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Economía, Nacionalismo, Rusia, Sanidad, Ucrania

Síntoma de una enfermedad

Artículo Original: Andrey Manchuk

Las instalaciones del hospital del distrito central de Svalyava, en Transcarpatia, recuerdan las tristes escenas de la serie Chernóbil: las paredes vacías de una habitación que aparentemente se han reparado únicamente para el rodaje de las escenas del accidente, pasillos llenos de basura y un aspecto difícilmente saludable, suelos y techos llenos de grietas. Todo ello se encuentra en una ciudad vacacional a la que los turistas habitualmente acuden para sentirse más sanos, un lugar situado a media hora de la frontera de la Unión Europea. La terrible apariencia del hospital que suministra servicios médicos al distrito claramente ilustra el estado de la sanidad ucraniana, de la que se vuelve a hablar cuando se cumplen tres años de mandato de la actual ministra de Sanidad, Ulyana Suprun.

Actualmente, todas las menciones a la reforma sanitaria se producen en tono de duras críticas que, por norma, se dirigen a Suprun prácticamente a diario. “Me encantaría que Suprun y quienes activamente la patrocinaron prueben los frutos que han sembrado. Por ejemplo, tener una pierna rota y tener que buscar una clínica o policlínica. Tener un dolor insoportable a las ocho de la mañana, llamar a siete teléfonos y obtener una única respuesta: no te van a enviar un médico, camina sobre tu pie roto y vete al hospital por tu cuenta. Así es nuestra sanidad, las personas no le importan. Por cierto, empieza a haber clínicas privadas. Pero tienes que ir al hospital. Y una silla de ruedas ya cuesta 2.500 grivnas”, escribió la periodista de Kiev Olena Lysenko, que ha tenido que lidiar con la realidad de la reforma sanitaria.

El mismo día, otra periodista, Olesya Medvedeva, compartió también su dramática historia personal. Su abuela estuvo ingresada en un hospital de la capital en el que el destino de los pacientes en estado grave no importa al personal, que simplemente se desentiende de ellos a las primeras de cambio.

“Los médicos hacen la consulta. Deciden a quién descartan, dan vueltas en diferentes direcciones. Llaman al médico de guardia. Está con mi abuela un rato. Es el único especialista del hospital, algo difícilmente comprensible. Hay que comprar medicinas por valor de 2.000 grivnas al día y será trasladada a otro departamento. Ahí nadie se preocupa de nada. Hay pacientes en el pasillo y en las salas apesta. Hace mucho calor. La cama de la abuela no tiene barras, por lo que se cae y se rompe la nariz. Viene un médico para darle puntos. El departamento al que le trasladan tras la operación queda clausurado al día siguiente para reparaciones. A pesar de estar en mal estado, le dan el alta. Las consultas están sobresaturadas. Solo quieren dejar a todos en la calle”, escribió Medvedeva, insistiendo en que se trata de una práctica habitual: “les pasa a millones de ucranianos, miles de personas se enfrentan a esto cada día”.

Las críticas a Suprun se van convirtiendo poco a poco en signo de los tiempos y eso no solo se refiere a blogueros de la oposición sino también a políticos de primer nivel. Al responder a una pregunta sobre la actitud de la ministra de Sanidad en funciones, el presidente Zelensky se permitió hacer una broma. “¿Saben cómo le llaman? Gracias a dios, mi familia y yo tenemos otro médico”, afirmó hace unas semanas a los periodistas en referencia al oscuro mote de Doctora Muerte que sus enemigos han adjudicado a Ulyana Georgievna.

“Puedo decir que, con este sistema de salud, el país no puede sobrevivir. Nos ofrecen un modelo que no existe en el mundo. Y si no existe en ninguna otra parte del mundo, nos dan a una ministra extranjera y tenemos que probarlo, ¿por qué no prueban el experimento primero en sus países”, afirmó Yulia Timoshenko, que critica a Suprun prácticamente en cada uno de sus discursos televisivos en un claro intento de conectar con el sentimiento de la mayoría.

De hecho, es importante no olvidar nunca que Suprun no es la causa sino un síntoma de una enfermedad grave que asola al sistema sanitario de Ucrania. Sí, las críticas a su nombramiento casi siempre están justificadas. Petro Poroshenko la nombró ministra de Sanidad por motivos puramente populistas y estratégicos, como una representante de la diáspora ucraniana en Estados Unidos, nacionalista activa y defensora de las reformas libertarias que tanto impresionaron a las masas de activistas de Maidan. Su origen extranjero supone también una muestra de la humillante dependencia colonial de Ucrania y su permanencia en el puesto sin llegar a ser confirmada viola la legislación nacional, pero siempre se ha preferido mirar hacia otro lado.

La gestión de Suprun ha sido incompetente y un fracaso. Se ha limitado a una política de recorte que ha derivado en la comercialización de la Sanidad, la reducción de personal y eliminación de clínicas, por no mencionar el hecho de que el Ministerio es incapaz siquiera de garantizar medicinas y vacunas al país por haber cerrado el mercado a las medicinas rusas. La epidemia de sarampión que se extendió de Ucrania a Europa e incluso a Estados Unidos debería haber sido motivo suficiente para exigir la dimisión de la ministra, pero no fue así para la mujer intocable de Poroshenko.

Suprun ha utilizado constantemente su posición para la propaganda política. Ha mantenido buenas relaciones con el grupo de extrema derecha C14, ha atacado a Moscú siempre que ha encontrado la ocasión, ha cantado numerosas odas a Bandera y el 2 de julio escribió un texto homenaje a Roman Shujevich como modelo para las nuevas generaciones de ucranianos.

“Las dudas sobre la moral y solvencia profesional de Ulyana Suprun me surgieron en cuanto, ya como ministra, invitó a Vyatrovich a que sermoneara a los empleados del ministerio sobre UPA y se convirtió en una asidua en Bandershtadt. Repito: enaltecer a criminales de guerra no es normal”, comentó el presidente del Comité Judío-Ucraniano, Eduard Dolinsky.

Finalmente, Ulyana Georgievna ha conseguido molestar a los ucranianos a base de cosas pequeñas como advertir a sus pobres conciudadanos de los peligros del caviar negro, inaccesible para la mayoría, o hablar de las cebollas, cuyo precio ha subido tanto gracias a sus colegas del Consejo de Ministros. Es evidente que la ministra en funciones no es consciente de la verdadera situación en Ucrania.

Todo eso es cierto. Pero también es cierto que cualquiera que estuviera en el puesto de Suprun seguiría la misma política, ya que está marcada por la situación política y económica de la Ucrania post-Maidan. Cualquiera que hubiera cubierto el puesto de ministra en las administraciones de Groisman o Yatseniuk habría tenido que despedir a médicos y cerrar hospitales y habría justificado la retórica ultraliberal unida a eslóganes antirrusos, porque el Gobierno simplemente no tiene dinero para medicinas, que se han convertido en un lujo inasumible para el país más pobre de Europa.

Al final, Suprun no ha hecho con el sistema sanitario ucraniano más que lo mismo que ya hicieron sus predecesores en el cargo. La diferencia es que lo ha hecho con los métodos acelerados de la terapia de choque. Las paredes desconchadas de los hospitales ya estaban así con Yanukovich, Yuschenko y Kuchma. Así que no hace falta demonizar hasta el extremo a la ya odiada ministra o usar su terrible mote porque quienes la sustituyan no van a hacerlo mejor.

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