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Donbass, Donetsk, DPR, Ucrania

El día del conocimiento

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El pasado miércoles, 1 de septiembre, como es tradición, comenzó en Donbass el nuevo curso escolar. Este año, se incorporan al primer curso de primaria niños nacidos ya después del inicio de la guerra, niños cuya única normalidad ha sido el estado de guerra o de “ni guerra ni paz” que impera en Donetsk y Lugansk desde que comenzó el enfrentamiento armado en 2014.

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Es 1 de septiembre y una vez más las redes están llenas de bromas sobre el Día del Conocimiento y memes sobre “los desgraciados perdedores que tienen que ir al colegio”. Qué se le va a hacer, yo misma escribe una vez un poema cómico sobre ello. Pero eso era así hasta 2014, que dividió nuestras vidas en una antes y un después.

En 2014 no sabíamos en absoluto si nuestros hijos podrían empezar el curso. En julio, nuestra familia se marchó de Avdeevka para escapar de los bombardeos y vivimos en la localidad de Melekino un mes más. Ahí, en un tranquilo pueblo de mar, los niños pudieron ir al colegio el 1 de septiembre. Nosotros, hartos de la playa, acudimos al colegio con toda la familia. Era imposible ir a la odiada playa el Día del Conocimiento. Aunque no pudimos participar, fuimos espectadores de tercera fila de la fiesta. ¡Cómo odiábamos esas tediosas colas y largos discursos de los invitados hasta entonces!

Pero mi hijo de octavo curso miraba a esos afortunados estudiantes con envidia y ya no preguntaba: ¿Cuándo vamos a volver a casa para seguir los estudios? Podría haber sido un momento de jactarse, de decirles a todos esos niños en la escuela que tenía suerte, que estaba en la playa. Pero no era una broma. Y no se sentía afortunado. No pudo ir al colegio hasta octubre, tras trasladarnos a Donetsk y empezar las clases con una semana de retraso. Ya entonces, todos nosotros, horrorizados por la guerra y por sus primeras víctimas, sentíamos que nuestros niños estaban siendo privados de algo importante. Y no podíamos hacer nada al respecto.

Aquel año, en 2014, el 1 de septiembre llegó para los estudiantes de la República el 1 de octubre. ¡Y qué fiesta fue! Con qué impaciencia lo esperaban todos ellos: profesorado, estudiantes, padres y madres. No hubo memes, no hubo bromas. Fue un signo de vida, un importante signo de vida. En la vida normal, los niños van al colegio y aquí también irían al colegio para poder aprender. No todo estaba perdido. Sobreviremos. Y se hizo con una alegría especial, con flores especialmente elegidas y camisas blancas especialmente bien planchadas.

Es probable que sintieran también la alegría general que había el 1 de octubre quienes murieron la mañana siguiente junto al recinto escolar.

Un proyectil ucraniano explotó a cinco metros del edificio de un colegio en el que en aquel momento había 238 personas, 70 estudiantes y 28 profesores. Cuatro personas murieron en el terreno del colegio, ocho personas resultaron heridas y siete de ellas fueron trasladadas al hospital. La metralla dañó las ventanas del colegio en el primer y segundo piso. Los estudiantes fueron rápidamente evacuados al sótano. Esa misma mañana, un minibús de la ruta 17 fue impactado y murieron seis personas. Un total de 40 personas resultaron heridas de diversa consideración aquel día. Fue como si con sonrisa maliciosa nos estuvieran diciendo: “No estéis felices. No tenéis futuro. Estáis condenados”.

Pero pudimos, nos levantamos. Desde entonces, para mí, el Día del Conocimiento es casi un ritual. Es sagrado, gafarlo equivale a gafar el futuro. Si este día llega sin retraso y pasa con flores y fiesta, quiere decir que la vida continúa.

Como dijo una sabia profesora de Gorlovka: “Cada estudiante recibe su vaso de leche. Si no lo recibe, es que algo malo pasa en el mundo”.

La segunda ocasión en la que el Día del Conocimiento fue pospuesto ocurrió cuando Zajarchenko fue asesinado la víspera. Donetsk parecía congelado de dolor y los residentes compraron ramos de flores el día anterior, pero no fue para el colegio, sino que los llevaron al féretro de Batya. Los niños volvieron al colegio el 4 de septiembre. No hubo fiesta, no había alegría de reencontrarse con profesores y compañeros sino un profundo sentimiento de pérdida. Nos costó mucho recuperarnos de ello y aún sigue doliendo.

Así que este día no es de broma. Es una alegría que haya escuelas, que nuestros niños puedan acudir y puedan estudiar. Es difícil explicar a quienes nunca lo han perdido el simple derecho a ponerse grandes lazos blancos en el pelo el 1 de septiembre, coger el ramo de flores que tus padres han comprado el día anterior y salir a aprender con un montón de compañeros igualmente inteligentes. Porque si te quitan ese derecho, te quitan la vida, te quitan ese vaso de leche.

Feliz nuevo curso escolar, amigos.

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