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Rusia reconoce la independencia de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk

Desde que se consolidara la línea del frente con la finalización de las grandes batallas de la guerra en 2015, Donbass ha vivido una guerra de trincheras de baja intensidad que el ya fallecido comandante de la brigada Prizrak, Alexey Markov, definía como un estado de “ni guerra ni paz”. En ese contexto, eran inevitables los empeoramientos locales que se han producido periódicamente en ciertas zonas del frente y que en general han demostrado el uso político, como herramienta de presión, de los bombardeos. A ello hay que añadir el efecto del bloqueo económico impuesto en 2017 -que se sumaba al bloqueo bancario de los primeros meses de la guerra-, que el candidato Zelensky prometió levantar, pero que el presidente Zelensky ha mantenido.

En este tiempo, el debate ha estado monopolizado por los acuerdos de Minsk, firmados el 12 de febrero de 2015 en la capital bielorrusa tras una negociación a cuatro en la que participaron François Hollande, Angela Merkel, Petro Poroshenko y Vladimir Putin. A lo largo de estas semanas de intensificación de los bombardeos en Donbass y de guerra informativa sobre una posible invasión rusa de Ucrania, se ha podido leer en medios tan relevantes como The Washington Post, The New York o Foreign Policy una visión de los acuerdos que los presenta como la “justicia del vencedor”, una forma de desestabilizar Ucrania, una trampa en la que Ucrania no debería caer.

En los siete años transcurridos desde la firma de los acuerdos por parte de los entonces líderes de la RPD y la RPL y Leonid Kuchma en nombre de Ucrania, todas las partes han repetido hasta la saciedad que Minsk era la única salida posible al conflicto. Pero si han sobrevivido, perpetuamente incumplidos y sin posibilidad alguna de implementarse realmente, ha sido fundamentalmente por la obstinación de Rusia, cuya paciencia no se ha acabado hasta estas últimas semanas. Sin embargo, el interés de Ucrania por reescribir los acuerdos para evitar los puntos políticos más importantes -un estatus especial para Donbass garantizado por la Constitución y la negociación directa con Donetsk y Lugansk sobre el encaje político de las regiones en Ucrania- comenzó de forma prácticamente inmediata, una vez desaparecida la presión militar que suponía la ofensiva de las milicias y el riesgo real de un catastrófico colapso del Ejército Ucraniano.

Desde ese momento, la estrategia ucraniana ha sido, tanto con Poroshenko como con Zelensky y siempre con ayuda de sus principales socios europeos, dilatar al máximo el proceso en busca de concesiones por parte de Rusia. Kiev no ha dejado de intentar lograr, por ejemplo, recuperar el control de la frontera entre Donbass y Rusia como paso previo al proceso político, en el que de ninguna manera tendrían voz las Repúblicas Populares. Como el actual ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania escribió recientemente, esa negociación ha sido y sigue siendo una línea roja para Ucrania.

Pese a que ni la administración Poroshenko ni la administración Zelensky han escondido esa postura, a lo largo de estos siete años, Rusia se ha reafirmado constantemente en su adhesión a los acuerdos de Minsk, eso sí, a esos acuerdos tal y como fueron redactados.

El cambio en la postura rusa no comienza este fin de semana, cuando la prensa rusa ha vuelto a hacer de Donbass su noticia de portada,  el país ha abierto sus fronteras a miles de refugiados y se han intensificado los bombardeos hasta niveles no vistos hace años. Bombardeos que Ucrania ha negado pese a que han sido registrados por la OSCE, que este fin de semana ha tenido que defenderse de acusaciones de haberse vuelto “pro-rusa” con la retirada de los miembros estadounidenses y británicos de la misión de observación. El cambio en la retórica rusa se remonta a unas semanas atrás, cuando el normalmente calmado ministro de Asuntos Exteriores Sergey Lavrov publicó la correspondencia diplomática con sus homólogos de Francia y Alemania, en la que quedaba claro que la postura de los socios europeos de Ucrania es proteger a Kiev de cruzar sus líneas rojas pese a suponer una violación de los acuerdos firmados.

Rusia se ha mantenido firme en su postura de defensa del proceso de Minsk hasta este mismo sábado, cuando Vladimir Putin denunció políticas genocidas por parte de Ucrania, pero seguía apelando a Kiev a sentarse a negociar con Donbass el cumplimiento de los acuerdos. Sin embargo, tras el fracaso de la última reunión de los asesores políticos del Formato Normandía, en la que las partes debían lograr una interpretación común de los acuerdos de Minsk, y el posterior empeoramiento de la situación en el frente (con una intensificación de los bombardeos constatado por la OSCE varios días antes de que este fin de semana la prensa occidental comenzara a calificar los bombardeos de “falsa bandera” rusa para justificar su intervención), Rusia ha abandonado toda esperanza de cumplimiento de los acuerdos de Minsk y de forma abrupta ha abandonado en las últimas horas una política que se remonta a septiembre de 2014, cuando se firmaron los primeros acuerdos de Minsk.

Poco después de anunciar sus intenciones a sus socios europeos del formato Normandía, Sholtz y Macron, Vladimir Putin compareció -de una forma menos ceremonial que en su anuncio de la reincorporación de Crimea en la Federación Rusa- para comunicar su decisión. Horas antes, las Repúblicas Populares habían solicitado ayuda y reconocimiento a Rusia. A lo largo del día, una reunión del Consejo de Seguridad, escenificada para mostrar unidad -y en la que solo se mostraron dos posturas: el reconocimiento inmediato o el reconocimiento en caso de incumplimiento de los acuerdos de Minsk, que todos, no solo en Rusia, daban por ya por hecho- dejó claro que la decisión era inminente. Las posturas de los ministros de Exteriores y Defensa, Sergey Lavrov y Sergey Shoigu, a favor del reconocimiento y el tenso momento pasado por Sergey Narishkin, jefe de la inteligencia exterior, que se vio obligado a rectificar tras haber recomendado reconocer las Repúblicas pero en un tiempo verbal futuro en lugar de presente, daba a entender que la decisión estaba ya tomada.

En un discurso en el que calificó de fundador de Ucrania a Lenin y constructor de la arquitectura política soviética a Stalin para, calificar a Ucrania de un país que heredó una serie de territorios rusos y polacos que no le correspondían, Vladimir Putin buscó enmarcar la decisión en el nacionalismo ruso, quizá tratando de separar su decisión de la petición de reconocimiento de la RPD y la RPL aprobada por la Duma y presentada por el Partido Comunista de la Federación Rusa. Con ello, Putin también acepta personalmente la responsabilidad de este paso. El discurso, en el que el presidente ruso prometió defender las fronteras rusas de la expansión de la OTAN, pero también castigar a quienes perpetraron la masacre de Odessa, Vladimir Putin anunció el reconocimiento de la RPD y la RPL y la firma inmediata de acuerdos de cooperación con las repúblicas de Donbass (previsiblemente en sus fronteras actuales). Un reconocimiento que se realiza según el ejemplo de Abjasia y Osetia del Sur que, frente al ejemplo de Crimea, no comporta acceso a la Federación Rusa.

Con este reconocimiento, Rusia renuncia oficialmente al proceso de Minsk, lo que libera también a Ucrania de unos acuerdos que nunca pretendió cumplir para recuperar a una población que nunca quiso recuperar, a la que ha bombardeado durante años y contra la que ha impuesto un bloqueo económico que se niega a levantar. Eso deja también a las Repúblicas de Donbass bajo la protección rusa en términos militares. Se abre así una nueva etapa de incertidumbre a nivel internacional, cuyas consecuencias se conocerán a medida que las primeras declaraciones de condena den paso a actos concretos, que previsiblemente serán en forma de sanciones.

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