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Alto el fuego, Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, LPR, Minsk, Rusia, Ucrania, Zaitsevo

Una guerra que no se apiada de nadie

Artículo Original: Liza Reznikova / Antifashist

Era extremadamente amable y acogedora en su bonito y arreglado hogar. Murió el jueves. Irina Menshnikova, la tía Ira, murió a causa de la explosión de un proyectil en su casa de la calle Brusilov de Zaitsevo. La calle que ya no existe, la calle que ha sido devastada por la guerra.

En el otoño de 2016, fui a Zaitsevo con el voluntario Andrey Lysenko. Era mi primera visita allí, uno de los puntos más calientes del mapa de la guerra de Donbass. Andrey llevaba un generador para la familiar de Rita, una niña que entonces tenía cuatro años y que se hizo famosa en las redes sociales. La historia de una niña de cuatro años viviendo en el frente, en la calle Brusilov, a la vista de las posiciones del Ejército Ucraniano, no dejó indiferente a nadie. La niña jugaba con los restos de minas y proyectiles que habían explotado en su pueblo. Rita se convirtió en una de las imágenes de esta terrible guerra, representando todo lo absurdo de este horror: una niña jugando con los restos de la munición asesina.

Este último año apenas ha habido luz en el pueblo: el Ejército Ucraniano constantemente golpea los cables y daña las líneas de alta tensión. Los equipos de reparación no tienen tiempo de restablecerlo, en muchas ocasiones no se lo permiten los francotiradores, que no dudan en atacar a los electricistas que tratan de reparar los daños. Los generadores son la única manera de conseguir tener luz y Andrey llevó uno a la familia. Entonces escribí una historia sobre la vida de la población en el frente.

Nos recibieron en la puerta de ese hogar bombardeado día y noche. La tía Irina y el tío Víctor, Rita y su madre y, un poco más tarde, Zhenia, el otro hijo de Irina, con su familia. Nunca había tenido un recibimiento así, tan cordial. La tía Ira, el alma de la familia, nos recibió como si fuéramos las personas más importantes del mundo. Mientras los hombres se encargaban del generador y las mujeres preparaban la mesa, me habló de su vida: había trabajado en una fábrica, pero en los años 90 se hizo muy difícil sobrevivir y se marchó de Gorlovka a Zaitsevo, donde podía vivir de la tierra y de los animales. “La tierra, si se trabaja bien, siempre da de comer”, me dijo. Ella trabajaba la tierra e incluso cuando se vio obligada a abandonar su hogar, volvía para hacerlo. El jueves también estaba ocupándose de la huerta. No era un capricho, era una necesidad: la huerta da de comer a la familia, incluso en los días más negros de la guerra, cuando se habrían muerto de hambre (con todas las tiendas cerradas y cuando era imposible abandonar el pueblo por los constantes bombardeos), los pepinillos en conserva les ayudaron a sobrevivir. La huerta era una parte importante de su vida, me la mostró, me enseñó qué plantaba, cómo se ocupaba de las plantas y me permitió que tomara fotografías, aunque con mucho cuidado, ya que los soldados ucranianos son muy sensibles al flash.

Irina Menshnikova en su casa de Zaitsevo

La tía Ira, el tío Vitya y Vika, la hermana mayor de Rita, habían resultado heridos a causa de la guerra. Ira, en la cabeza, un fragmento de metralla había penetrado tanto que los médicos decidieron no intentar sacarlos. “Son como bichos que zumban en mi cabeza”, explicó Ira. El tío Vitya sufrió una lesión en el brazo y Vika en el pecho. No tenía miedo por sí misma, pero sí por sus hijos, a los que envió a Rusia con familiares. Pero eso no funcionó, se fueron a un hostal, donde las condiciones eran peores que en el frente. Uno de esos días, hace dos años y medio, la casa de la pequeña Rita, situada en la calle Brusilov, quedó destruida por un proyectil. Las autoridades de Gorlovka dieron a la familia un piso y Tanya y las niñas se marcharon allí. La tía Ira y el tío Vitya permanecieron en Zaitsevo hasta el final, pero recientemente tuvieron que marcharse porque el frente se acercaba poco a poco, casa a casa y la calle Brusilov había pasado de estar en el frente a ser el frente.

En la calle Brusilov quedaban muy pocos residentes, Andrey y yo visitamos a todos. Su destino era trágico. Ksenia Borisovna, la abuela de 80 años, resultó herida en la cabeza. No quería marcharse de Zaitsevo, aunque su hija le llamaba constantemente de Ucrania. “Sobreviviremos, sobreviviremos. Aguantaremos esta extraña guerra”, me decía en el verano de 2017. Pero el fuego no cesó y un proyectil ucraniano cayó por la noche el patio de la casa de la mujer, que sufrió heridas de metralla. Fue hospitalizada y entonces, contra su voluntad, su hija se la llevó. El tío Senya y la tía Tanya Vasilets también se vieron obligados a abandonar su casa. La agradable Tanya tuvo un ataque al corazón y ya no podía aguantar vivir bajo los constantes bombardeos. También se fueron a vivir con su hija.

En mayo de 2017, yendo a visitarles, Lysenko y yo nos encontramos bajo el fuego ucraniano. Es una de las peores memorias de la guerra. El Ejército Ucraniano, al ver nuestro coche en la calle Brusilov, comenzó a dispararnos y Andrey tuvo que hacer grandes esfuerzos para moverse en diferentes direcciones y conseguir que el coche no se convirtiera en un blanco fácil. “Cuando las bombas explotan cerca no es tan malo. Al fin y al cabo, no son para ti. Lo peor es cuando te conviertes en el blanco y van a por ti, eso sí que es aterrador”, dijo Andrey una vez que conseguimos escapar de ese infierno provocado.

Y la calle Brusilov, donde vivía toda esa gente, ya no existe. Lo que ha sobrevivido a la guerra son casas quemadas o derribadas hasta los cimientos. Ya no hay hogares. No hay gente. Ya no hay nada. Y la tía Ira ya no está. El jueves llegó con su marido para trabajar en la huerta, para reparar la valla destruida. Pisó una mina que, según la versión de la milicia, habían colocado por la noche los saboteadores ucranianos. En los alrededores se encontraron otras dos minas antipersona.

“Antes de que caiga la noche nos marchamos. La familia al completo sale a despedirnos. No me abandona una extraña sensación, porque hemos estado en el frente, en el frente de la muerte, donde a diario explotan proyectiles, pero parece que hemos estado de vacaciones, de visita a esta familia amable y cordial”, escribí para cerrar mi historia sobre Irina y su familia en 2016. Junto a ella te sentías a gusto, junto a ella no se sentía la guerra.

Pero la guerra continúa y no se apiada de nadie: mata, mutila, destruye, quema, acaba con todo resto de vida. Desde que escribí sobre Ira han pasado tres años y dos desde que escribí sobre Senya y la abuela Ksenia. Desde entonces nada ha cambiado, las cosas solo han empeorado. La tía Ira ha muerto, la tía Tanya tuvo un ataque al corazón, la abuela Ksenia recibió heridas en la cabeza. La calle Brusilov, donde todos vivían, esa calle en la que se podía respirar y que tenía buenas vistas, ha sido destruida. Hay casas quemadas o destruidas, pero no queda nadie. El aliento de la guerra continúa acosando Zaitsevo. Y no solo Zaitsevo, en estos años el número de puntos calientes en Donbass no ha descendido. Larga vida a Minsk. ¿Hasta cuándo van a seguir los políticos sin siquiera cuestionarlo?

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