negociación, Zelensky depende del apoyo de sus socios extranjeros.

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