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Geopolítica de las sanciones

La energía ha sido, desde que comenzó la intervención rusa en Ucrania, uno de los temas prioritarios de la agenda política tanto de Kiev como de sus socios occidentales. Después de años de exigir a Gazprom contratos de larga duración para el tránsito de gas ruso a través del sistema ucraniano y de denunciar como chantaje el ya repudiado gasoducto Nord Stream-2, Kiev exige ahora que se produzca de forma inmediata un embargo del gas y del petróleo ruso.

En el tiempo transcurrido desde el inicio de la intervención militar rusa, la inesperada fortaleza del rublo y la ausencia de un embargo formal han permitido un aumento de los ingresos rusos, un buen colchón para Moscú y un problema para Kiev y sus aliados. Estados Unidos, con la seguridad de saber que ni el gas ni el petróleo rusos son vitales para su economía, impuso ya un embargo al petróleo ruso. Sin embargo, mucho más vulnerables ante la pérdida de unos recursos energéticos que sí son clave, varios países de la Unión Europea o se resisten a imponer ese embargo o buscan la forma de amortiguar el golpe. Más abierto que otros países a vocalizar sus preocupaciones, Hungría ha dejado claro que las formas propuestas por la Unión Europea no garantizan su seguridad energética, algo evidente y que no precisa de argumentos ideológicos sino puramente económicos.

Pero Hungría no es el único país afectado y un embargo al gas y petróleo ruso tiene una serie de implicaciones que van más allá de los efectos a corto plazo. De ahí que las dificultades estén siendo más duras de lo inicialmente previsto por Úrsula Von der Leyen. Así lo reflejaba ayer Boris Rozhin, Colonel Cassad:

Aparentemente, la campaña de propaganda “Mañana todos juntos renunciaremos totalmente al gas y petróleo ruso” ha chocado con la realidad. Y si Hungría dijo inmediatamente que es imposible y que habría que dejar de hablar de este tema, la lógica política ha obligado a la burocracia europea a aparcar el tema de un embargo completo.

Sobre el gas, ya se ha explicado abiertamente que es físicamente imposible abandonarlo ahora (las empresas alemanas han repetido que el embargo sería un tiro en el pie para la economía alemana y, sobre el gas, que sería un tiro en la sien). En cuanto al petróleo, incluso en caso de un embargo total (que es improbable), solo causará un daño limitado a Rusia, que simplemente venderá más petróleo, no en “blanco” sino en gris y en forma de varias tramas, que recuperaría las pérdidas por el aumento general del precio del crudo. Al mismo tiempo, seguirá causando un daño catastrófico para la economía europea, reduciendo los estándares de vida en más de la mitad de los países de la UE.

Las propuestas de ir en bicicleta o “apretarse el cinturón” en casa son una débil advertencia para el público europeo, cuyo descontento aumenta y que será utilizado por diversos populismos y euroescépticos a medio plazo. En este sentido, la UE y la Federación Rusa se encuentran en una especie de “carrera” en la que las partes están a la espera de dónde caerá más rápido el nivel de vida y dónde se empiezan a sentir antes las consecuencias económicas de la guerra. Para Estados Unidos, por supuesto, es ventajoso que la guerra se alargue lo más posible, para poder así maximizar el debilitamiento económico tanto de la UE como de la Federación Rusa.

En caso de que no haya un embargo completo, vender petróleo en su máximo potencial (aunque sea con descuento) supone para Rusia una amortiguación financiera para superar el periodo más duro de la ruptura de relaciones con Occidente. Así que, pese a las dificultades de la introducción de un embargo de gas y petróleo, se seguirá insistiendo sobre el tema por motivos políticos. Al mismo tiempo, se intentará tener las reservas de gas y de petróleo al máximo.

Como principal cliente de las materias primas energéticas rusas, Alemania es el país de la Unión Europa que más se juega en este proceso. Las autoridades de la UE ya han demostrado estar dispuestas a luchar contra Rusia hasta el último ucraniano aunque eso suponga un fuerte aumento de la inflación y renegar de una energía barata que, sin duda, ha sido un factor económicamente importante para Rusia, pero que es clave para la competitividad de, por ejemplo, la industria alemana. Eliminar el gas y el petróleo ruso supone buscar fuentes alternativas e ideológicamente correctas, que pasan por mirar a un país escasamente democrático como Qatar en busca de gas y a Arabia Saudí o Estados Unidos, aliados en la guerra que desde 2015 amenaza a Yemen con las bombas y el hambre, en busca de petróleo. Cualquiera de los casos supone un aumento de precios y la pertinente caída de la competitividad, consecuencias que recuerdan que las sanciones contra el sector energético ruso son en realidad sanciones contra Europa, fundamentalmente Alemania, y cuyo objetivo principal es garantizar que no exista una relación económica mínimamente fluida entre el motor de la Unión Europea y Rusia. Es lo que buscan, no solo la insistencia estadounidense de un embargo a la energía rusa, sino las constantes presiones políticas y mediáticas que tratan de señalar al actual Gobierno alemán y a su canciller como un ejecutivo débil que se resiste a tomar medidas más duras.

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