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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania

“¿Crees que viviremos para ver la paz?”

Artículo Original: Yulia Andrienko / Komsomolskaya Pravda

Para quienes viven lejos de Donbass y reciben las noticias a través de la televisión, la situación es un lugar arruinado en el que deambulan manadas de lobos hambrientos. Pero esa no es la realidad. Incluso en las zonas más bombardeadas, la llamada zona roja, la vida continúa y la población planta en sus huertas, sale a pescar y prepara frutas en conserva. Iniciado ya el séptimo año de la guerra, incluso los más optimistas se han dado cuenta de que es esperar algo bonito y feliz y posponer vivir la vida para más adelante es una estupidez.

Ya no hay zona gris

Nos dirigimos junto al voluntario Andrey Lysenko a Alexandrovka cargados de paquetes de comida para quienes lo necesitan. La localidad está situada a unos pocos centenares de metros de las posiciones del Ejército Ucraniano. “En algunas zonas, la distancia no supera los 400 metros, los residentes están a tiro”, explica Andrey.

“¡Qué pueblo tan bonito teníamos antes de la guerra! La población que vivía aquí llegó a los 6000. Ahora es buena noticia si se puede encontrar a 3.500. Pero aun así, hay muchos niños: en la escuela hay 216 niños, unos 50 en la guardería y 20 de ellos muy pequeños. ¿Qué ven? No recuerdo que hayan llevado a nuestros niños a descansar a alguna parte o de vacaciones a Crimea. Los niños viven constantemente en el infierno”, cuenta la voluntaria local María, que ha sufrido ya nueve impactos en su casa. Según cuenta, ella y sus hijos sobrevivieron de milagro porque se encontraban en casa de su madre cuando las bombas del Ejército Ucraniano cayeron en su casa. Ahora, ella ayuda a otros ciudadanos del pueblo.

La vida en deuda

“¿Cómo podría no ayudar? Tenemos gente que compra a crédito en la tienda. Las necesidades son terribles, no hay trabajo e incluso ha empezado a aparecer el robo”, admite. “Tenemos siete ancianos encamados. Esas pensiones que se han ganado, se quedan sin cobrar en Ucrania. No podrían ir a por ellas aunque se abrieran los puestos de control. A eso se suma que han sido víctimas de los bombardeos: sus casas han sufrido impactos de las bombas del Ejército Ucraniano. Y los problemas de la gente no hacen más que aumentar. Gracias a los voluntarios de Teplostar y Andrey Lysenko por no olvidarse de nosotros”.

Un hombre de unos setenta años camina hacia nosotros de vuelta de su salida a pescar. Hubo un tiempo en el que había un cuidado parque en Alexandrovka, donde a los niños les encantaba jugar. Ahora, ese lugar está a la vista de los francotiradores ucranianos y solo los más valientes van allí. Ya no es solo algo de valentía, en el séptimo año de guerra, la gente está cansada de tener miedo. “La pesca no ha salido bien hoy, vuelvo sin nada”, dice Leonid.

¿Cómo pesca si el Ejército Ucraniano está, en línea recta, a unos pocos centenares de metros? Me pregunto qué haría si dispararan. “Pasará lo que tenga que pasar”, dice abiertamente, sin ninguna grandilocuencia. En estos lugares no existe ni la sensación ni los eslóganes sobre el espíritu de la gente de Donbass, eso solo existe en los platós de televisión y en los discursos de los políticos. Aquí solo tratan de sobrevivir. Y eso es ya una hazaña.

Nina, la esposa de Leonid, respira aliviada al ver a su marido sano y salvo. La pesca, o la ausencia de ella, da igual, solo importa que ha vuelto vivo. Nos invita a su enorme casa de dos pisos. Fue construida para toda la familia, se suponía que sus hijos y nietos vivirían en ella. La guerra decidió lo contrario: las ventanas de la casa saltaron por los aires a causa de las explosiones y ahora están contrachapadas y las que aún quedan en pie están llenas de cinta.

“Todo lo que disparan nos viene de Krasnogorovka, ahí es donde está Ucrania. Mi marido no presta atención a las explosiones, aguanta bien, pero yo me escondo en el sótano. Ayer tuve que correr allí en mitad de la noche. A oscuras, metí las dos piernas en una pata del pantalón, casi me mato”, cuenta con una sonrisa. “En 2014 y 2015, vivían en nuestro sótano una docena de personas: vecinos con niños. Tenía un diario, tengo todo escrito”.

En el segundo piso hay una chimenea hecha de piedra, una sala de billar sin terminar, habitaciones infantiles vacías y olor a madera. Cuánto trabajo invertido para un lugar en el que no vive nadie: los hijos y los nietos se marcharon a Rusia. Todo el tejado es un colador, la casa ha recibido varios impactos.

“Mi marido trabajaba en la mina, construyó una casa para la vida. ¡Cómo cayó, una bomba impactó y el tejado se incendió! Los bomberos no podían venir. Cuando hay un ataque, no se puede llamar ni a salvamento ni a las ambulancias. Corrimos y apagamos el fuego nosotros mismos, con baldes que sacó mi marido. La cocina de verano que estaba en el patio y dos habitaciones cayeron como papel y el garaje quedó destruido. Hija, tengo 77 años. ¿Crees que viviremos para ver la paz? ¿Por qué nos pasa todo esto?”, se lamenta Nina, que sin darse cuenta pasa del ucraniano al ruso sin que eso nos impida entendernos.

¿Qué debo decirle? ¿Debo citar a Boroday y decir que las Repúblicas pronto serán parte de Rusia de iure, no solo de facto? ¿O decirle que no hay alternativa a Minsk? En este lugar del frente, donde la población intenta sobrevivir en el séptimo año de guerra, cualquier explicación suena inútil y falsa. Es una pena que eso no lo comprendan aquellos de los que dependen las vidas rotas de miles de personas como la abuela Nina.

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