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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Ucrania

Doce minutos a la guerra

Artículo Original: Dmitry Steshin / Komsomolskaya Pravda

Donetsk sorprende a cualquiera que se precie por el hecho de que la guerra está a la vuelta de la esquina del centro de una ciudad aparentemente en paz. Doce minutos según el navegador del coche. Parece que se puede poner directamente la dirección: “Al frente”. Y responderá: “La ruta existe”. Evito la triste y eternamente golpeada Avenida Kievsky, que se encuentra en los alrededores del famoso aeropuerto de Donetsk, donde en 2014 se produjeron las más obstinadas batallas. Paso por la calle Partizanskaya. Es aquí donde se empieza a hacer incómodo conducir despacio. El asfalto es una colorida alfombra de arreglos parciales, pero paso con rapidez. Sé que a un lado está la localidad de Spartak, que sigue siendo de los nuestros, y al otro, Peski, desde hace siete años en manos del Ejército Ucraniano y los voluntarios. Es la verdadera zona gris. Gris es la nueva palabra de los informes de la OSCE para que no se pierda el detalle de que hay una línea del frente en pleno centro de Europa y allí sigue viviendo gente.

Hay solo dos edificios de pisos en la calle Novorossisk: dos sencillos y atípicos edificios de cinco pisos con dos o tres portales. En decadencia, desconchados, no hay dinero ni siquiera para reparar las viviendas del centro de la ciudad. Pero los patios están limpios, la hierba está cortada y los árboles bien cuidados.

Los trabajadores de la fábrica construyeron un pequeño barrio para sus empleados. Muy cómodo, a pocos pasos del trabajo. Anoche (el 14 de abril), un hombre regresó de la fábrica después de su turno, se puso a preparar la cena y fue asesinado por un resto de metralla de un proyectil que entró por la ventana. Unos bien cortados arenques y el plato de pollo siguen sobre la mesa. El dueño, Yuri Anojin, está tendido en el suelo, junto a la ventana, boca abajo. La ventana está destrozada. Los expertos trabajan en el cuerpo, ha llegado el personal del Centro de Control y Coordinación Conjunto, marcan los restos de metralla en la pared, recogen los fragmentos del asfalto. Es la rutina de Donbass.

El vecino, Artyom, duda. Duda, pero finalmente habla:

“Estábamos viendo la tele, ya estaba oscuro. Sabe, en la tele decían “Putin y Biden están de acuerdo” y entonces, ¡bam! En el mismo patio”.

“¿Tienen un refugio?”

“Hay uno al otro lado de la calle, en la fábrica, y el edificio tiene sótano. Pero qué hicieron allí: quedarse en las escaleras, rezar y contar las explosiones. En la casa de los vecinos, un fragmento de metralla atravesó la pared y pasó por encima de una cuna en la que estaba durmiendo un niño. Parece que ni siquiera se despertó. Desde luego, no gritó, porque yo lo habría oído”.

“¿Estáis así muchas veces?”

“Siendo sinceros, no recuerdo nada así desde 2019”.

“¿Está lejos la línea del frente?”

Artyom se vuelve y señala con la mano:

“Unos cien metros, puede que algo más”.

Los vecinos hablan sobre el fallecido: “Tenía manos de oro, ayudaba a todos con los aparatos eléctricos, todos están muy tristes por él”. No hay quejas, no hay gritos, no hay peticiones, como ocurría en 2014-2015, de enviar “saludos a Poroshenko: ojalá se muera”. La población se ha acostumbrado. Se han acostumbrado tanto que a la entrada del edificio en el que vivía el fallecido noto un anuncio: “Quiero alquilar un piso en este edificio”. Alguien quiere mudarse a un apartamento en un edificio en plena línea del frente. ¿Les entra eso en la cabeza? A mí no. Bajo el anuncio, frente a la puerta, está tumbado un enorme perro con ojos tristes. Refunfuña cuando me marcho.

Una abuela con una escoba barre los restos de los cristales rotos, pasa entre el perro y yo y, con sarcasmo, comenta: “Viene del centro para hacer fotos de cómo a nosotros…”

“Nos matan”, aunque no dice esa parte. Guardo silencio, no hay nada que decir. No sé cuándo acabará. Dejé de hacer promesas a la población local en 2015. La vida me ha enseñado eso.

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