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Donbass, Ejército Ucraniano, Nacionalismo, Rusia, Ucrania

El nacionalismo como religión

Artículo Original: Andrey Manchuk

Posiblemente, lo más interesante de las numerosas discusiones sobre el tema de la autocefalia de Ucrania, que últimamente se ha convertido en una de las piezas clave del programa electoral de Petro Poroshenko, es que se producen entre personas que no tienen ningún conocimiento en el campo de la teología o incluso de las disputas eclesiásticas. Adultos que se dicen serios discuten ardientemente en este contexto las vicisitudes del Concilio de Calcedonia que se celebró en el año 451 o algún lugar común sobre San Agustín, que hace tiempo se ha convertido en motivo de duelos de mosqueteros, sin darse cuenta de que esa es la prueba más evidente del éxito de los responsables de prensa del actual presidente ucraniano.

Mientras tanto, está claro que la historia de Tomos (decreto del patriarca de Constantinopla que concede a la Iglesia ortodoxa ucraniana la independencia de la Iglesia ortodoxa rusa) está tan relacionada con la religión como lo estuvo con la música la victoria de Jamala en Eurovisión (la cantante ucraniana venció con un tema abiertamente político, algo en teoría prohibido por las normas). Se puede añadir también a esa lógica el premio Nobel de Svetlana Alexeevich. Todos estos elementos son parte de la lucha política que se libra por la hegemonía cultural, sobre lo cual escribió, encerrado en una cárcel fascista, el famoso teórico Antonio Gramsci. Por cierto, se sabe también que los liberales postsoviéticos activamente apoyan, a pesar de ser ateos, este paso de Ucrania, ya que consideran que les ayudará en su lucha contra el Kremlin.

Sin embargo, es preciso recordar que los conflictos religiosos al estilo de esta lucha por la autocefalia forman parte de la lucha en el ámbito cultural desde hace siglos. Ahora, en el siglo XXI en el que nos encontramos, no deberíamos dedicarnos a analizar largos conflictos entre patriarcas y metropolitanos que llevan años muertos, temas que deberían quedar para los historiadores, sino a ver por qué, en una sociedad moderna, tal burda propaganda permite manipular a millones de ciudadanos.

¿Por qué es una amenaza Tomos? No, no es por el cisma eclesiástico realizado de forma administrativa, que en realidad no es más que un papel escrito en griego que supuestamente separa a Ucrania de Rusia. Esta historia muestra una vez más el carácter totalitario del Estado ucraniano, donde el Gobierno, que disfruta del monopolio del control de los medios, es capaz de introducir en la conciencia colectiva un término eclesiástico que nade utilizaba e imponer, en unos pocos meses, la tesis sobre la importancia de esta ridícula comedia de la autocefalia en una supuesta larga lucha por una Iglesia ucraniana. Empobrecidos, congelados y sufriendo por los aumentos de las tarifas de los servicios públicos, parecería que los ciudadanos deberían estar más preocupados por otros problemas más pragmáticos e inmediatos en estos momentos.

El mecanismo que permite que la población tenga fe en Tomos, es simplemente el poder de las herramientas de la propaganda masiva. Evidentemente, no se trata de la primera vez. En este sentido, no hay más que recordar el caso de Nadia Savchenko. La prensa ucraniana pasó meses construyendo un personaje, una especie de mártir, una Juana de Arco que se pudría en las mazmorras rusas. La imagen que se proyectaba en televisión y en carteles de “nuestra Nadia” era una imagen de aspecto religioso que a menudo daba la apariencia de un ángel al que le faltaban las alas.

Sin embargo, en cuanto surgió el primer conflicto con el Gobierno, esa misma prensa cambio de un plumazo la actitud hacia Savchenko. La antigua heroína de la nación fue acusada de todo tipo de pecados, le acusaron de tener conexiones criminales con el agresor, de tener un oscuro pasado y una vida inmoral o de corromper al personal del Ejército Ucraniano. El aura angelical cayó, se le cortaron las alas y se hundió en el barro en el que la prensa ucraniana suele enterrar a los ídolos de ayer. Y entonces Juana de Arco dio a parar a otra prisión, en este caso ucraniana, y quienes la habían idolatrado inmediatamente apoyaron la represión.

“La historia de Nadia Savchenko no es solo la historia de una persona con un desequilibrio mental que se aferró al poder. También es la historia del nacimiento de un Estado totalitario. Si en 2014, solo los detractores de Maidan y oponentes al nuevo Gobierno fueron privados del derecho a la vida, honor, dignidad y libertad de expresión y reunión, ahora nadie sabe si mañana van a convertirse en terroristas, agentes del Kremlin o quintacolumnistas. Lo que se decía de 1937 se ha hecho realidad. El país está lleno de espías, enemigos, traidores y gente que no es quien dice ser”, escribió en un mensaje privado un conocido historiador de Kiev.

¿Por qué es tan fácil manipular la conciencia? Porque el nacionalismo ucraniano es, en sí mismo, una especie de religión civil, con su bien y mal, ángeles y demonios, santos y herejes y el culto al derramamiento de sangre en nombre de la nación, que lo une todo según un diseño arcaico e intimidatorio. “El nacionalismo ucraniano es un instrumento de control sobre la sociedad en condiciones en las que no hay otros medios”, escribí hace diez años en un artículo que, aparentemente, no estaba alejado de la realidad. Esta sociedad, encerrada en un Matrix de chovinismo, es capaz de aceptar casi cualquier cosa que salga de la maquinaria de propaganda de la ideología nacionalista. Y son cosas peores que Tomos, por ejemplo, si la propaganda empieza a exigir de los ciudadanos pogromos contra los herejes, habrá quienes justifiquen esos lemas. Al fin y al cabo, cosas así ya se hacen en Arabia Saudí ahora mismo.

Lo peor de todo es que la utilización de los mecanismos destructivos de la propaganda nacionalista no solo llevará a Ucrania a tiempos totalitarios, sino que la empujarán al siglo XVII y entonces los liberales no comprenderán que cuando el genio sale de la lámpara ya no puede controlarse. El mecanismo solo funciona en una dirección: puede destrozar las mentes humanas forzándoles a creer en mitos y dogmas del pasado. Y la conciencia no volverá a la normalidad en un click para volver a hacer de esas personas ciudadanos del siglo XXI, sin obsesiones religiosas, sin sospechas totalitarias ni odio irracional basado en la retórica de “sangre y suelo”. Y eso puede tener consecuencias muy graves.

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