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Economía, Sanidad, Ucrania

“Éxitos” de la reforma sanitaria

Artículo Original: Andrey Manchuk

La actual ministra de Sanidad de Ucrania en funciones, Ulyana Suprun, es, sin duda, una de las figuras políticas más difíciles de destruir. Pese a la incertidumbre de estas últimas semanas, ella confía en mantener su puesto y espera continuar su carrera en la nueva administración, a pesar de que el Parlamento no haya aprobado su estatus de ministra [de ahí que siga en funciones], lo que refleja tanto el gran poder como la impopularidad de la estadounidense.

Es evidente que el equipo de Volodymyr Zelensky no sabe qué hacer con Ulyana Georgievna y diferentes asesores han realizado declaraciones contradictorias dese la posibilidad de que sea cesada a, poco después, decir que mantendrá su puesto. En este tiempo, Suprun siempre ha demostrado su lealtad al expresidente Petro Poroshenko y participó en su campaña para la reelección. Suprun tenía buenos motivos para hacerlo, ya que fue Poroshenko quien le otorgó la ciudadanía ucraniana y le dio el puesto de ministra pese a que la decisión ha supuesto en estos tres años todo tipo de problemas y protestas tanto de médicos como de ciudadanos. Es suficiente recordar que, según las encuestas del año pasado, Suprun lideraba el ranking de los menos populares, a pesar de estar acompañada de un gran elenco de personajes poco atractivos.

Desde entonces, la impopularidad de Suprun no ha hecho más que empeorar, ya que este invierno el país ha experimentado una epidemia de sarampión que ha puesto a Ucrania como líder absoluto de la incidencia de esta infección. El principal motivo de esta crisis es la crónica escasez de vacunas esenciales en el Ministerio. “Los números son terribles: en las primeras tres semanas de este año, 8.500 ucranianos enfermaron de sarampión y cinco de ellos murieron. A modo de comparación, hace diez años, en 2009, hubo treinta casos de sarampión (¡en todo el año!). “¿Cuántos ucranianos tienen que morir antes de que alguien se dé cuenta de que hay que cesar a la doctora muerte?”, escribió el politólogo Vladimir Kornilov.

En cualquier Estado democrático, ya se habría producido la dimisión de la ministra después de tres años de llevar al país a convertirse en reserva mundial de sarampión y de haber llevado la epidemia incluso de Nueva York a través de los peregrinos judíos que habían ido a Ucrania. Sin embargo, pese a la escandalosa situación, la ministra simplemente no se siente culpable. Todo el invierno lo dedicó a escribir felizmente en Facebook sobre los peligros del caviar, luchó contra las ensaladas soviéticas, enalteció a Stepan Bandera e intentó culpar de todos los males al director del Instituto de Cardiología, Boris Todurov. Suprun se ha codeado con los nazis del C14 en varias ocasiones, también en varios intentos de asaltar el Instituto.

Un impresentable incidente en el que personas se congelaban en el suelo por falta de camas o camas que tenían que ser compartidas por dos personas para evitar dormir en el suelo no fue investigado por las autoridades y, como era de esperar, no causó ninguna dimisión. Más recientemente, en mayo, la burócrata millonaria habló a los pobres ucranianos de los peligros de la cebolla cuando se conoció el tremendo aumento de precios a causa de la desastrosa política de sus compañeros de gabinete.

Suprun puede hacer básicamente lo que quiera, ya que su origen estadounidense y su estatus como “salvadora de la política ucraniana” le otorga total inmunidad. Pese al creciente descontento popular, los principales políticos ucranianos están dispuestos a seguir hablando del mito de la “exitosa” reforma sanitaria, que se ha vendido en foros y conferencias internacionales. Pero lo más importante es que todo esto encaja perfectamente en la política de austeridad, el pan nuestro de cada día del actual gabinete de ministros. Acabar con hospitales “sin beneficios” y deshacerse del personal “sobrante” lleva a ahorrar rápidamente dinero en el camino de la comercialización de los servicios sanitarios, base de la reforma sanitaria, que básicamente busca que el Estado no financie la sanidad de sus ciudadanos. Aunque al final eso va a tener un coste en forma de vidas, lo que reforzará la ya catastrófica despoblación.

Debe entenderse en este sentido la nueva iniciativa de la actual ministra, que ha anunciado la decisión de cerrar todos los orfanatos del país. Según Suprun, a partir del 1 de enero, las agencias del Gobierno ya no aceptarán niños y en 2023 los orfanatos dejarán de funcionar completamente. Los niños serán devueltos a sus padres o entrarán en el sistema de acogida.

Detrás de esta salvaje decisión está el banal deseo de ahorrar dinero del presupuesto del Estado en el mantenimiento de los hogares de estos niños. Sin embargo, no hay duda de que eso puede causar otra catástrofe. En el territorio controlado por Kiev hay alrededor de 73.000 niños huérfanos o que no se encuentran con sus padres y el Estado provee instituciones especializadas par alrededor de 25.000 de esos menores. Es significativo también que ese número continúa aumentando a causa de la actual guerra y la progresiva crisis social. La eliminación de los hogares para menores significará, en estas condiciones, que esos niños serán entregados a familiares, en muchos casos a los mismos familiares a los que se les retiró la custodia. Los adolescentes en esa situación están en riesgo de abuso, explotación sexual, drogadicción, alcoholismo y las enfermedades derivadas de ellos. Quienes ya hubieran cometido algún delito verán cómo su situación empeora aún más. La vida y la salud de esos ucranianos abandonados por el Gobierno estará bajo un constante peligro, pero los diputados y oficiales ya no tendrán que preocuparse de su destino.

Buscar familias de acogida tampoco es la panacea, pero en el país hay muchas familias buscando adoptar a un niño, que pasan años luchando con la burocracia. En la actual realidad ucraniana, este tipo de iniciativas pueden llevar fácilmente al tráfico de menores, “adoptados” por los propios círculos criminales que los usarán para el trabajo esclavo, como ya ocurre en muchas zonas del país en los campos, las minas y las extracciones de ámbar, o serán traficados para la explotación sexual. Y no hay duda de que nada de eso preocupará a Suprun ni al resto de “reformistas” que sigan trabajando en el equipo del nuevo presiente Zelensky.

Tampoco hay duda de que la atomizada e intimidada sociedad ucraniana se tragará el plan de liquidación de los orfanatos porque estamos hablando de los hijos de otra gente. Acostumbrados a vivir según el principio de preocuparse únicamente por lo suyo, nuestra gente corriente no comprende las consecuencias de rechazar apoyo estatal y socialización a estos niños sin padres. Llevará muchos años de esta irracional política, hasta que se llenen las calles de niños sin educación, rodeados de adolescentes peligrosos a los que habrá que llamar “hijos de Ulyana Suprun”.

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