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El retorno de los halcones

“Hola, disculpen las molestias, pero ¿han oído algo sobre Taurus y esas sanciones tan severas? Avísenme, gracias”, escribió ayer el ofendido exministro de Asuntos Exteriores de Lituana Gabrilius Lansbergis, que en sus redes sociales se presenta a sí mismo como “consultor de gestión de escalada”, evidentemente no deportiva sino política. Esa era su reacción al doble ataque ruso con misiles y drones que ha causado serios daños en Ucrania y ha puesto en evidencia las dificultades del país para proteger sus infraestructuras incluso en la capital, antes mucho más férreamente protegida. En la misma línea se ha mostrado Andriy Ermak, que escribió que “el enemigo no se detendrá y seguirá luchando: esto se puede detener con duras sanciones y deteniendo su complejo militar-industrial y ciertamente no ignorando el problema ruso”. Sin necesidad de decirlo abiertamente, el jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania busca armamento para atacar la industria militar rusa, aspiración ucraniana desde hace más de un año. La idea no funcionó y los misiles de largo alcance y el permiso para su uso contra territorio ruso fueron tan decepcionantes que nadie actualmente se plantea esa opción como solución. Quienes insisten en la vía militar no están ahora centrados en formas de ataque sino en potenciar la defensa, signo del estado actual de la guerra.

Mientras no haya un acuerdo a la vista, incluso quienes patrocinan el esfuerzo diplomático tienen en cuenta el factor militar, eso sí, en términos defensivos. Hace unos días, en una comparecencia en el Senado, el secretario de Estado Marco Rubio admitía la escasez de sistemas Patriot y que Washington trabaja para buscar entre sus países aliados posibles donaciones de armamento y munición. En Estados Unidos, alegaba, “simplemente no tenemos más”. Las presiones a países miembros de la OTAN, entre ellos, por ejemplo, España, Turquía y Rumanía, para que entregaran algunos de sus Patriots para la defensa de Ucrania no son nuevas, pero adquieren ahora una mayor prioridad. Pese a las palabras de Rubio, es evidente que, a día de hoy, no hay planes en Estados Unidos para comprometer cantidades multimillonarias para una guerra en la que ni el Pentágono ni el actual liderazgo político creen que Ucrania puede conseguir una victoria decisiva.

A la clara escasez de material de defensa aérea, evidente ante las crecientes dificultades de Ucrania para responder a los ataques con drones, que actualmente están siendo capaces de alcanzar sus objetivos con una mayor facilidad, se unen las mejoras que Rusia ha realizado, según la propia aviación ucraniana, en sus misiles. Tras el ataque del sábado, que había sido anunciado como represalia al intento ucraniano de paralizar los aeropuertos de los alrededores de Moscú a base de cada vez más docenas de drones, Yuti Ignat, jefe del Departamento de Comunicaciones del Mando de la Fuerza Aérea, afirmó que Rusia ha modernizado sus misiles balísticos Iskander para dificultar que los sistemas de defensa aérea puedan derribarlos. Según Ignat, Rusia ha instalado “trampas de calor” y sistemas para que los misiles puedan “maniobrar al impactar sobre el objetivo”. El resultado es que incluso exagerando los éxitos, el porcentaje de misiles derribados que alegó Ucrania el sábado no alcanzara el 50%, está muy lejos de las triunfalistas interceptaciones de antaño.

Según Bloomberg, los países europeos están discutiendo la compra de armas de Estados Unidos y su transferencia a Ucrania si Trump rechaza seguir financiando a las Fuerzas Armadas de Ucrania. Para continuar o recrudecer la guerra en caso del fracaso de la diplomacia o para crear las condiciones de paz armada en caso de un acuerdo, los países europeos precisan de enormes cantidades de armamento y munición que no siempre son capaces de producir y tendrán que adquirir en el mercado, fundamentalmente el estadounidense. En la Europa que se rearma y duplica el gasto militar, la financiación de la guerra o de una posguerra centrada en perpetuar el conflicto político con Rusia no van a ser un problema, pero la inexistencia de autonomía estratégica o militar deja al continente a merced de la voluntad de Estados Unidos. Por eso, convencer a Donald Trump de la culpabilidad rusa en la guerra, de la falta de voluntad de Vladimir Putin de llegar a un acuerdo o de la necesidad de una resolución de la guerra que haga imposible mantener una relación normalizada con la Federación Rusa son una prioridad ahora mismo.

Frente al exagerado optimismo que mostró la semana pasada en las redes sociales Donald Trump -tanto tras su conversación con Vladimir Putin como con el anuncio del inicio del proceso de intercambio de prisioneros, que se completó ayer-, las palabras del presidente de Estados Unidos en la llamada a seis de la semana anterior han causado cierta esperanza en los países europeos. Según su interpretación, que la Casa Blanca niega, Trump no solo afirmó que “Vlarimir Putin siente que está ganando la guerra”, sino que “no quiere la paz”. Ese mensaje de crítica al presidente ruso que los países europeos quisieron entender de las palabras de Trump se suma a la adhesión estadounidense al duro comunicado de esta semana del G7, en el que el grupo de países más industrializados del planeta (en los años 70) condenó la agresión rusa y exigió el mantenimiento de las sanciones y de la incautación de los activos rusos congelados en la UE hasta que termine el conflicto y Rusia haya compensado a Ucrania por las pérdidas en la guerra. Los tumbos que sigue dando la administración Trump son fruto de la incapacidad para resolver un conflicto más complejo de lo que esperaba y también de la estrategia de incentivos y alicientes que los países europeos intentan ahora aprovechar en su beneficio.

En paralelo a la búsqueda de financiación propia para adquirir armamento, Londres, París y Berlín continúan realizando una agresiva labor de grupo de presión en busca de la aplicación, siempre sin mencionarlo, del plan Kellogg-Fleitz. La propuesta, ignorada en el momento en el que se publicó por ser considerada excesivamente equidistante, es ahora el principal argumento para convencer a Donald Trump de que la vía correcta para obligar a Rusia a negociar la paz es el aumento del suministro de armas a Kiev. Esa opción sigue siendo viable, ya que la administración Trump sigue dando bandazos en su posición sobre la guerra, la voluntad de Rusia, las propuestas de resolución y, más generalmente, qué hacer con Ucrania en el futuro.

Mientras el establishment político se centra en intentar mantener el apoyo estadounidense y garantizar que Ucrania disponga de material suficiente para mantener el statu quo, sectores más radicales vuelven a aumentar la presión para lograr una nueva escalada militar, económica y de sanciones como salida al bloqueo actual o al peligro de la diplomacia y la posibilidad de un acuerdo.

“Hace once semanas se reunió una «coalición de voluntarios» para debatir lo que estaban dispuestos a hacer. Lo más destacado de sus avances hasta la fecha:

  • Macron tuvo que recordar a sus colegas que los países soberanos no necesitan el permiso de Putin para desplegar tropas en Ucrania.
  • Polonia se opuso de todos modos al despliegue de tropas.
  • Merz dijo que [la entrega de misiles] Taurus estaba sobre la mesa, y luego lo retiró.

Se tomó la decisión de lanzar un ultimátum de alto el fuego, pero luego se decidió no aplicarlo. Esto se debió quizás a que nadie tenía un plan para hacerlo cumplir, lo que plantea dudas sobre la conveniencia de emitirlo”, escribió el exministro de Asuntos Exteriores de Lituania Gabrilius Lansbergis, uno de los muchos halcones del uso de la vía militar como única salida posible al conflicto ucraniano que han vuelto a emerger con fuerza esta última semana en la que el peligro de la diplomacia se ha compaginado con un aumento de los ataques con drones (aunque solo se haya fijado en los rusos y no en los ucranianos).

Esta tendencia se une a otra ya existente y que vuelve a insistir, pese a que todas las evidencias lo niegan, en que la suerte de Rusia se acaba. Ahora que las tropas rusas vuelven a avanzar en la parte más fortificada de Donetsk, el frente más defendido de Ucrania, Foreign Policy afirma, por ejemplo, en que “el ejército ruso se estanca mientras aumentan las muertes y bajas” en un artículo en el que proclama que “Rusia ha empezado a perder la guerra”. Mientras tanto, otra de las noticias de la semana ha sido la dificultad que está encontrando Volodymyr Zelensky para llevar a cabo su propuesta estrella de infraestructuras: un macrocementerio. A pesar de que Rusia dispone de más prisioneros de guerra, devuelve decenas de cuerpos de soldados muertos más de los que recibe de Ucrania y se habla de nuevas direcciones de ofensivas, parte de la prensa proclama que la oportunidad de Ucrania es ahora.

“«Rusia no es capaz de tomar ningún terreno, y esta es la situación más o menos desde el final de la contraofensiva ucraniana» en 2023, dijo el funcionario ucraniano. «A pesar de que siguen teniendo una superioridad de tres a uno en número de tropas -y puede que incluso mayor en términos de sistemas [de armas]-, sigue sin ser suficiente»”, afirma en un artículo cuyas fuentes son ucranianas o de think-tanks proucranianos, The Washington Post. Increíblemente teniendo en cuenta la cantidad de recursos empleados y las pérdidas incurridas, Ucrania continúa intentando presentar su contraofensiva como una victoria y resta valor al territorio capturado por Rusia desde entonces, un avance importante en la parte clave del frente, la región de Donetsk.

Solo desde ese autoengaño es posible creer que “la fuerza de Rusia en el campo de batalla en Ucrania ha comenzado a disminuir y podría encontrarse con una grave escasez de mano de obra y armamento para el próximo año, incluso cuando el presidente Donald Trump retrocede en la presión sobre Moscú para poner fin a la guerra, según altos funcionarios estadounidenses y europeos y expertos militares” sin caer en la cuenta de que cada uno de los problemas que se adjudican a Moscú son más graves en Kiev. Los radicales vuelven a la carga, obvian la realidad y apelan a los tópicos más habituales de esta guerra -como las inmensas bajas rusas, siempre ignorando las bajas ucranianas y las quejas de sus comandantes en el frente, que denuncian falta de personal y de tareas que se realizan a costa de enormes pérdidas humanas-, siempre para exigir lo habitual: un esfuerzo más de asistencia militar a Ucrania ahora que es el momento adecuado. Cabría preguntarse el momento adecuado, ¿para qué?, y es que ninguno de los artículos que recientemente abogan por la asistencia militar masiva a Ucrania es capaz de plantear qué esperan que Kiev pudiera conseguir con una nueva ofensiva. Y quizá ese sea el dato más representativo de este discurso.

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